Un duelo congelado

[…] Pero, en el año 2020, llegó la tragedia. Empezó con un dolor de garganta, luego fiebres altas y finalmente una neumonía bilateral terrible que le llevó al hospital. En apenas 3 días había fallecido. […]

Ekain y su abuelo estaban unidos por un cariño que difícilmente se podía describir con palabras. 

Para Ekain, su abuelo no sólo era su héroe, sino la persona a quien quería parecerse de adulto. Un mago profundamente sabio, fuerte y amable, que estaba en contacto con los secretos más íntimos de la naturaleza. 

A sus 80 años, este hombre seguía fuerte como un roble. Parecía invulnerable al paso del tiempo y las enfermedades. 

Pero, en el año 2020, llegó la tragedia. Empezó con un dolor de garganta, luego fiebres altas y finalmente una neumonía bilateral terrible que le llevó al hospital. En apenas 3 días había fallecido. 

Durante la convalecencia, Ekain no pudo conectar con él. Sus padres le dijeron que no merecía la pena, que estaba en un lugar lúgubre, que era mejor que no viera “esas tristezas”, y que ya le daría un abrazo “cuando volviera”. 

Pero Ramón nunca volvió. Se quedó entre las paredes de ese hospital para siempre. 

La última conversación que Ekain tuvo con él fue hace prácticamente 3 semanas. Estuvo comiendo con la familia, y mostrando su carácter afable. Ekain andaba con dolor de garganta, pero no le dio importancia. Pero, ahora, que se había marchado para siempre, le llegaban sin buscarlo muchas preguntas: 

¿Le habría contagiado yo? 

¿He sido yo quien ha provocado su muerte?

¿Y si no me hubiera acercado a él?

¿Y si hubiera sido más responsable?

El funeral fue una mierda. Apenas cuatro monos, separados, con la prohibición de tocarse, y sin el cuerpo presente: 

«Es mejor así», «ya no sufre», «tenía 80 años, es ley de vida», son las frases que más recuerda. No le decían nada. 

Ekain pasó unos cuántos días anestesiado. Para él, era como una pesadilla de la que podía despertar en cualquier momento. En el fondo sentía que Ramón podía aparecer por la puerta, como si no hubiera pasado nada, radiante y con ganas de pasar el tiempo con él, sin juicios ni pretensiones, como hacía siempre. 

En el fondo, no se terminaba de creer lo que había pasado. 

El adormecimiento dio paso a la angustia, y ésta a la ira. Sentía cómo le llegaban oleadas de tristeza e inmediatamente todo su cuerpo se agarrotaba en una especie de espasmo que comenzaba en la espalda e irradiaba a los brazos. 

«Cómo he podido ser tan imprudente.»

«Imbécil.»

«Gilipollas.»

Ahora, Ekain iba por el mundo pisando fuerte. Sentía sobre sus hombros la injusticia de todo el universo. 

«¿Qué mierda de dios permite esto?»

En ese estado, la percepción de la realidad estaba alterada. La gente se percibía como hostil, agresiva o invasiva, y saltaba a la mínima. El mundo era un lugar profundamente injusto y cruel, en el que sólo cabía estar a la gresca. Y las relaciones se convirtieron en un mero lugar donde satisfacer las propias necesidades, sin esperar ningún tipo de comprensión o cuidados. 

Tuvo varias peleas con sus amigos. Unas peleas en las que, a los ojos de un espectador, Ekain no tenía ninguna razón. Era el que las propiciaba, y el que más agresividad mostraba. Así fue como le fueron dando la espalda todos sus amigos. 

Sintiéndose una verdadera mierda, se enfrentó a sus profesores. Mostraba una actitud autosuficiente, desafiante e omnipotente, que generaba rechazo y múltiples castigos. «Este niño es un narcisista», empezaron a decir, entre otras cosas, para justificar el jarabe de palo. 

La rabia sólo le permitía confiar en sus músculos, impidiéndole refugiarse en un lugar seguro. En consecuencia, empezó a pasar más tiempo fuera de casa. Al principio, vagaba en solitario, sin rumbo, sin un objetivo en la pantalla. Pero, poco a poco, se fue arrimando a otros que mostraban una actitud vital similar hacia la vida. Gente furiosa y resentida, con problemas familiares, que aturdían sus sentidos fumando porros o abusando de otras drogas. 

Y se unió a ellos y a sus actividades delictivas.

Sabía que era una mierda humana. Pero, al menos, allí sentía cierta pertenencia. Porque cuando uno es desahuciado por la vergüenza, el único refugio posible es, en muchas ocasiones, entre los excluidos. 

En ese momento, su familia se alertó. El chaval, a sus 15 años, andaba con muy malas compañías, traía cantidades enormes de hachís y marihuana a casa, y movía un dinero muy superior a su paga semanal. Era su forma de sentirse mínimamente valioso, en el único contexto que ahora le recogía. 

«Vaya disgusto que nos estás dando», «eres la vergüenza de la familia», le comunicaban no desde las palabras, pero sí desde las vísceras. 

Y, en su culpa y su rabia, a Ekian estas palabras no le llegaban del todo mal. Sabía que tenían razón y que se lo merecía. Pero, algo le decía desde su interior, que su casa ya no era su lugar, y que jamás recuperararía las sensaciones que estaban presentes hace apenas 3 meses, cuando su abuelo vivía. 

Por eso se volvía a marchar. Y cuando más se alejaba, menos lo entendía su familia. 

«Si aquí tiene de todo», «es incomprensible», «con todo lo que estamos haciendo por él, y así nos lo paga». 

La rabia, tan mal tolerada en nuestro contexto, cumple una serie de funciones esenciales en los procesos de duelo. Por un lado, permite tirar hacia delante cuando se empieza a conectar con un dolor tan intenso que puede fundir los fusibles de cualquiera; ayuda a procesar la tristeza a poquitos, sin que se desparrame demasiado; moviliza recursos orientados a cambiar las cosas en un momento de crisis brutal, que repercutirá, de alguna forma, en casi todos los aspectos de una vida; y coloca a la persona como protagonista, en un momento en el que el suelo tiembla y nadie suele respetar su sentido de agencia. Pero, en contrapartida, es muy mal tolerada por un entorno que, normalmente, lejos de acogerla la estimula, impidiendo al doliente transitar hacia una tristeza en la que, por fin, podrá conectar con los demás y con lo que es importante en la vida.

Ya sabes, el agradecimiento. 

Porque es muy difícil ser comprensivo con las personas que nos agreden. Y es muy complicado entender que detrás de la rabia hay un duelo congelado, especialmente cuando el tiempo en que se supone que debería superarse la pérdida ha concluído. 

Pero nadie puede ser autocompasivo —en el buen sentido de la palabra— cuando siente que el mundo le agrede y, en consecuencia, todo el mundo le acaba agrediendo. 

Si ves a una chica o un chico anclado en la rabia, pregúntate, también, qué duelos puede seguir sufriendo. 

No dejes que nadie le identifique con la respuesta natural hacia lo que está padeciendo. 

Por favor, recuerda: todos somos mucho más que nuestros peores comportamientos. 

Qué alivio escuchar eso. 


«Cuando aceptamos la existencia de problemas que, por su propia naturaleza, invitan a soluciones que perpetúan el sufrimiento, dejamos de confiar tanto en las explicaciones que resaltan la incapacidad de las personas». 

A esto me refería. 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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