[…] Frente a determinadas modalidades de agresión depredadoras, no es tan importante el tipo de respuesta que damos, sino desde que instinto o arquetipo nos protegemos. […]
¿No te llama la atención el hecho de que Artemisa sea, a la vez, la diosa de los límites, de la caza, de la muerte y de los nacimientos?
Pues ya te adelanto yo que este arquetipo tiene una importancia capital para el trabajo sistémico con familias, entre otras cosas, porque es la figura que regula la transición entre pertenencia e individuación. Entre las fuerzas que nos empujan a la homogeneización, y las que nos presionan hacia la autonomía; tensiones todas ellas las que estamos inmersas e inmersos toda la vida.
El mito de Artemisa —ya sabes, aquel en que, por descuido, un cazador la ve desnuda y ella le dispara una flecha convirtiéndolo en ciervo, y dejando que se lo coman sus propios perros— nos habla de una diosa implacable, fría y cruel. Tres cualidades denostadas por un monoteísmo cuya función implícita es someternos a un único poder superior, celeste y mundano. Es decir, que prioriza la pertenencia respecto a la individuación.
Pero estas tres cualidades la implacabilidad la frialdad y la crueldad son también las características que dan la diosa azul maravilloso poder. Piensa por ejemplo en cómo tú has puesto alguna vez límites realmente efectivos. Seguramente no haya sido desde la empatía, ni desde la asertividad —fuck, consejitos de Instagram—, sino desde esa fuerza interior que te permite ver los hechos con cierta distancia, afinar la puntería, y disparar una flecha precisa contra el agresor.
Tras el impacto, te has quedado mirando con frialdad al agresor, observando, implacable, como se transformaba en ciervo como huía de la situación y era mordido, desangrado y desmembrado por exactamente las mismas fuerzas que le han acompañado como cazador. Como depredador.
Cuando sufrimos violencia a través de la comunicación perversa —a saber, ese registro en el que lo que se dice y lo que llega al receptor es diferente, siendo lo último la voluntad del agresor—, es como si esa persona colocará frente a nosotros un vaso con un líquido verde burbujeante, ponzoñoso, que nos obligara a beber. Entonces nosotras y nosotros nos encontramos en una situación sumamente complicada. Beber ese veneno nos va a causar un daño profundo que probablemente también va a impactar a las personas a quienes queremos. Pero responder de manera proporcional a la afrenta, con la intensidad emocional que el daño recibido justifica y merece, nos deja vulnerables frente a la figura del agresor. Puede señalar —y de hecho, es lo que suele pasar— que que somos exagerados, que no estamos en nuestros cabales, culpándonos por la respuesta defensiva y protectora que indudablemente ha motivado él.
Nos encontramos frente a un enemigo formidable. Cuenta con la ventaja del efecto sorpresa, y está preparado para esquivar el bombardero de después. Sin Artemisa, tenemos todas las de perder, entre otras razones porque la confusión que genera esta modalidad de comunicación, sumamente dañina, no invita en sí misma a actuar con decisión.
Ocurre muchas veces que señalamos el daño que hemos recibido, y esa persona maliciosa esquiva nuestra flecha con facilidad, diciendo “anda, ¿de verdad piensas eso?” o “¿yooooo?”, devolviéndote luz de gas. Y en el momento en el que él escribe escriba esa flecha tú no tendrás otra opción que tragarte doble ración de ese veneno, porque no solo te han dado la hostia, sino que además has intentado protegerte y no lo has podido conseguir.
Aquí es precisamente donde los consejos bien intencionados de mis compañeras y compañeros monoteístas, de Instagram ,de YouTube de Facebook, se vuelven dañinos. Frente a determinadas modalidades de agresión depredadoras, no es tan importante el tipo de respuesta que damos, sino desde que instinto o arquetipo nos protegemos. En estos casos uno puede dar una respuesta perfecta pero si su energía vital no acompaña esa respuesta no va a proteger, preservar la dignidad, hacer valer el propio deseo o sostener el sentido de agencia.
Hay una cosa que es preciso reconocer. Artemisa es fría e implacable, pero no es malvada. Actúa para proteger los límites del bosque, pero no se ensaña. No ejerce más daño que el imprescindible para frenar la agresión. Pero lo hace con rapidez y precisión mortal. Con flechas que no se pueden esquivar.
Cuando Artemisa le ofrecen un vaso de veneno, no duda. Moja la punta de sus flechas en ese veneno y dispara al agresor. Le devuelve exactamente su propia medicina, sin el deseo de convencer, protegiendo una línea que marca el límite de lo que verdaderamente tiene valor.
Hay una cosa que me gusta explicar a las familias, y que habitualmente pasa desapercibida. No es extraño que restaurar el culto Artemisa y hacerla presente en nuestra vida diaria dé mucho miedo. La vemos exclusivamente como una diosa implacable, y olvidamos que es también la diosa de los nacimientos. La que protege el parto. Y a mí me parece que hay una simbología sumamente rica aquí. Porque cuando una persona pone sus límites desde la fuerza de Artemisa, casi necesariamente algo empieza a nacer.
Eso que nace puede tener que ver con funciones psíquicas o recursos que emergen en la persona que ha puesto los límites, pero no es extraño que también nazcan cosas nuevas en los sistemas a los que pertenece esa persona. Es la naturaleza de Artemisa cuando uno o una dice claramente no con esa energía vital obliga a su sistema interior y a los sistemas relacionales a los que pertenece a mover ficha. Pero es verdad también que nunca sabemos que movimientos se van a dar. Pueden ser para bien o pueden ser para mal. Pueden ser los que tememos —ya te anticipo que no suele ser así—, o pueden aparecer cosas inesperadas que enriquezcan el tablero de juego o las relaciones.
Artemisa es la principal fuerza vital que facilita la propiedad de los sistemas que llamamos emergencia: es decir, la que hace aflorar recursos, movimientos, instintos, partes protectoras que parecía que no estaban allí y, ojo con esto, o que no estaban allí.
Pero desde una perspectiva monoteísta, complaciente con el poder, hemos acabado por optar por formas de poner límites supuestamente respetuosas, que limitan absolutamente todo su poder.
No hay límites sin frialdad, precisión y daño.
¿Se ve?
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
