Las aventuras de Amara Brujita | Capítulo I: una visita inesperada

[…] Una anciana desconocida apareció en la puerta. Era muy vieja y tenía las ropas raídas. Dijo que estaba de camino, y que no tenía donde dormir; y pidió con mucha educación algo de sopa y un pedazo de pan para retomar fuerzas y continuar su camino. Como para la familia de Amara era muy importante la hospitalidad, le invitaron a entrar y le permitieron pasar la noche con ellos. Eso sí, tenía que dormir en la habitación de Amara, porque no había otro lugar. […]

El día en que Amara descubrió su magia, no tuvo nada de especial. 

Amara era una niña que vivía en una aldea, en contacto con la naturaleza. Por la mañana, cuidaba de las ovejas en el prado; y por la tarde hacía queso con la leche que generosamente le daban. 

Aquél día despertó temprano, antes de que saliera el sol. Al mirar sus manos, descubrió una pequeña luz en la punta de sus dedos. 

«Qué raro», pensó. Pero no le dio demasiada importancia. Seguramente, habría tocado alguna cosa rara el día anterior, y desaparecería con el tiempo. 

Pero, al llegar la noche, la luz permanecía allí, en sus manos, a pesar de que se las había limpiado con jabón. 

—Mira Ama, mira Aita, ¡mirad lo que me pasa! —gritó, un poco asustada. 

—Yo no veo nada —dijo su Ama. 

—Está todo normal —confirmó su Aita, con la luz apagada para ver mejor. 

Amara pensó que esa luz era algo muy, pero que muy raro: sólo aparecía cuando estaba a solas, y desaparecía cuando otra persona la acompañaba: ¿qué sentido podría tener? 

Consciente de que le estaba pasando algo muy raro, Amara decidió experimentar. 

Descubrió que, si les prestaba atención, sus manos refulgían más; y, si miraba hacia otro sitio, la luz se atenuaba hasta desaparecer. Pronto, empezó a crear figuras de luz en la noche, como dibujos en el aire, hechos con tinta luminosa. 

«No sirve para nada», pensaba, «pero qué bonito es». 

Pronto, empezó a sentir como palpitaban esas figuras hechas con luz. Brillaban más y menos, pum, pum, como el latido de un corazón tranquilo. 

Un día, un perrete le guiñó un ojo. Al día siguiente, un duendecillo le tendió la mano. Dos días después, un dragón le habló: 

—Gracias por darme vida —le dijo—. Se pasaba mucho frio allí de donde vengo. Es mucho mejor existir. 

Amara no podía creer lo que veían sus ojos, ni lo que escuchaban sus oídos: ¿de verdad estaba pasando algo así? 

Su aita y su ama le reñían a menudo porque pasaba mucho tiempo entre los arbustos y en la oscuridad de su habitación. A veces, entraban sin avisar, intentando pillarle haciendo algo malo, pero entonces los seres de luz desaparecían, ocultándose a la vista que no podía ver. 

Así transcurrieron muchos años. Amara creando un mundo entero con su luz, y su familia preocupada por ella.

«Esta niña no está bien», se decían. Tendremos que llevarla al párroco, para que le ayude a sanar. 

Un día, cuando Amara tenía 14 años, su familia tuvo una visita singular. 

Una anciana desconocida apareció en la puerta. Era muy vieja y tenía las ropas raídas. Dijo que estaba de camino, y que no tenía donde dormir; y pidió con mucha educación algo de sopa y un pedazo de pan para retomar fuerzas y continuar su camino. Como para la familia de Amara era muy importante la hospitalidad, le invitaron a entrar y le permitieron pasar la noche con ellos. Eso sí, tenía que dormir en la habitación de Amara, porque no había otro lugar. 

A Amara no le gustó la idea. ¿Dormir con una desconocida? Anda ya. Pero también entendió que la mujer necesitaba ayuda, y no era ella quien para negársela. Total, mañana se iría por la puerta y todo volvería a la normalidad. 

Esa noche, ambas se acostaron en sus camitas de paja, y apagaron la luz del candil. 

Cuando Amara estaba casi dormida, le sobresaltó una voz: 

—Conozco tu secreto —dijo la anciana. 

—¿Qué secreto? —preguntó, Amara, pensando que la señora estaba hablando en sueños o algo similar. 

—El de tu luz —afirmó la señora, y Amara sintió cómo un rayo le recorría la espalda, dejándola rígida en la oscuridad—; sé que tu padre y tu madre no creen en ella, pero yo sé que es real. 

A modo de reflejo, Amara se miró las manos. ¡No se lo podía creer! La luz estaba naciendo ahora, haciéndose más y más visible, en presencia de otra persona, como nunca antes había pasado. 

—Es una luz preciosa —reconoció la señora—. Tienes en don de la magia y puedes conseguir cosas maravillosas si lo sabes aprovechar. 

—Soy… ¿una bruja? —preguntó Amara, con mucho miedo hacia la respuesta que pudiera obtener. 

—Sí, lo eres —reconoció la anciana, a quien Amara ahora veía como una bruja experimentada que, por algún motivo, había llegado hasta allí. 

—Pero, si soy una bruja… 

—El pueblo entero te rechazará —afirmó con contundencia la vieja—. No están preparados para tu magia. Nadie de aquí lo está. Puedes decidir quedarte aquí, con ellos, y seguir ocultando de lo que eres capaz; o emprender un camino en solitario que te lleve a aprender a sacar el máximo partido a los conjuros que, sin duda, podrás realizar. Eso sí, tendrás que ocultar su sabiduría a hombres, mujeres y animales, hasta dar con esas pocas mentes abiertas que la sepan recoger. 

Por alguna extraña razón, las palabras de la bruja vieja no le parecían extrañas. Es como si siempre hubieran estado ocultas en alguna parte, por ahí. Amara, apenas hablaba ya con los habitantes del pueblo. Sencillamente, le resultaba demasiado doloroso que le trataran como si estuviera loca, y que no vieran su luz. En cambio, pasaba noches enteras hablando con los amigos que ella misma había creado: el perrete Cantillo, el duende Picaruelo, el el poderoso Dragón Antíloque, entre otras pequeñas creaciones que, a veces, aparecían en escena. 

—¿Vendrás mañana conmigo? —preguntó a bocajarro la vieja. 

—Sí —respondió con contundencia Amara, sin necesidad de pensar. 

La luz bañaba ahora todo su cuerpo, revitalizándola y llenándole de fuerza. Exhibiendo su poder. 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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