Las fronteras de la infancia

[…] La infancia como tal no existe. Es un concepto que hemos creado para algo. ¿Para qué? No lo tengo claro. […]

Echad un vistazo a vuestro teléfono móvil.

¿Qué es lo que veis?

Seguramente, un cacharro de forma rectangular con las fronteras bien delimitadas. Con líneas que delimitan a la perfección dónde acaba el objeto y empieza el resto del mundo.

No es de extrañar que consideremos un teléfono móvil algo así como un objeto de forma rectangular con múltiples funciones para facilitar la comunicación entre las personas, ¿verdad?

Umm… pues igual no está tan claro.

Porque no sé hasta qué punto ese CONCEPTO de teléfono móvil como objeto físico y bien diferenciado hace justicia a la realidad. Un celular es mucho más. Un celular, más allá del objeto, son las múltiples aplicaciones que lo componen, la información recogida y enviada por el usuario, los datos que están en la nube, las conexiones con otras máquinas, y la red que permite esas comunicaciones instantáneas. Es decir, que desde el punto de vista del software, las FRONTERAS no están tan claras.

¿Por qué, entonces, compartimos la idea de que el teléfono móvil es SÓLO ese rectángulo negro que llevamos en el bolsillo?

No lo tengo muy claro, pero me parece que tienen mucho peso los CRITERIOS ECONÓMICOS. Es decir, tendemos a considerar al teléfono móvil como un objeto diferenciado debido a los elementos o funciones que son susceptibles de compra-venta debido a que están asociados a un sujeto consumidor.

Vale, es sólo un ejemplo para ilustrar que los conceptos que utilizamos NO SON NEUTROS, sino que están condicionados casi necesariamente por la supraestructura capitalista en la que vivimos que, en última instancia, es la que determina las FRONTERAS de los mismos para facilitar el intercambio que beneficia al poder económico.

Y así con todo.

Puedes preguntarte, también, cuándo empieza la noche. ¿Cuando el sol desaparece de la vista? ¿Cuando empiezan a verse las estrellas? ¿Cuando el cielo se pone negro por el este? ¿Cuando el cielo se pone negro por el oeste? ¿Cuando lo dice Google?

Damos por hecho que conocemos la realidad porque usamos conceptos que nos sirven para manejarnos en ella, pero esos conceptos son meramente CONSTRUCCIONES SOCIALES basadas en intereses que no tienen un sustrato ontológico claro más allá del acuerdo al que hemos llegado un montón de personas gracias al lenguaje. Un lenguaje que, por otro lado, prioriza una lógica mecánica e instrumental a la que se le otorga todo el valor del mundo frente a una razón ética o práctica. Dicho un poco más claro, que estamos programados como robots en una cadena de producción para ser eficientes, sin pensar en si esa eficiencia atiende o no al bien común a medio o largo plazo.

Pues, amigas y amigos, lo mismo es aplicable a la INFANCIA. El concepto de infancia no es neutro, sino establece sus fronteras en función de intereses económicos y materiales.

Dejadme que me ponga chulo.

La infancia como tal no existe. Es un concepto que hemos creado PARA algo. ¿Para qué? Imagino que para muchas cosas, porque si nos lo hemos quedado, es porque cubre, a la vez, muchas necesidades e intereses.

No lo dudes. Afirmar que la infancia no existe es una afirmación de riesgo. Muchos trabajos e intereses económicos dependen de ello.

Por ejemplo, no digo ninguna chorrada si afirmo que hemos acordado que la infancia termina a los 18 años. No creo que sea casualidad que es la frontera que determina cuándo las personas pueden votar, conducir un vehículo caro basado en nuestra principal –y destructiva– forma de energía, dar su consentimiento para lo que sea, consumir porno, gestionar su propio dinero y comprar o vender de manera independiente. O cuando los servicios sociales podemos dar carpetazo, cerrar el expediente y puerta, que se me acumulan los papeles.

O, quizás, me digas que no. Que la infancia termina en la adolescencia, cuando aparecen los caracteres sexuales secundarios. Me da lo mismo. No es casualidad que la frontera se ponga, justo, en el momento en que las personas tienden a diferenciarse de los adultos que gobernaban sus vidas, dando un salto de canguro hacia un consumo independiente.

Lo que quiero decir, es que hay otras formas de concebir la infancia mejores o peores, más o menos prácticas, pero que debemos tener en cuenta.

Por ejemplo, hay quien considera la infancia como un recuerdo, porque, en la práctica, siempre se refiere al pasado de una persona o de un colectivo. Y es que nos podemos preguntar si existe “la infancia” o si deberíamos considerar “LAS INFANCIAS”, y los elementos que estas tienen en común como para crear y recrear una narrativa compartida. Una narrativa que se modifica cada vez que se evoca, incorporando nuevos elementos o dejando otros en el olvido.

Nos podemos preguntar, también, si la infancia DESAPARECE con la llegada de la edad adulta. Porque yo no tengo claro que eso ocurra. Y, aun aceptando que sea así, no me parece que haya un momento determinante en esa transición, ni nada parecido. Porque las personas adultas seguimos siendo, de alguna manera, las niñas y los niños que fuimos, protegiéndonos con los mismos recursos, pero mejor camuflados para adaptarnos a lo que nos toca.

Por eso, soy reticente a hablar de los DERECHOS DE LA INFANCIA. Los considero necesarios, un mal mejor que ayuda a proteger a un colectivo ya de por si anulado y desfavorecido. Pero creo que, en última instancia, se basan en un estatus ontológico desfasado, que no se acomoda a la realidad. Me parecen un parche para mitigar el daño que el propio concepto de infancia ha creado, como resultado del capitalismo.

Es decir, mirando a las niñas y los niños como a un rectángulo negro con coltán en el centro, como a un mero objeto de consumo. Sin considerar las aplicaciones y las conexiones que les dan vida, pero que difuminan sus fronteras hasta hacerles tocar, coincidir, fusionarse con la edad adulta.

Porque antes que niñas y niños, son personas.

Y esto es, justo, lo que nos estamos perdiendo al supeditar la infancia al capitalismo más obsceno.

Venga, tiradme piedras. Estoy preparado.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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