Guía para tratar con educadores con problemas de conducta: propuesta para el Gobierno Vasco 

[…] Básicamente, son niñas y niños heridos en un cuerpo adulto, que siguen teniendo terror a sufrir los maltratos, las amenazas y las afrentas que sufrieron en el pasado, porque las presienten muy cercanas. Y harán lo que sea para evitar ese daño, llevándose por delante a cualquiera, especialmente si es una persona vulnerable, como las niñas y los niños a quienes debe atender, cuidar y, sobre todo, proteger con su trabajo. […] 

Lo primero que debes saber es que, a pesar de que todo el mundo trate de convencerte de lo contrario, las educadoras y educadores con problemas de conducta EXISTEN, hay muchos, y hacen mucho DAÑO.  

Ya sé que a veces te lo han hecho creer, pero no estás loca ni loco, ni es cosa tuya.  

Pero, ¿a qué llamamos EDUCADORES CON PROBLEMAS DE CONDUCTA? Básicamente, son niñas y niños heridos en un cuerpo adulto, que siguen teniendo terror a sufrir los maltratos, las amenazas y las afrentas que sufrieron en el pasado, porque las presienten muy cercanas. Y harán lo que sea para evitar ese daño, llevándose por delante a cualquiera, especialmente si es una persona vulnerable, como las niñas y los niños a quienes debe atender, cuidar y, sobre todo, proteger con su trabajo.  

Aunque sea muy evidente, las educadoras y los educadores con problemas de conducta no asumen nunca o casi nunca el daño que han hecho, y tratan de culpar a otras personas para evitar el sentimiento de vergüenza y culpa. Por eso, cuando estás con ellas y con ellos, sueles tener la sensación de que no estás seguro por muy buena cara que te pongan, y por muy buenas palabras que digan. Es como si tu cuerpo se preparara para reaccionar porque intuye que va a sufrir un daño. Pero, lejos de reconocerlo, los educadores con problema de conducta te culparán, además, de esas reacciones fisiológicas, haciéndote ver que hay algo mal en ti para que te pongas de esa manera.  

Ten cuidado, porque las educadoras y los educadores con problemas de conducta son muy proclives al corporativismo. Por eso, parece que lo peor que les puede hacer otro educador es llevarles la contraria delante de una niña o un niño como tú. “No me desautorices”, dirán, muy cabreados, sin comprender que lo que está haciendo la otra persona es proteger a la persona más vulnerable, o la relación entre las personas afectadas. En efecto, para ellos es prioritario conservar su autoridad, su estatus, su prestigio y su cómodo sillón frente a cualquier necesidad del resto, por mucho que estén sufriendo.  

Ya sé lo que estás pensando. Ojalá las instituciones pusieran a terapeutas para tratar a los educadores con problemas de conducta, ¿verdad? Irían mucho mejor las cosas, y estaríais mejor protegidos. Pero la realidad es que, en el momento en el que ingresaste en el sistema de protección dejaste de ser una persona para convertirte en un problema de dinero. Por eso, las administraciones prefieren pensar que los títulos y un certificado de que no somos agresores sexuales, son suficientes para ejercer funciones tan sensibles y complejas.  

Mientras que las educadoras y educadores sanos son niñas y niños que han crecido hasta convertirse en adultos, las educadoras y los educadores con problemas de conducta son niñas y niños sometidos en un cuerpo adulto. Es como si se vieran obligados a llevar una máscara que oculta sus necesidades e intenciones hacia el mundo. Y eso es lo terrible: que esa niña o ese niño atrapado y solo, no puede comunicarse con nadie de carne, hueso y expresión humana, sintiendo más y más abandono y miedo.  

Entre profesores, psicólogos, educadores sociales, trabajadores sociales, médicos, enfermeras, psiquiatras, y otras profesiones orientadas a los cuidados, hay mucho de esto, porque gran parte de esas personas eligieron sus profesiones para sanar sus heridas, sin considerar que el daño que sufrieron estaba en otro lugar y otro tiempo. Y, como no se habla de esto en las universidades, vivieron sus estudios dando por hecho que lo que estaban aprendido les podía cambiar y hacer más felices, cosa a todas luces imposible, te pongas como te pongas. Por eso, se sienten tan frustrados y decepcionados con su trabajo: no pude satisfacer la fantasía infantil que les prometió un bienestar que nunca llega.  

A los educadores con problemas de conducta, su profesión no les ayuda a ser mejores personas, sino que —si no hacen nada— les lleva progresiva e ineludiblemente hacia el lado oscuro. Como Anakin Skywalker en sus regulares momentos. Pero, aunque vean ese deterioro no son capaces de detenerlo, porque las sensaciones de su cuerpo les repiten, una y mil veces, que no pueden hacer nada para cambiar las cosas y están perdidos en la desesperaza, la impotencia y el miedo.  

Si tuviera que elegir algunos rasgos que identifican a las educadoras y educadores con problemas de conducta, serían los siguientes: no asumen su responsabilidad, se escudan en que la culpa es de otra persona, no reparan el daño que han hecho, a veces, parece que se transforman en otra persona, son corporativistas, valoran el éxito o el fracaso en su trabajo por su capacidad de cambiar vuestro comportamiento, están quemados, te dan a atender que no les importas, protegen su autoestima a cualquier precio, sienten que deben aparentar que lo hacen todo bien, piensan sin grises, en blanco o negro, pero, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, transmiten una sensación de peligro constante, aunque no haya nada chungo alrededor vuestro.  

¿Te suena? 

Ya sé yo que sí, amiga o amigo. Te lo aseguro.  

Pero, ¿cómo tratar con educadores y educadores con problemas de conducta? A fin de cuentas, esta guía —que seguramente publique el departamento de políticas sociales del Gobierno Vasco—, va de eso.  

Lo primero que debes asumir es que, hagas lo que hagas, estás jodida o jodido. Están en una posición de poder sobre ti, como cerdos, se agrupan en manadas corporativistas, y forman parte de una institución que tiene múltiples recursos y artimañas para joderte la vida.  

Así que, por mucho daño que te hagan, por mucho que te calientes, no los enfrentes de manera directa. Te colocarán una etiqueta, te castigarán o te harán la vida imposible hasta que quede claro con los hechos y sobre los papeles que eres tú el que estás desregulado o loco. Y es muy difícil no creerse esa etiqueta, porque te la colocan adultos profesionales que, supuestamente, deberían protegerte y entender de estas movidas, y siempre permanece demasiado tiempo.  

Sígueles el juego. Diles a todo que sí, como a los tontos, mientras te desahogas con tu pareja, con tus compañeros o con tus amigos. Y, mientras tanto, id creando un contrapoder, a saber, un equipo con las mismas ideas orientado a protegeros. Porque, llegado el momento, no es lo mismo que uno se levante en armas, a que lo hagáis todos juntos.  

Tantead el terreno. Los educadores con problemas de conducta, aunque son gregarios como ratas, están rodeados de otras personas mucho más maduras y sensibles. Si confiáis lo suficiente en las educadoras y los educadores buenos, acercaros a ellos, habladles de lo que sentís y de lo que estáis viviendo, sin censura de ningún tipo. Al principio, generaréis un impacto muy fuerte y, seguramente, nieguen tácita o explícitamente que sea verdad lo que estáis diciendo. No os asustéis ni desesperéis, todas las personas necesitan un tiempo para digerir la información, junto con la semilla que habéis puesto. Insistid en vuestro relato hasta que, gota a gota, horade ese muro de cemento. Porque sólo os podéis proteger en compañía de adultas y adultos sanos.  

Haz lo que te salga del nabo o del coño. A tomar por culo. Ni puto caso. No aceptes ni un ápice de lo que te digan. Es una trampa. A veces, tenemos mucha necesidad de obtener reconocimiento y validación de las personas que peor nos están tratando; pero aceptar sus palabras, su discurso, es una forma de abrir las puertas a los golpes cuando irremediablemente lleguen. Es ponerse a hacer equilibrios en la misma tela de araña en la que quieren verte atrapado. Así que sé falso, di que sí con una sonrisa, haz lo que te digan, pero mantente íntegro en tu interior, asumiendo que no tienes por qué soportar una vergüenza y una culpa que no son tuyas, y asume que vales mucho más de lo que estas personas te van a poder hacer sentir nunca.  

Y, llegado el momento, todos juntos, chavalas, chavales y educadores buenos, levantaos de la silla y volcad la mesa. Porque, aunque nos sintamos conectados con su experiencia, no se puede admitir a educadores con problemas de conducta acompañando a las personas más vulnerables y que más están sufriendo.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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