Cuidado! UmmpaLumpas en la educación familiar 

[…] Por favor, no digáis a las parejas que tienen que “ser coherentes” para enfrentar la conducta de sus hijas o hijos. […] 

Por favor, no digáis a las parejas que tienen que “ser coherentes” para enfrentar la conducta de sus hijas o hijos.  

Al menos, no lo hagáis sin una reflexión mínimamente profunda.  

Sé que parece de Perogrullo. Ya sabes, si el chaval se porta mal, es porque encuentra un resquicio entre lo que le comunica su padre y su madre, y lo aprovecha a su favor, ¿verdad? Parece concordar perfectamente con la realidad. Entonces, la solución —mágica, cojonuda, fruto de un intelecto superior— es que la pareja se comunique, acuerde las normas, y actúen al unísono como un engranaje perfecto que al chaval le resulte posible escapar.  

La panacea mundial. 

Pues no, colegas. Este argumento, tan manido en el sector, implica una serie de trampas y significados brutales. Vamos, que tiene el potencial de hacer un daño enorme a las familias que, supuestamente lo tienen que aplicar.  

Lo primero, y seguramente lo que más me toca las pelotas ¡toc! ¡toc! es que presupone que detrás de la conducta de las chavalas o chavales hay algo tan vulgar y turbio como un intento de manipulación. Esto es, que los muy déspotas y sibilinos (o sibilinas) tienen como único objetivo salirse con la suya, aprovechando las fallas en la estructura parental. Desde ahí, ¿qué imagen se da a las madres y a los padres acerca de sus hijas e hijos? Y, lo que es peor, ¿qué espejo les ofrecemos a ellas y ellos mismos para que se puedan retratar? 

Igual te suena un poco raro, pero decir a una familia, explícita o tácitamente, que su hija es una manipuladora, es promover la violencia intrafamiliar. Porque, ante un manipulador perverso, es difícil articular respuestas que no vayan en la línea del castigo, el reproche, el rechazo, la expulsión o el más absoluto control.  

No hace falta ser muy listo para verlo, ¿no? 

Pero es que la sangría no termina aquí.  

Cuando les decimos a una madre y un padre que tienen que ser coherentes, ¿dónde estamos poniendo el foco de atención? Ya te lo digo yo, en el problema, en la carencia y, sobre todo, en la incoherencia. Con el añadido de que una coherencia, como tal, es imposible —joder, ya sé que pica, pero escucha— de lograr. Vamos, que dejamos a la familia hiperalerta ante las posibles señales de incoherencia que, por las cosas que tiene la vida, no van a poder hacer otra cosa que percibir y magnificar. Porque, nadie, repito, nadie es capaz de funcionar de manera “coherente”, porque en una familia, necesariamente existen diferentes formas de reaccionar.  

Coño, y está bien que así sea, porque lo guay ante un problema es que resonemos con lo que está pasando, y que, en ese resonar, podamos confiar en la capacidad de nuestro sistema nervioso autónomo, y el de los demás, para pendular y, en ese vaivén, llegar a mejores cotas de seguridad.  

¿Ahora bien? ¿Qué es lo que pasa, cojones de pato, cuando nos imponemos una determinada forma de reaccionar? Pues que atentamos, directa y brutalmente, contra ese acompañamiento visceral, profundo, que implica la sensación de sentirse sentido por quienes tienen la capacidad de darnos algo de seguridad. Es decir, que nos quedamos atascados, con el añadido de que las tripas siguen comunicando lo que tienen que comunicar, con independencia del mensaje que nuestro melón murciano quiera dar.  

Decir a una pareja que tiene que ser coherente en la respuesta ante la cría o el crío díscolo, es someter a la familia a un conflicto de misiones imposibles: por un lado, se les pide que actúen de una manera mostrando seguridad, cuando esa misma forma de actuar es la que genera inseguridad, porque, incluso en el mejor de los casos, habrá un miembro de la pareja que tenga que plegarse e impostar. 

¿Qué es lo que pasa, mis niñas y mis niños queridos, cuando uno se imposta y el otro no? Pues que se produce una asimetría en el orgullo y en el poder. Uno queda resaltado como el que hace las cosas bien, y otro como el que tiene que esforzarse por hacer las cosas bien; y uno se lleva el gato al agua, reforzando su estatus, y el otro se queda a la altura del barro, comiendo el fango que le va a enfermar.  

U otra cosa. Pero sea cual sea la alternativa, seguramente “no sea bien”.  

Sin menospreciar la “trampa de las indicaciones” que, si me seguís un poco, ya conoceréis: cuando una o un supuesto experto da instrucciones, deja a las personas atendidas en una situación terrible, porque si no hacen caso no van a solucionar el problema, pero si lo hacen, el mérito no será de ellas, sino del burro del profesional.  

Y es que es prácticamente imposible que, ante un conflicto o un problema, atendido por varias personas, todas y todos actuemos desde el mismo estado del SNA; y mucho menos desde la seguridad. No se puede, sencilla y llanamente, porque nuestros cuerpos se influyen in situ, resonando y ajustándose, de manera que cuando uno se viene abajo, el otro se viene arriba, y viceversa, en una danza en la que resulta francamente complicado coincidir.  

Y ya sabemos que esos estados nos imponen una mirada diferente hacia el mundo, hacia nosotros mismos, hacia las personas y, también, hacia las personas que nos puedan importar.  

Me cago en tó.  

Es que ayer mismo sentí como una pareja se quitaba un enorme peso de encima cuando les dije que eso de ser coherente era un maldito mito, que no por estar tan difundido, tenía nada de verdad. Y pregunté a su hija, allí presente, qué pasaría si sus padres consiguieran lo que se han propuesto, explicándome, con más acierto que muchos profesionales de la educación y la psicología que conozco, que se convertirían en algo así como unos UmmpaLumpas con los que nadie querría convivir.  

Que ella y su hermano se sentirían profundamente solos y abandonados con unos padres perfectos que consiguen hacerlo todo bien, porque dejarían de ser ellos mismos y actuarían desde la más absoluta desconexión.  

Madre mía, no puede ser que una cría de 13 años nos tenga que abrir los ojos a esta maldita realidad.  

Qué daño han hecho Supernanny y Hermano Mayor.  

Que les den.  

Pero, sobre todo, que os den a toda y todos los que tenéis esta forma tan simplista, reduccionista y dañina de trabajar.  

Bendita incoherencia que nos mueve hacia la seguridad.  

Hala, ya podéis comentar.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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