¡A Barrabás! | sobre la necesidad de matar al profeta

¿De dónde viene la necesidad de derrotar a las personas que pueden servir de ejemplo para mejorar? 🤔

Asesinar al mesías.

Pero antes, juzgarlo, condenarlo, vilipendiarlo y humillarlo, restándole toda autoridad.

—¡A Barrabás! ¡¡A Barrabás!! —dicen que gritó la multitud.

Y lo siguen haciendo.

En nuestro contexto hay una afición desmedida a desacreditar a cualquier persona que parezca un ejemplo de moralidad.

Es la Espada de Damocles de la izquierda política. Poco importa que tengas una vida profundamente dedicada al sacrificio y el bien común, porque una anécdota sin importancia puede dilapidar una carrera.

Y puede ser verdad o mentira. Poco importa. Porque las habladurías y el chismorreo tienen más valor que los hechos. Y un pequeño hecho disonante, tiene mucha más repercusión que una vida impecable.

Es grotesco y ridículo que a las personas que abogan por la igualdad y la justicia social se les exija más coherencia que a los mismísimos santos; y que sólo tras la muerte se reconozca el valor de las y los difuntos.

Porque todas y todos nosotros tenemos un lado oscuro.

Todos patinamos. Tenemos momentos en los que nos la suda el resto. Ocasiones en las que dejamos todo de lado para protegernos.

¿Por qué, entonces, somos tan incapaces de aceptar como un ejemplo el discurso o las buenas acciones del resto?

Imagino que son muchos los motivos.

Uno es nuestra familia tradicional, la que hemos naturalizado.

A ver si te suena.

Una madre dedicada en cuerpo y alma a los suyos. Venerada como un ejemplo. Y un padre un poquito ausente, dedicado al bar y al trabajo. Quizás en ese orden. Dos o tres hermanas o hermanos. El primero (o primera), delegado de la responsabilidad familiar: trabajador, sacrificado y “bueno”. El Tercero (o tercera), un tanto infantil, alocado, simpático y divertido. Y el de en medio, con mucha rabia y problemas.

En estas familias se produce un fenómeno muy interesante, pero también doloroso. El equilibrio pasa necesariamente por el sacrificio.

Herencia de una cultura católica, fría, machista y orientada a presumir ante los del pueblo.

La madre se sacrifica por el marido y por sus hijos, haciendo un esfuerzo sobrehumano. Pero, a cambio, exige a los demás la misma dedicación y esfuerzo. No es de extrañar que se sienta sólo y abandonada, y que su resentimiento se traduzca en exigencia hacia alguno de sus hijos (o hijas).

El hombre se sacrifica por su mujer e hijos, con largas jornadas de trabajo, surtiendo de bienes económicos y materiales al resto de miembros. No tolera bien regresar a la tristeza de su casa, y recurre al bar, a los amigos, una amante o a más trabajo.

El hermano (o hermana) mayor se sacrifica por su madre y hermanos (o hermanas). Su lugar está definido por una alianza con su madre, para meter en vereda a sus hermanos (o hermanas) díscolos. Porque ambos se necesitan. Pero este esfuerzo conlleva casi necesariamente un enfrentamiento con el segundo (o la segunda) y el tercero (o la tercera), que sentirán una justificada envidia por no tener el estatus y el reconocimiento que sí tiene el primero (o la primera).

El segundo (o segunda) y el tercero (o tercera) de los hermanos (o hermanas) también se sacrifican por el resto. El segundo (o segunda) suele ser la oveja negra, que recibe y soporta generosamente el malestar del resto; y el tercero (o tercera) sacrifica su madurez para que el resto puedan tener siempre de alguien a quien ayudar en un contexto cercano.

Ser leal es, en estas familias, cumplir con el modelo paterno y materno. No hacerlo es alta traición, y se sanciona con la expulsión simbólica: retirar la palabra y la mirada.

Y si la cosa es más grave: adiós y muy buenas.

No es de extrañar que las personas que nos hemos criado en algo parecido tengamos una mala relación con el ejemplo y la moralidad. Que exijamos demasiado, que no nos creamos al profeta, o que sintamos una necesidad imperiosa de huir o de hacer daño.

La próxima vez que escuches a alguien decir que Pablo Iglesias e Irene Montero son unos hipócritas por pagarse una casa a crédito, piensa en esto.

Sí, tenemos un trauma.

Pero es un trauma oculto que hemos normalizado.


Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

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