[…] «Cuidado con ella, Gorka», me han dicho, diciéndome indirectamente que se trata de una persona peligrosa, de la que me tengo que proteger. Y, claro, yo, que no soy de piedra, me he cagado un poco encima, porque ¿quién será esta tipa para que me adviertan así? […]
Al parecer, tengo que empezar a trabajar con una mujer a la que le han asignado el diagnóstico de “paranoica”.
«Cuidado con ella, Gorka», me han dicho, diciéndome indirectamente que se trata de una persona peligrosa, de la que me tengo que proteger. Y, claro, yo, que no soy de piedra, me he cagado un poco encima, porque ¿quién será esta tipa para que me adviertan así?
Vale. Tengo miedo. Pero también sé que reconocerlo es dar un paso al frente, la primera decisión para lo que me toca: hacer algo con esto. Porque sé que mi miedo no ayuda en nada a mi trabajo, ya sabes, coloca por delante de todo mi necesidad de protección, anulando a las personas que se me interpongan en este camino.
Lo primero que me viene a la cabeza es que ése diagnóstico o etiqueta —”diagnóstico” es cuando te lo impone un profesional con la formación pertinente para insultar a las personas, mientras que una “etiqueta” te la asigna cualquiera, en perversa complicidad con tu propio contexto— se ha otorgado, 100% seguro, en el contexto de una relación. Y, si me lo dices otra figura profesional, casi seguro que el culpable haya sido una o un colega.
Entonces, la pregunta que procede es ¿cómo era la relación de esta figura profesional con la persona en cuestión? La pregunta, coño, procede. Porque, por alguna razón que desconozco, de eso no se me habla.
Justo ahora, siento que algo cambia dentro de mí. Sigo acojonado, pero creo que también ha emergido algo interesante dentro de mí. Sí, creo que es curiosidad porque ahora siento un honesto interés por saber qué hostias está pasando. Ya no percibo a esa mujer como una futura agresora o enemiga, sino como alguien que quizás, al menos, quizás, ha sido víctima de una injusticia.
Esto me lleva a conectar, de nuevo, con la idea de que trabajo para un sistema que es esencialmente injusto y maltratante, que yo evitaría por todos los medios. Y me cabreo. Primero, con todos los profesionales que no ven al elefante en la habitación; y luego, conmigo mismo, porque no tengo los huevos de dar un portazo y cambiar de trabajo.
«Algún día lo dejaré», me dijo. Y también siento una opresión en la garganta. Creo que es tristeza. Porque me encanta mi trabajo y todavía sigo sintiendo que puedo aportar algo para mejorar las cosas.
Desde esa misma tristeza, me formulo otra pregunta. Ahora, seguramente, estoy en un mejor lugar para responderla. Imaginemos que esa persona, en efecto, tiene partes protectoras que tienen por prioridad desconfiar de los demás y atribuirles intenciones oscuras. ¿Cómo se ha podido forjar esto?
Lo primero que me viene a la cabeza es que todas las personas que sufren los servicios sociales —ya sé que ayudamos a algunas, pero otras muchas nos sufren como un grano en el culo—, tienen buenas razones para desconfiar de nosotras y nosotros. Esas miradas desde el privilegio, esa falta de transparencia, esos juicios de valor en los informes, y la impunidad que nos otorga actuar por el supuesto “interés superior del menor”, no ayudan a crear una relación de confianza.
Pero sé que estoy divagando y trato de volver a la pregunta que me interesa, ¿qué puede llevar a una persona a hacer ese esfuerzo para desconfiar de la gente, a pesar de que implica hostilidad y el aislamiento? No lo sé, pero debe haber pasado algo muy relevante para aceptar una renuncia tan desmesurada…
Seguramente haya muchas buenas razones para que se conforme una parte de nosotras y nosotros —sí, igual tú y yo tenemos alguna parte similar, ya lo veremos— con estas prioridades y renuncias, pero lo primero que me viene a la cabeza es una niña que ha tenido que enfrentarse a una gran confusión. Quizás a un padre y una madre que alteraban la realidad para manipular su conducta, o unos progenitores separados, con narrativas tan diferentes que no había una realidad estable que le sirva de soporte. En ambos casos, uno crece con la necesidad de saber qué es lo que realmente pasa, porque la alternativa es la disociación más brutal, la depresión más oscura o la psicosis.
Pienso, ahora, que si esa parte cobró tanto poder dentro de su psiquismo, seguramente sea porque ha conseguido su objetivo: anclar a la persona a la realidad, con independencia de los esfuerzos de las personas adultas a su lado. Y, coño, esto me hace sentir un sincero agradecimiento hacia esa parte tan activa, que consiguió, entre otras cosas, permitir a esa niña ser autosuficiente y disponer de una base segura. Una base desde la que explorar y crecer, a pesar de la inestabilidad estructural de su entorno.
Desde aquí, desde el reconocimiento y el agradecimiento, me siento mejor situado para encontrarme con esa mujer que me espera, y a la que no conozco. Sé que todo lo que he pensado seguramente no se corresponda con la realidad —o sí, ¿quién sabe?—, pero de lo que estoy seguro es que ha cambiado, antes de conocerla, mi relación con esta persona, y lo que es mejor, también con mis miedos.
Vamos. Al tajo.
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
