El Equipo A

[…] Lo que era basura u objetos inservibles para los malos, ellos lo veían como algo maravilloso, con un potencial tremendo para atender las necesidades del momento. Y eso les daba una doble ventaja: eran capaces de contar con los recursos que necesitaban y contaban con el factor sorpresa. Y justo eso es lo que daba un giro a la historia. […]

«En 1972, un comando compuesto por 4 de los mejores hombres del ejército americano fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene algún problema y si los encuentra, quizás pueda contratarlos.»

Si tienes mi edad o similar, seguro que te suena esta entradilla. “El Equipo A” fue una serie muy popular en los 80, sobre todo entre niños y jóvenes del género masculino. Básicamente, se trataba de 4 tipos muy pintorescos que habían luchado en la guerra de Vietnam y que, ahora, se dedicaban a ayudar a la gente que estaba bien jodida, mientras les perseguía el mismo ejército para el que habían peleado. 

Yo quería ser MA Barrakus. Me parecía más fácil ser fuerte, que el sociable, el listo o el gracioso del grupo. 

La cosa es que en casi todos los capítulos se repetía la misma secuencia narrativa. En un determinado momento, la cosa se les ponía chunga y eran detenidos por los malos, que los retenían en un garaje, un pajar o cualquier otro sitio en el que había un montón de materiales con los que lograban crear algún ingenio que les permitía escapar de allí de la forma más rocambolesca posible. 

Lo flipabas. 

Lo que era basura u objetos inservibles para los malos, ellos lo veían como algo maravilloso, con un potencial tremendo para atender las necesidades del momento. Y eso les daba una doble ventaja: eran capaces de contar con los recursos que necesitaban y contaban con el factor sorpresa. Y justo eso es lo que daba un giro a la historia. 

Cuando el Equipo A estaba retenido, no podía buscar ayuda desde fuera. Seguro que hubieran deseado tener un tanque Abrahams, fusiles M16 o un RPG 7 para metérselo por el culo a los mafiosos, guerrilleros o caciques que amenazaban con entregarlos al ejército o matarlos, pero ellos ni siquiera se centraban en esos deseos: sencillamente agarraban lo que tenían a mano como si fuera un tesoro, motivados por la sonrisa traviesa de Hannibal, que daba a entender las maravillas que iban a hacer con todo eso. 

La cosa es que otro equipo, menos inteligente o peor entrenado —podemos llamarle Equipo B—, se sentaría a esperar su destino. Estarían imaginando lo guay que habría sido contar con una radio para llamar a sus colegas del exterior, y que les metieran por la ventana granadas de fragmentación, un fusil Barrett Antiblindado, y unas gafas de visión nocturna, pero, en vistas de que no podía entrar nada en la habitación, se habrían resignado allí mismo, repitiéndose que “no se puede hacer nada”. 

Pues bien, en el contexto de los servicios sociales la mayor parte de los profesionales pertenecen a este Equipo B, y entienden que no pueden hacer nada para acompañar, cuidar, ayudar o sostener a las personas a las que acompañan, porque supuestamente no tienen a su disposición nada con valor, por lo que se resignan en el suelo. Han sido entrenados en la ortodoxia que impone su formación, y todo lo que se salga de ahí carece de valor y sentido. 

Pero, también, hay un pequeño grupo que malvive como soldados de fortuna. Que huye de la autoridad y es capaz de poner en valor lo que, para los anteriores, es meramente basura. Que echa una mirada alrededor y ve un todo terreno destartalado, placas de acero, unas botellas de aire comprimido, y es capaz de imaginar un tanque que pueda derribar las puertas de metal y enfrentarse a los malos. 

Y que, como Hannibal, señala a su alrededor con picardía, identificando la magia que hay detrás de lo que otros han desechado, dejando que el equipo fluya libremente y construya a sus anchas. Con lo que hay, no con lo que les gustaría que haya. 

La faena es que en los Servicios Sociales convive una mayoría formada por profesionales B, que piensan y sienten que sólo es posible avanzar si existen una serie de requisitos, ya sabes: capacidades, habilidades o factores de protección, como prefieras. Y que se creen que saben, a la perfección en qué consiste este armamento: lo han estudiado en la academia. Pero que, cuando ese deseo se frustra, sólo ven a su alrededor basura. Y pobre el que les diga que esa basura, con un poco de atención y esfuerzo puede construirse un misil Tomahawk que lo flipas. Te van a apartar y encerrar como se sigue haciendo con los “enfermos mentales”, mientras se empeñan, tosca, infructuosa y torpemente, en encontrar lo que sólo aparece en los libros y en los mapas. 

Visto el panorama, no es de extrañar que tengamos un manual para evaluar las supuestas situaciones de riesgo o desprotección que se base precisamente en eso: en la presencia de las armas que ha señalado como eficaces la instrucción más cutre y sencilla. Y que, al imponerlo como única forma de valoración, está degradando el material que sí está y que sí nos sirve, al status de basura. 

Que igual no era su intención, pero lo está logrando que te cagas. 

Pero, ¿qué son esas cosas que podríamos aprovechar para construir un Bazooka, y que tanto los malos como el Equipo B consideran suciedad, objetos sin valor o montañas de mierda?

Seguramente se pueda escribir toda una estantería sobre ello. Pero, si tuviera que señalar algo que sea verdaderamente importante, que esté por encima o por delante del resto de las cosas, creo que me quedaría, tal y como señala F. Javier Aznar Alarcón, con todas las resistencias e intentos legítimos que las personas quisieron iniciar o iniciaron para resolver su situación, mantener la esperanza, restaurar su dignidad o seguir siendo protagonistas de su vida, y que el contexto reprimió, suplió, amordazó o deslegitimó, obligando a esas personas a seguir otro camino. Un camino en el que todavía se escuchan ecos lejanos, entre las montañas, que repiten lo que tuvo que haber sido. 

Lo que ojalá hubiera sido. 

Porque la gente que está atrapada con nosotros en ese almacén, no necesita que le proporcionen las armas que no sabe manejar. A saber qué hostias liaba yo con un F18 completamente armado. Sino una mirada cómplice que invite a explorar lo que el resto del mundo —profesionales incluídas e incluídos—, ha descartado como basura. 

Esto es lo que hay, ¿qué podemos hacer con ello?

¿Recuerdas lo que trataste de hacer para sobreponerte a tan magnífico reto?

Para, porfi… creo que es importante. Cuéntame un poco más sobre eso. 

Porque ahí… justo ahí… está oculta otra historia. Una historia que, déjame que te lo diga, nos conecta en lo más profundo; porque todos somos, de alguna manera, personas violentadas por diferentes autoridades, que sobrevivimos tratando de ayudarnos y ayudar a los demás, como soldados de fortuna. 

Y es una fortuna habernos encontrado en ese maravilloso estercolero, anegado por la basura. 

Construir otra autoridad, otro apoyo, que sirva de contrapoder al daño que nos han hecho. 

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

¡El Equipo A!

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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