[…] Sé reconocer la vergüenza en cuando la veo. Tengo un radar de la pera. Y no me refiero a la que me provoca ver al completo mi cuerpo escombro, sino la que padecen otras personas, como, por ejemplo, el simio que casi me hostia. […]
Estaba desnudo en el vestuario del gimnasio, cuando ese pavo entró:
—¡Buenos días! —dijo casi a gritos.
Yo que, estaba en otro planeta, pensando en mis movidas, tardé en contestar. Él se acercó a mí con cara de perro de presa, la furia de los esteroides, y repitió, mirándome con ojos de sicario:
—¡¡Buenos días!!
Antes de que llegara a la segunda palabra, yo ya le había dado los buenos días. No por miedo o atendiendo a su demanda implícita, sino porque, sencillamente, mi mente andaba con cierto retardo.
No es muy rápida.
Así es como evité, casi sin pensarlo, un fuerte conflicto con un macarra o, quizás, unas hostias bien dadas, con el agravante para mi dignidad masculina de acabar perdiendo una batalla en pelotas.
No sé vosotros (y vosotras), pero, si puedo elegir, prefiero morir vestido que con la chorra al aire.
Cosas mías.
Pero a lo que iba. Sé reconocer la vergüenza en cuando la veo. Tengo un radar de la pera. Y no me refiero a la que me provoca ver al completo mi cuerpo escombro, sino la que padecen otras personas, como, por ejemplo, el simio que casi me hostia.
La principal característica de la vergüenza es que suele aparecer bajo una armadura formidable que vuelve a la persona vulnerable en aparentemente todo lo contrario. Por eso es tan difícil conectar con ella y satisfacer sus necesidades. Implica, al menos, dos psicotrampas diferentes, una para la persona afectada y otra para el entorno que interactúa con ella.
Se puede ver, por ejemplo, en el caso que he narrado. Que, no sé por qué, me cuadra con el principio que subyace a mucha delincuencia, especialmente masculina: “me tienes que mostrar respeto, porque si no lo haces utilizaré cualquier tipo de violencia para subyugarte y demostrar que soy el puto amo”. Huir de la insoportable sensación de estar por debajo de los demás, a la vista del mundo; de ser humillado; es decir, de la maldita vergüenza.
La ley de la cárcel, y la estructura básica del hampa.
Una estructura que suele tener su huevo primigenio en las formas de regulación de la vergüenza que se refuerzan en casa, y que se empiezan a observar poco antes de que las adolescentes y, sobre todo, los adolescentes varones, emprendan su carrera en la delincuencia.
No es extraño que, cuando un chaval (o chavala) hace las cosas mal, la familia trate de avergonzarle para modificar su comportamiento. No por maldad, ni por estupidez, es que nos sale como un vómito: sin control y automático. “No esperaba esto de ti”, “tienes que cambiar”, “me has decepcionado”, y frases similares comienzan a formar el núcleo fuerte de la comunicación implícita. Palabras no dichas que impactan al otro lado: “no estoy a la altura y, como soy así, no puedo hacer nada para cambiarlo”.
No es extraño que los chavales (o chavalas) expuestos a la sensación de vergüenza, traten de protegerse de todas las formas posibles: no haciendo caso, restando importancia a sus mayores, apoyándose en otras personas (quizás poco recomendables) o buscando un chivo expiatorio al que humillar y que cargue con toda esa vergüenza. Una vergüenza insoportable porque compromete dos de los grandes núcleos de la salud mental: el sentido de uno mismo y el protagonismo con el que la persona se reconoce en su propia vida.
Porque si es otro el que queda por debajo, yo quedo por encima y desaparezco unos instantes del punto de mira.
Guay, ¿no?
Pues no. Porque esta gestión de la vergüenza, similar a la del gorila que casi me asesina en pelotas, tiene un efecto a corto y otro a largo plazo. A corto, puede que haya un chute de dopamina, en plan, buah chaval, le he acobardado, soy el puto amo; pero, a largo, las cosas suelen ser diferentes, porque uno acaba intuyendo que la única forma de sentirse valioso pasa por “ser malo” con los otros, esto es, retroalimentando su sensación se ser un mierdas y, con ella, la maldita vergüenza.
Se establece, así, una aparente lucha de poder entre los agraviados. Muchas veces, un adolescente que necesita ser reconocido con valor, y unos progenitores que también ver peligrar lo más profundo de su autoestima, porque, si su hijo (o hija) ha descarrilado, ¿qué dices eso de ellos como madre y padre, y como personas?
Es una batalla que, si lo piensas, acaba igualando a los contrincantes —coño, es verdad—, pero en la incompetencia.
Es justo lo que pasa con todas estas chavalas y, sobre todo, chavales que sueñan en secreto con ser el nuevo Pablo Escobar: cuanto más se acercan a esa fantasía de dopamina, más reafirmados se sienten en que son los malos de la película. Con el añadido cabrón de que nadie puede empatizar con la vulnerabilidad de quien se presenta ante el mundo como el más chungo, el más peligroso o un maldito asesino en serie.
Y es que la respuesta natural del mundo ante estas actitudes es la exclusión: “vete de aquí, tú no eres de los míos”. Siendo la pérdida del sentido de pertenencia el golpe de gracia hacia la persona y a favor de la vergüenza, y lo que, en muchas ocasiones, obliga a las y los adolescentes afectados a buscar una familia alternativa en un grupo de iguales que sí reconozcan su valor, aunque sea en los códigos primitivos de la mafia.
Es mejor abrazar el orgullo de ser malvado, que soportar el rechazo de los de casa, es decir, la vergüenza de no haber estado a la altura, hasta el punto de haber sido expulsado del único contexto que puede mirarle bien, y nutrir de orgullo: la propia familia.
Un orgullo que es el único antídoto contra la vergüenza. Pero es un antídoto que, a pesar de lo que pueda parecer, es amargo de tomar, porque implica el miedo a reforzar los hábitos contra los que se lucha (“si le veo en positivo, no tendré fuerzas para luchar contra lo que le está dañando”) y, si me apuras, a sufrir una nueva decepción asociada al fracaso (“no podría soportar verle caer estando tan conectada o conectado”).
Siempre hay una historia de orgullo que rescatar, aunque implique transitar un duelo intenso e inesperado.
La alternativa es una trágica muerte.
Morir de vergüenza.
Una muerte en pelotas.
¿Se ve?
Espero que no. No mires eso 😉
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
