[…] tenemos una tendencia vital marcada por nuestro instinto de protección […], y por la gestión que podemos hacer de nuestro propio deseo. Un deseo que no es del todo libre, sino que nace de una o varias faltas y de cómo éstas se relacionan con los códigos que impone el entorno. […]
«Quizás el disfrute de la libertad del ser humano esté paradójicamente a la idea de aceptar el propio destino.»
Buah, chaval. Ya está el Gorka masticando margaritas, haciéndose infusiones de maría, y poniendo el ojete al sol para recargar energías.
Tú calla, escucha, y luego me criticas todo lo que te apetezca.
Una de las faenas de tratar de convertir a la psicología en una “ciencia de la salud” es que nos estamos cargando su esencia más humanista. Y eso no es ninguna chorrada: estamos perdiendo la conexión con conceptos asociados a otro tipo de tradiciones como, por ejemplo, la espiritual, que podrían ser seriamente considerados en nuestra cosmovisión, nuestra metodología y en las intervenciones que realizamos para apoyar a las personas que están sufriendo.
Echad un vistazo, por ejemplo, al concepto de DESTINO. A esa especie de futuro que ha sido fijado —sabe dios por qué o por quién— para cada una y cada uno de nosotros y del que no se puede huir de ninguna manera, o del qué se puede escapar a condición de soportar un sacrificio o castigo extraordinarios.
No sé vosotras, pero yo soy de la idea de que, cuando figura de estas características está presente en multitud de culturas a lo largo de mucho tiempo es porque cumple, al menos, tres funciones: sostiene simultáneamente la estructura de poder de múltiples sistemas y beneficia de muchas formas al individuo, bien protegiéndolo, satisfaciendo sus necesidades o conectándolo con el “goce” que le permite tolerar una falta muchas veces compartida.
Que vale. La cosa es siempre más compleja, pero aquí no disponemos de espacio ni de tiempo para irnos por las ramas. A cascarla a Ampuero.
Sea como sea, la idea de DESTINO no es baladí. Implica la idea de que hay algo implícito en cada una y cada uno de nosotros que nos dirige hacia un determinado lugar, dando rumbo o sentido a nuestras vidas. Y es algo contra lo que no nos podemos oponer. Cuanto más esfuerzo hagamos para doblegarlo, peor se pone la cosa y más probabilidades hay de que el mismo se cumpla, bien por las buenas —si lo aceptamos— o bien reportándonos un montón de sufrimiento —si nos oponemos, tratando de usurpar el lugar privilegiado de los dioses—.
Joder, cuánta substancia hay en la última frase. Me cago vivo.
No podemos negar que todas y todos nosotros tenemos una TENDENCIA VITAL marcada por nuestro INSTINTO DE PROTECCIÓN (el código de programación implícito en nuestro sistema nervioso autónomo, tanto para sentirnos seguros en las relaciones como para reaccionar frente a los peligros del entorno), y por la gestión que podemos hacer de nuestro propio DESEO. Un deseo que no es del todo libre, sino que nace de una o varias faltas y de cómo éstas se relacionan con los códigos que impone el entorno.
Por mucho que nos fastidie, es en ese marco en el que necesariamente nos movemos, quizás, con pequeñas incursiones hacia el exterior en las que no permanecemos, porque es muy complicado o casi imposible que encontremos allí el disfrute (“goce”) que motive a nuestro cuerpo.
Y todo esto es una jodienda, amigas y amigos, porque nos vuelve predecibles y fácilmente manejables por el poder imperante (la familia, la política, la empresa, la presión social, el consumo, los servicios, etc.). Con el añadido de que nos montamos una historia paralela para convencernos, falsa y ridículamente, de que somos seres libres, que toman sus propias decisiones, de manera consciente y deliberada.
Una ilusión de libertad que, si bien nos otorga una breve sensación de placer —soy un dios que decide sobre el destino, no como esos borregos a merced de las fuerzas naturales—, en el fondo es justo la fuerza que nos mantiene anclados en la falta asociada a la imposibilidad de representar, imaginar, simbolizar y nombrar las motivaciones reales de nuestro comportamiento.
Como tantas veces, el mito de la razón subyuga y oculta la presencia de un aparato instintivo determinante y primario, que fija un camino a seguir a modo de DESTINO.
Atención. Uno de los grandes problemas de las personas que han sufrido adversidad temprana y violencia estructural sistemática es que, al haber estado tan centradas en protegerse, no han tenido la oportunidad de organizar sus vidas en torno a su deseo —¿será eso quizás la esencia de la desorganización de lo afectos?—. Y eso, amigas y amigos, es una de las fuentes de estrés más formidables que una persona puede padecer, hasta el punto de hacerla precipitarse a la depresión, la locura o e suicidio.
Por eso, debo criticar y critico las intervenciones del tipo “ya le he dicho” o “me ha contestado” que tantas veces se hacen en el contexto de los servicios sociales, porque no sirven para prácticamente nada. La esencia del problema —la naturaleza del síntoma— no opera casi nunca en el terreno de lo que se imagina o se narra, sino en lo que permanece oculto a estas formas de la conciencia, y en el sentido y la respuesta que el contexto otorga a eso que queda codificado como conducta o reacción anclada en el vacío y en el silencio.
Pero, claro, di tú en servicios sociales que vas a trabajar para que las personas a las que acompañan acepten su destino, su deseo, y para que así, tengan una mejor relación con su falta, operen con mauor libertad, situándote como puente o umbral entre lo que ellas y ello necesitan y la violencia que —justo por hacer visibles estas necesidades— han sufrido y sufren por parte del entorno.
Ya te lo anticipo yo, te van a decir que te dejes de chorradas. Que lo que le pasa a esta peña es que han errado el camino. Violencia institucional naturalizada. De libro.
Pero la realidad se impone, aceptar el DESTINO, a saber, las fuerzas inenarrables que determinan nuestra ruta, es la mejor manera de comenzar a sostener el volante en una carretera que no elegimos. Decidir la velocidad, las pausas, las acompañantes, el menú, los desvíos… e incluso, con suerte, el punto kilométrico al que lleguemos, sabiendo, de antemano, que allí no habrá nada que llene esa falta. Sólo un descampado, un páramo o un desierto. Pero, al menos, no nos habremos empeñado el seguir por otra ruta, y a ratos habremos disfrutado del camino.
La única manera de contrarrestar las fuerzas del destino es aceptarlo como el único camino.
Cierro que ya he tenido demasiado.
Me va a dar un chungo.
Fijo.
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Lecturas relacionadas:
Hillman, J. (1997). El código del alma: En busca del carácter y la vocación. Barcelona: Paidós.
Hollis, J. (2000). The archetypal imagination [La imaginación arquetipal]. College Station: Texas A&M University Press.
Lacan, J. (1986). El seminario. Libro 7: La ética del psicoanálisis (1959–1960) (J.-A. Miller, Ed.; T. Segovia, Trad.). Barcelona: Paidós.
Žižek, S. (1992). El sublime objeto de la ideología (I. Aguirre, Trad.). México: Siglo XXI.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
