[…] Sonrió forzadamente, y se enjuagó el sudor un pañuelo. Todavía estaba a tiempo de usar el baño estropeado, dejar todo allí, y salir corriendo. […]
Se podía ver el morro del Porsche aparcado en línea amarilla, formando un ángulo de 20 grados respecto a ella. La ventana acumulaba grasa, telas de araña antiguas, y algún que otro líquido.
Entró en el cubículo con sudores fríos. Iba a desabrocharse el traje, cuando se percató. No funciona. Maldita sea. No me lo puedo creer. No funciona.
La puerta del otro estaba cerrada. A través del pladour, abierto por arriba y por debajo, podía escuchar los suspiros de otro hombre. Sus gases trompeteros, el “plof” de las heces al salpicar en el agua.
Ni siquiera se abrochó el cinturón. Salió a esperar su turno para “la taza caliente”.
Una mujer, un hombre y cuatro niños esperaban. Los miccionarios intactos. Vestían de negro, andrajosos, y los pequeños con pijama, recorriendo el baño libremente, sin que sus padres les dijeran nada. Los lavabos manchados de lubricante de motor, los charcos de orines y el papel húmedo del suelo, no limitaban su ansia exploratoria.
Se colocó detrás. Suspiró, y no pudo evitar llevarse las manos a la barriga.
La niña más pequeña, en brazos de su madre, le miró con curiosidad. Levantó la mirada hacia el techo. Apretó las nalgas y tensó su cuerpo. En el baño de mujeres, la cola seguía por fuera.
Se acomodó el traje mecánicamente. Los niños se perseguían. El pequeño chocó con la rodilla contra su muslo, causándole un dolor paralizante y la pérdida de estabilidad momentánea. Permaneció rígido, con los brazos pegados a los laterales de su cuerpo, mirando hacia los tubos de neón que titilaban en el techo.
—Sí, es un señor —dijo la madre a su pequeña, que todavía lo miraba—. Es muy grande. Claro, sí, es muy grande.
Sonrió forzadamente, y se enjuagó el sudor un pañuelo. Todavía estaba a tiempo de usar el baño estropeado, dejar todo allí, y salir corriendo.
El sonido del pestillo. La bomba. El resoplar, y el chirriar de la puerta. El hedor a heces ácidas que llena habitación. La taza y la parte de atrás del asiento estaban sucios.
—Qué puto asco —increpó el padre— ¡Eres un puto cerdo!
Ella dio un paso al frente, y se dispuso a limpiar la taza con el papel disponible y algún producto que sacó de su bolso. Él miró hacia la puerta, hacia la mujer, hacia su coche. Una señora parecía quejarse de que ocupaba espacio en la puerta.
Ella pasaba la escobilla.
Se imaginó cagando a pulso. Sentándose y manchándose de esa mierda mierda infecta.
—Pasa tú primero —dijo la mujer—. El hijo mayor se adelantó empujando al otro, que le insultó y se quejó a su padre..
—Mala cagalera te entre —contestó el otro.
—No, tú no. Va a pasar primero él. Mira, está malito.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
