La multiplicidad de la vergüenza

[…] Si hoy echo la vista atrás y me pongo en la situación que aconteció, con la tranquilidad y seguridad de la que disfruto ahora al saber que estoy en un momento más seguro, puedo ver que entraron varias “partes” en juego. Es decir, que se estableció un diálogo rápido, fulgurante, entre varios personajes que corrieron a protegerme de los supuestos peligros —¿o debería decir “amenazas”— que acontecían fuera y que ellos mismos iban provocando. […]

Hace poco experimenté una situación que me hizo sentir una profunda #vergüenza. Ya sabéis, esa emoción que nos señala como la peor calaña, que nos bloquea y, casi a la vez, nos obliga a actuar de manera impulsiva para restablecer la aprobación de otra persona o del grupo, no siempre tomando las mejores decisiones o por los mejores caminos y recovecos. 

Salí del agujero como pude, con la ropa hecha añicos, la piel rasgada, sangrando y lleno de barro. Todavía hoy lo recuerdo, y me sabe muy amargo. Pero, más allá de lo que pudiera sentir o de cómo me pueda afectar lo acontecido hoy, creo que he aprendido algo: quizás, y sólo quizás, la vergüenza no sea una emoción unitaria, sino múltiple. 

Múltiple, ¿por qué?

Si hoy echo la vista atrás y me pongo en la situación que aconteció, con la tranquilidad y seguridad de la que disfruto ahora al saber que estoy en un momento más seguro, puedo ver que entraron varias “partes” en juego. Es decir, que se estableció un diálogo rápido, fulgurante, entre varios personajes que corrieron a protegerme de los supuestos peligros —¿o debería decir “amenazas”— que acontecían fuera y que ellos mismos iban provocando. 

Al primero, lo veo con las manos en la cabeza, los ojos muy abiertos, la boca neutra y tensa, y con los pelos de punta. Creo que está bloqueado, congelado en el interior de un cubo enorme de hielo. 

A segundo, lo veo como un troll con un enorme garrote. Corre hacia mí, con una furia extrema, haciendo temblar el suelo y levantando una enorme nube de polvo a su paso. Quiere golpearme, derribarme y ensañarse conmigo. No hay otra. 

El tercero parece un general del ejército. Viste un traje de colores militares, y lleva consigo un montón de medallas. Tiene una mirada fría, severa, autoritaria, y señala hacia el horizonte con el dedo. 

Y, por último, se me aparece una mujer anciana. Se cubre con un vestido marrón, largo, y apenas se le ve la cara, porque se tapa con una capucha. No da miedo. Se le intuye una mirada amable, y la sabiduría de una larga vida. 

¿Tiene algún sentido todo esto?

No lo sé… lo único que me parece más o menos seguro es que el cuerpo me pide relatar la historia que ha acontecido, en la que han participado todos ellos. Porque se trata de una historia que acontece demasiado rápido, de las que es difícil percatarse y que, seguramente, tienen importantes implicaciones de cara al bienestar o malestar que pudiera estar viviendo en este preciso momento. 

Por eso, echo la vista atrás y recuerdo. 

Y lo primero que me aparece es la congelación. Una congelación furiosa que localizo justo en el corazón, como si se me hubiera vuelto una pieza de mármol: una piedra dura y muy fría. Siento que todo mi mundo se tambalea, que me cuesta pensar y moverme, y que nada puede arreglar el despropósito que he montado. 

De la nada, aparece el general del ejército: 

—Ya está bien de tonterías —me reprocha, y sus palabras suenan como un insulto—. Levántate y pelea, coño. ¿O te vas a quedar como una “niña” ahí sentado?

Entrecomillo lo de “niña” porque denota que sigo teniendo actitudes muy machistas ocultas en diferentes lados. 

En ese preciso instante, quiero hacerle caso, decir que todo me importa una mierda, mandar a tomar por culo al mundo entero, y desensibilizarme por completo. Deseo convertirme en un psicópata, coger mi fusil, y liarme a tiros con el mundo entero. 

La primera hostia me llega desde detrás. No la veo llegar, y me pilla con las defensas abajo. La segunda, me aplasta la cabeza contra el suelo. A través de la neblina, consigo ver a un monstruo enorme, de tres metros, con un garrote inmenso, ablandándome las carnes contra las rocas: 

—¡¿Qué vas a hacer?! —ruge, enloquecido, mientras me toma de las piernas y me golpea contra el suelo. 

Al rato, me hundo en arenas movedizas. Es como si hubiera pedido el conocimiento. Estoy un rato así, doblegado, ausente de todo. Pero, de pronto, siento una presencia cálida a mi lado: 

—Vaya paliza —dice la anciana encapuchada, mientras me enjuaga las heridas con un paño húmedo—. Muy mal te has tenido que portar para que te hagan eso. 

La miro. Me gusta su presencia. Tengo la seguridad de que ha venido a cuidarme. 

—Sí, he hecho algo horrible —digo, bajando la cabeza. 

—Seguramente sí —asiente—, es el precio que hay que pagar por ser humano. Porque ser humano no tiene que ver tanto con hacer las cosas bien, como con sufrir con los demás por el daño que les hemos hecho. 

—Quizás sí, pero yo he causado a una persona el mismo daño que otras personas me han hecho —respondo—. Estoy seguro que ha tenido las mismas sensaciones que yo tuve en mis peores momentos. 

—¿Qué momentos?

—No sé si te dice algo la palabra “escoria”…

—Claro que sí. Yo también estaba allí, aunque tenías otras prioridades en esos momentos.

—No podía dejarme cuidar por nadie. 

—No pudiste. Pero ahora sí que puedes hacerlo. Mira, estamos en tu casa, tu familia te quiere —dice apoyándome la manos en la espalda—. Podemos hacerlo. 

—¿Cómo?

—Quizás sea buena idea preguntarnos por qué respuesta necesitaste en aquellos momentos. 

—Creo que puedo distinguir entre la que quería y la que necesitaba. 

—¿Cuál querías?

—Que llegara un héroe y me salvara. Creo que por eso sigo llorando en ese tipo de escenas cuando veo una película para niñas o niños. 

—¿Y cuál necesitabas?

—Eso me parece más complicado. Pero intuyo que puede resultar más reconfortante dar con ello. 

—Repito, ¿qué necesitabas? Date todo el tiempo que necesites para ello. 

—Quizás que alguien cargara también con mi vergüenza. No se trataba tanto de que me la quitaran, sino de que sea un sentimiento compartido. Creo que necesitaba sentirme, de alguna manera, acompañado en mi sufrimiento. 

—¿Crees que estás en una posición que te permite compartir la vergüenza de la persona a la que se lo has hecho pasar tan mal? ¿Crees que puedes hacer algo para librarle de algo de su peso?

—Creo que sí. 

—Pues igual ahora es el momento. 

Esto es una reconstrucción y, como tal, no es necesariamente fiel a la realidad o a los acontecimientos. No obstante, he tratado, en la medida de lo posible, ser honesto y sincero. 

Del texto, extraigo tres conclusiones. La primera es que, quizás, nos convenga ver a la vergüenza como una multiplicidad, en vez de como una unicidad, porque parece que la experiencia asociada a la misma, está relacionada con diferentes “partes protectoras” en juego. Partes, todas ellas —y esta es la segunda conclusión— que aparecen como respuesta rápida e inconsciente, a los movimientos que hacen otras partes sobre el tablero. Movimientos, todos ellos, que pueden llevar a la resolución de la emoción (el alivio de la tensión), o al mantenimiento de la misma en el tiempo (estrés tóxico). Por eso, es tan importante que consideremos a todos estos personajes, a pesar de su violencia y su impulsividad, interlocutores legítimos en esta comunicación y de cara a este juego. 

Y la tercera es que la regulación emocional no acontece, prácticamente nunca, de la manera como debe, o como te la han contado. Es algo más caótico, sucio, casual, curioso e intenso. 

y a ti, ¿qué te sugiere todo esto?

Lecturas relacionadas:: 

AZNAR, F.J. (2019). La restauración de la competencia narrativa del trauma. Análisis de un caso. Fundación Meniños. Universidad de A. Coruña.

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria

SCHWARTZ, R.C. (2021). No hay partes malas. Barcelona: Eleftheria

SCHWARTZ, R. C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Deja un comentario