Las muy malas madres | por Laura Frost

[…] La conciliación, esa gran mentira, o mejor dicho esa gran trampa. […]

Hoy he recibido este chiste en uno de mis grupos (me refiero a la fotografía que acompaña este artículo), y era divertido, para qué negarlo, ingenioso cuanto menos. Los buenos chistes son aquellos que tienen un pie en la cruda realidad y otro en broma. Hay un dicho que dice que quién ante una cosa así o lo toma todo en serio o lo toma todo como un chiste, realmente no ha entendido nada. Y a eso voy yo. Afortunadamente, no estoy en ninguno de los dos grupos. De ahí que me riera, pero también me hiciera reflexionar. 

La conciliación, esa gran mentira, o mejor dicho esa gran trampa. Hace unos meses, desde que COVID19 nos asola, asistimos a multitud de argumentos que dinamitan nuestras líneas de pensamiento a diario: desde los catastrofistas, hasta los que piensan que nos lo merecemos por ser un espanto civilizatorio, los negacionistas (estos son de traca) y los que ingenuamente —porque nadie me va a negar que es una ingenuidad como la copa de un pino— que se creen, y quieren hacernos creer, que de esta pandemia vamos a salir reforzados y mejores como especie. Y entre las miles de cosas que pululan aquí y por allá está la conciliación y la infancia, por otro lado, los grandes olvidados de esta pandemia. No sé en qué ola del feminismo, yo ya me pierdo, la verdad, ¿por cuál vamos? ¿la cuarta ya?… bueno, da igual, la cuestión es que ya hace tiempo que nos dimos cuenta que con la incorporación al mercado laboral y lo que creíamos que iba a ser la verdadera liberación de las mujeres caímos en la trampa más grande del mundo, la de la doble jornada. A esto lo llamamos ahora la crisis de los cuidados —porque no solo tiene que ver con los descendientes sino también con los ascendentes—, cuando el modelo de desarrollo capitalista sin el refuerzo socialdemócrata de épocas anteriores empieza a ensanchar sus grietas y nos vamos hundiendo poco a poco, pero lentamente, tan lentamente que no nos damos cuenta, mientras nos vamos asiendo a un trozo de madera por aquí, otro por allá o al primer flotador que pasa. 

Se nos viene una pandemia, el sistema se colapsa porque previamente ya se habían encargado de dejarlo en paños menores, así como para no pasar frío, y no hay manera de proteger a las víctimas potenciales sin parar a una nación entera por lo que no queda más remedio que meternos en casa. Solución, ERTS y teletrabajo. Bueno, hemos de dar las gracias por lo primero, podría haber sido mucho peor, pero alguien se ha puesto a pensar en las consecuencias de lo segundo. Parece ser que con resolver la brecha digital el tema estaba resuelto, ¡no se preocupe señora, que la empresa le pone la línea de fibra! Y listo, te comes la jornada laboral a lo largo del todo el día que para eso es flexible, los deberes, las tutorías online, y tus vástagos encerrado y desbordados de deberes. Me gustaría saber si alguien se ha preguntado en algún momento porqué la mayoría de las personas que pasan al teletrabajo son mujeres y porqué la mayoría de los ERTS también. Pues porque ganamos menos, es así de sencillo. Entonces, puestos a prescindir de un sueldo que sea el nuestro y nos quedamos en casa a cuidar de los niños, ¡otra vez! O también porque nuestro trabajo es menos estable o menos importante, ¡otra vez! O porque pertenecemos a los sectores productivos con elevadas posibilidades de teletrabajar: educación, servicios sociales y sector terciario. Y además está el hecho de que hasta el momento hemos soportado el 75% de la carga mental de la estructura familiar y si los papeles se invierten entonces tenemos un problema muy gordo, no tanto a nivel familiar, sino conyugal. ¡Lo que nos faltaba era un divorcio!

Teletrabajar no es conciliar. Conciliar implica un sistema social capaz de poner en marcha planes de contingencia que permita a las familias funcionar sin tener que sobreexplotarse o sobreexplotar a otros que están más abajo en la cadena de cuidados. Que me ponga la empresa un ordenador y la fibra óptica en mi casa, me perdonen la expresión es una jodienda, además de una explotación de segundo grado porque trabajaré más, estaré más horas ocupada. Porque esta “flexibilidad” de horarios se convierte en que yo tengo que hacer una demostración continua y un ejercicio de responsabilidad con mis superiores. Y al final, como hay que atender la casa, las lavadoras, las comidas, la compra, y a mis suegros la que trabaja de madrugada soy yo. Para que luego la empresa prescinda de más gente, porque con mi trabajo (duplicado) se quitará de en medio a dos o tres. 

COVID19 está muy lejos de hacernos mejores, lo cierto es que se lo ha puesto fácil al neoliberalismo y muy difícil a las políticas sociales. Como no existe un soporte institucional y legislativo sólido que sustente las desigualdades del modelo capitalista de gestión y desarrollo, lo que se viene llamando conciliación se está quedando en arreglos de andar por casa entre el poder legislativo y la buena o no tan buena voluntad de las empresas, mientras que nuestros humildes hogares —porque seamos honestas la mayoría de hogares de este país son humildes— condensan todos los espacios sociales, la producción, la reproducción y loa educación. 

Y ahí estamos las mujeres, con nuestra prole amordazada con los lazos de las tecnologías (Youtube, Tick Tock, Minecraft…televisión a la carta), que son unas lianas de lo más eficaces, mientras damos las gracias porque al menos conservamos el trabajo y podemos comer, nuestros maridos no se divorcian de nosotras y nos esforzamos por encontrar la felicidad en las cosas minúsculas que son las que nos salvan, aunque también el sentido del humor. 

Pues a mí me gustaría dejar clara una cosa, desde mi feminismo nada academicista y que no sé ni en que ola está, ni me importa. Yo siempre he dicho que soy feminista por instinto, pero hay algunas cosas que siento con una profunda clarividencia: Google Meet no es conciliar, fibra óptica no es conciliar, un ERTE no es conciliar, 25 pequeños en un aula no es conciliar, pagar impuestos (que los pagamos) para que me atiendan telefónicamente en el médico no es conciliar, pasar el día la mitad de abajo del cuerpo en pijama y la mitad hacia arriba (que es la que se ve) arreglada, no es conciliar, y puedo seguir, pero tampoco es plan.

Y como soy una pesada, pesadísima soy, lo sé, yo siempre pongo el foco en los niños y niñas. Y pienso en aquellos que no tienen acceso a la tecnología, y cuyas madres no pueden trabajar porque son camareras de piso, o limpiadoras en domicilios sin contrato, o se dedican a la venta ambulante. ¿Cómo concilian esas mujeres? Si, por ejemplo, eres una mujer que limpia en casas ajenas y tu hijo queda confinado porque hay un positivo en su aula de 25 niños, ¿alguien me dice qué hace esa mujer para no perder su empleo y cuidar de su criatura confinada? 

Solución: amordazamos al niño, que luego ya el sistema se encargará de culparnos a nosotras como malas madres, no vaya a ser que alguien se para a pensar en las consecuencias de la violencia estructural de este sistema. 

No se es madre como se quiere, sino como se puede, eso lo tengo muy claro desde mi primer embarazo, pero que se sepa también que nos lo estáis poniendo muy difícil. 

Aun así y a pesar de todo esto, las feministas nos seguiremos peleando entre nosotras y eso…


Laura Forst, la autora de este artículo, forma parte de Acercando Realidades (acercandorealidades.org), es pedagoga , con máster en tratorno de la conducta por la UOC y Mediación Familiar por UNED. También es secretaria de dirección con especialidad en Project Manager y escribe poesía. Madre de Violeta y Mateo. Su perro se llama Dante y es un galgo. Y ella me ha pedido que la presente así, con el perro al final. No sé yo, por algo será 🤔

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