Desahucios e infancia vulnerable

Entrevista para un reportaje sobre cómo afectan los desahucios en la infancia, de tres alumnas de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona: Ana Augusto, Anna Biosca y Maria Camacho. 

¿Cuáles son las conductas que tiende a mostrar un menor en situación de desahucio o desalojo? ¿Suelen ser fácilmente identificables?

No. No son fácilmente identificables.

La respuesta que los niños, las niñas y los adolescentes darán a una determinada situación de estrés o malestar depende de multitud de variables como, por ejemplo, su edad madurativa, sus recursos protectores, su sistema de apego, y el tipo de relaciones que mantuvo y mantiene con las personas encargadas de cuidarle y protegerle, entre otras.

Lo que es representativo del malestar que pueden estar sufriendo los chicos y chicas víctimas de un desahucio, son sus niveles de “estrés tóxico”, un concepto que viene determinado por la presencia en sangre de la hormona del estrés —el cortisol— y la capacidad del individuo y de su entorno relacional de crear y sostener las condiciones que permiten la reabsorción del mismo, sin que llegue a provocar daños en la estructura del sistema nervioso.

Hoy en día se sabe que niveles de estrés tóxico —cortisol no metabolizado— sostenidos en el tiempo, pueden tener graves repercusiones en el desarrollo de las personas menores de edad, con repercusiones en su función ejecutiva —atención, memoria, planificación, pensamiento, empatía, etc.— a corto, medio y largo plazo, incrementando los niveles de morbilidad física —riesgo de enfermedad— o riesgo psicosocial.

Lo preocupante de las situaciones de desahucio, es que se prolongan mucho en el tiempo, comprometiendo no sólo el lugar que da seguridad al niño, la niña o el adolescente, sino también la capacidad de las figuras adultas de estar presentes en el malestar que ese chico o chica puede sufrir, limitando su capacidad para ayudarles a regularse mejor. Esto implica que los niveles de estrés son muy elevados y sostenidos en el tiempo, pudiendo derivar en un daño profundo a nivel de la neurobiología cerebral.

¿Cree que es bueno que el ámbito de la educación ayude a los menores a integrarse en ese sentido? Por ejemplo, tratando el tema en clase, explicándolo a los compañeros, iniciando campañas para donar ropa o juguetes a ese menor o menores en situación de desahucio…

A nivel de prevención primaria, entiendo que puede ser muy positivo. Que el entorno de la clase comprenda y empatice con las personas que están en situación de riesgo psicosocial, e inetgre que el comportamiento de todas y cada una de las personas está determinado no sólo por su voluntad, sino por los niveles de estrés que todas y todos tenemos que enfrentar es, sin duda alguna, un factor de protección.

Pero a nivel de prevención secundaria o terciaria, es decir, cuando se ha identificado el síntoma que indica que un niño o niña puede estar pasándolo mal, creo que hay que ser mucho más prudente.

Como se señalado anteriormente, las personas contamos con diferentes recursos para sobrellevar las situaciones que nos generan estrés y malestar, y el entorno social —especialmente las figuras adultas que tienen el encargo de proteger y cuidar— debemos ser siempre muy respetuosos con esas válvulas que permiten liberar o aligerar la tensión. Porque de no serlo, o lo que es más frecuente, entender que el niño o la niña debería gestionar de otra manera más “eficiente” su dolor, puede provocar un incremento significativo en esos niveles de estrés tóxico.

En estos casos, es muy frecuente que se provoque daño iatrogénico, esto es, más dolor como resultado de la necesidad del contexto y de figuras profesionales poco cualificadas de intervenir.

Ante la duda, es conveniente pedir el asesoramiento a figuras expertas en valorar el riesgo psicosocial y familiar como, por ejemplo, los equipos que integran los servicios sociales municipales o especializados.

¿Cree que actualmente el sistema educativo tiene herramientas para ayudar a los menores en estas situaciones?

Hay orientadoras y orientadores escolares muy competentes, equipos educativos muy bien formados. Pero normalmente el contexto escolar está más orientado a ayudar a los niños, las niñas y los adolescentes en su desempeño académico, y es habitual encontrar equipos muy poco cualificados para comprender cómo el estrés tóxico afecta a la infancia que sufre y a su entorno familiar.

Es frecuente que estos chicos o chicas reciban un “doble golpe”. El primero, como consecuencia de estar expuestos a una situación de estrés en su entorno familiar; y el segundo, como consecuencia de las intervenciones poco adecuadas de figuras profesionales que se sienten obligadas a intervenir, sin contar con la información o la formación necesarias para hacerlo, sobreentendiendo que estos niños y niñas, afectados por un dolor muy difícil de gestionar, necesitan lo que mismo que ellos para gestionar su dolor.

La empatía no es la capacidad de ponerse en el lugar de los demás. Sino la capacidad de situarse en ese lugar, reproduciendo los pensamientos y las sensaciones en el cuerpo que el protagonista puede tener, y que pueden ser diferentes a las que la persona que empatiza pueda tener.

Otro error —muy habitual— es que los profesionales actúen con el único interés de mitigar el dolor de un chico o chica que sufre: a veces desde la pena, buscando culpables, negando la realidad, quitándole importancia, probando alternativas, orientándole al futuro, etc. Sin entender que la presencia de ese dolor es la que va a activar los recursos que le van a ayudar a sobrellevar la situación, y a procesar el duelo que le permita adaptarse a su nueva realidad.

Hay que ser muy cuidadoso con la forma de acercarse a los niños y niñas que sufren. Porque lo que de verdad necesitan es ser acompañados por figuras fuertes, seguras u estables, que les permitan mantener cierta seguridad en sí mismos y en los suyos, resonando con su sufrimiento, pero manteniéndose dentro de su ventana de tolerancia, de manera que puedan seguir sintiendo que tienen cierto control sobre la situación.

¿Cómo cree que puede llegar a marcar una situación así a un menor de edad?

Como ya he dicho, dependerá de muchos factores.

En el mejor de los casos, es decir, niños mayores, resilientes, con un entorno familiar capaz, y un entorno social empático y capaz de ejercer el apoyo que toda la familia necesita, y si el problema se ha solucionado con la debida celeridad, pueden no quedar una marca o un trauma significativo, sino tan sólo un recuerdo doloroso.

En el peor de los casos, es decir, niños pequeños, con condiciones de partida difíciles, con una familia con dificultades, con apoyo social escaso o conflictivo, y habiéndose alargado mucho o cronificado la presencia del problema, el impacto puede ser muy severo en la neurobiología cerebral, quedando alteraciones significativas en el funcionamiento de su sistema nervioso que incrementaría su morbilidad física o su riesgo psicosocial.

Y no sólo de ellos y ellas como personas afectadas, sino también de las generaciones que les sucederán, habida cuenta de los mecanismos biopsicosociales que permiten la transmisión intergeneracional del sufrimiento.

El problema es que resulta muy complicado aislar el impacto del desahucio respecto al de otras variables asociadas, por lo que resulta muy difícil defender con datos políticas de preservación de la vivienda, así como otras muchas medidas en beneficio de la infancia que repercutirían en la calidad de vida de todos los integrantes de la sociedad.

¿Conoce personalmente algún caso? ¿Nos podría explicar cómo ha sido el desarrollo personal de ese niño o niños?

Trabajo en protección a la infancia. Muchas de las familias a las que he acompañado han tenido que enfrentarse de desahucios, o viven con el riesgo a que les expulsen de su casa.

La realidad es que, en estas condiciones, nos resulta muy complicado a los servicios de protección intervenir con las familias en las que se ha detectado situaciones de riesgo grave. Cualquier amenaza hacia una familia genera la activación de “partes protectoras” en los miembros que la componen que, aunque pueden ser muy diferentes entre sí, siempre acaban limitando la capacidad de las personas y del sistema para para obrar de manera flexible y empática, dificultándose o impidiéndose nuestra labor.

Injustamente, los desahucios o la amenaza de desahucio tiene más impacto si cabe en los niños, niñas y adolescentes con condiciones de partida desfavorables, y además dificultan la tarea de los servicios profesionales encargados de acompañar su sufrimiento y crear las condiciones para que puedan disfrutar de más bienestar y menos dolor.

Desde casa, ¿cómo cree que se debe acercar la situación al menor? Ha habido familias que nos han comentado que se lo ocultaron completamente, diciéndole que simplemente se iban a vivir con otro familiar, y otras que se lo explicaron abiertamente.

Como educador familiar evito decir a las personas o a las familias cómo deben actuar. Nuestro trabajo está orientado a acompañar a las familias a crear mayores niveles de conciencia que les permitan autorregularse o corregularse emocionalmente mejor. Diseñar y ejecutar este trabajo implica no sólo una valoración profesional compleja, sino también supervisión y muchas horas de trabajo personal.

Como norma general, creo que es mejor decir a los niños la verdad. Pero, para decir la verdad, es necesario sentir que uno puede hacerlo dentro de su ventana de tolerancia, y que puede resonar empáticamente —es decir, sentir en el cuerpo— con lo que las personas afectadas puedan sentir, sin activar sus “partes protectoras” o irse al caos o la rigidez.


* Entrevista para un reportaje sobre cómo afectan los desahucios en la infancia, de tres alumnas de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona: Ana Augusto, Anna Biosca y Maria Camacho.


Referencias: 

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Barcelona: Gedisa

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Fichas de trabajo. Barcelona: Gedisa

MINUCHIN, S. (1998). Calidoscopio familiar. Barcelona: Paidós

NARDONE, G.; GIANNOTTI, E.y ROCHI, R. (2012) Modelos de Familia. Conocer y resolver los problemas entre padres e hijos. Barcelona: Herder

PEREIRA TERCERO, R. Hacia un modelo familiar de duelo. Monográfico. Revista Mosaico, junio 2002

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria

WALLIN, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Descleé de Brouwer

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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