Cuando las abuelas crían | un relato 

Puede que todo empezara con una madre y un padre, los tuyos, que no estaban preparados para tener una hija. Eran muy jóvenes, querían estudiar, vivir, y les llegó un embarazo por sorpresa. 

Hicieron lo que pudieron. Pero nunca esperaron este resultado.  

Si el título se refiere a "las abuelas" y no a los abuelos es porque, en el sistema patriarcal en el que vivimos, suelen ser las mujeres las que se hacen cargo de los cuidados. Esto no implica, en ningún caso, la idea de que sea algo natural e inamovible, ni mucho menos que deba ser así.

Quizás todo empezó con una madre y un padre, los tuyos, que no estaban preparados para tener un hijo. Eran muy jóvenes, querían estudiar, vivir, y les llegó un embarazo por sorpresa.

Como no se habían planteado está responsabilidad, y sentían que les quedaba un poco grande, hicieron lo único que supieron y pudieron hacer: confiar en que todo iría bien y en que, con más o menos esfuerzo, podrían seguir con su vida.

Ya sabes, a veces nuestro cerebro prioriza sentirse seguro, incluso alterando la realidad.

Así llegaste tú al mundo. De sorpresa, y con más estrés, cambios y preocupaciones de los que esperaban. Y ante eso, y sintiéndose incapaces de darte la vida que querían para ti, optaron por lo que creyeron que era lo mejor: que pudieras disfrutar —como lo hizo tu madre— de los cuidados de tu abuela materna, que recientemente se había quedado viuda, y siempre se había mostrado dispuesta a colaborar para sacarte adelante.

Así que te dejaron allí, con la esperanza de recuperarte cuando ellos estuvieran más preparados, y tú fueras menos vulnerable a sus errores.

Como tú bien dices, fue un abandono, porque dejaron de estar contigo; pero permíteme que añada que, quizás, también fue un acto de amor, porque hace falta querer mucho a una hija para reconocer que hay otros adultos que saben y pueden cuidar mejor de ella.

Esto, que en sí mismo no es una mala solución, permitió a tus padres seguir con su vida, y estar contigo cuando se encontraban bien, sintiéndose seguros. Pero implicó un montón de sacrificios y renuncias para tu abuela, que lógicamente vivió con frustración y rabia. A fin de cuentas, ella se tenía que hacer cargo de la responsabilidad de su hija.

Pero ella te quería tanto, que trató por todos los medios que no sintieras nada de ese malestar. Que te sintieras, por encima de todo, querida, y nunca una carga para ella.

Así que hizo una de las pocas cosas que se podían hacer desde el lugar en el que ella estaba situada: reprochar a tu madre y tu padre su comportamiento, como forma de expresar la rabia y de empujar les a pasar más tiempo contigo.

Al principio, lo hizo de manera sutil, haciéndoles ver los esfuerzos que estaba haciendo. Eso probablemente provocará más sentimientos de culpa en unos padres heridos, atormentados por la idea de estar poco presentes en la vida de su hija. Y más tarde, de una forma más dura e implacable dando a entender su enfado, distanciándose de ellos.

Cuando los abuelos cuidan aparecen dificultades muy difíciles de gestionar, cuyas soluciones pueden marcar muchas vidas.

Este recurso, preservó lo más importante, que era tu relación con ella. Pero abrió una herida descarnada en tus padres, que  no sabían cómo situarse en la crianza de su hija. Porque, si se apartaban y dejaban hacer a la persona que un día fue de su confianza, sufrían por sentir que te abandonaban; pero si trataban de hacerse valer ante tu abuela, recibían un montón de reproches, que era la forma que ella tenía de conservarte junto a ella, es decir, el único lugar que podía sentir como suficientemente seguro para ti.

Pobrecita tu abuela, atrapada entre dos deseos: querer que tus padres formarán parte de tu vida, sintiendo que su casa era el único sitio bueno para ti y para tu futuro. Y pobrecitos también tus padres, que cuanto más cerca querían estar de ti, más lejos se sentían de tu lado.

Esto fue introduciendo cada vez más malestar en la familia. Era difícil verlo, porque la jarra de llenaba poco a poco; pero un día ocurrió algo, y la jarra de derramó.

En un acto de rabia y valentía —cosas que muchas veces vienen juntas—, tus padres decidieron que ya habían tenido bastante. Que querían estar en tu vida y demostrarse a ellos mismos, a ti, y al mundo, que podían y sabían darte la vida que siempre te habían deseado. Así que, en contra de todo pronóstico, fueron a casa de tu abuela, te cogieron, prepararon tus maletas, y te llevaron a vivir con ellos.

Así se terminó de romper la relación entre ellos y tu abuela. Ella se quedó sola en su casa, con una profunda sensación de fracaso, y con el sueño de volverte a tener consigo; y ellos tuvieron que hacerse cargo de una niña en un momento muy difícil, porque sentía que esa casa no era suya y que debía seguir siendo fiel a su abuela que tanto cariño y compañía había sabido darle.

Es aquí donde las cosas empezaron a ponerse especialmente chungas. Tú hacías lo posible por retomar la relación con tu abuela, demostrando tu malestar y tus deseos de todas las formas posibles : gritando, rebelándose, portándose mal, retando a los profes en la escuela, etc. Y no era un mal recurso, porque cuando ese grito llegaba a oídos de esa abuela buena y sensible, ella hacía lo posible por encontrarse contigo —a menudo de tapadillo— y darte un poco de lo que necesitabas. Pero tenía consecuencias devastadoras para una madre y un padre marcados por el trauma de no sentirse parte de tu vida. A fin de cuentas, ellos veían que la relación con tu abuela seguía siendo lo que te nutría, y que ellos apenas eran para ti cobijo y alimento que no querías.

No pudieron con ello. Sobrecargados de estrés y con el autoestima hecha trizas, empezaron a beber incluso más que antes. Era la forma de anestesiar y convivir con una realidad tan cruda. Y sintieron que debían cargar contra una abuela tan “per-fec-ti-ta” que les había quitado el puesto. Y como no podían conectar con lo que tú estabas viviendo —porque el dolor sería insoportable—, se quedaron en la superficie, entendiendo que detrás de tu comportamiento había vagancia, mucho morro o malas intenciones. Y ante ello, apenas conocían un par de soluciones: el reproche y el castigo.

Ni qué decir tiene que estuviste, durante demasiados años, en un lugar muy complicado, que no deseo a nadie. En casa con dos personas que bebían, que lejos de reconocer sus errores y el daño que te habían hecho, te trataban como si fueras mala o un problema, anhelando la relación con una persona de quién sólo escuchabas pestes, luchando, como una jabata para tener la vida cargada de amor y compañía que, sin duda, te merecías. Y sintiendo, para más narices, que tú eras la carga y la causante de toda esa mierda.

En estas condiciones, la mente —la tuya y la de cualquiera— se rompe y se divide. El cerebro es muy sabio, y cuando el dolor es insoportable y no hay esperanza de que pare, se desconecta del cuerpo y/o empieza a funcionar de manera fragmentada. Así resuelve un dilema irresoluble: unas partes tratan de conservar el vínculo y la relación con unos padres de quienes se depende, y otras se defienden del dolor de sentirse extraña y maltratada entre los suyos; con el añadido de que esas partes no se entienden entre sí. No se comunican ni confían en que hablar sirva para nada, pero son elementos importantes que constituyen a la misma persona.

Pero aquí hay dos historias. Una que esa niña herida se ha contado siempre, en la que sus padres son malvados y actúan movidos por el odio y el afán de venganza. Y que, sin duda, es cierta, porque te trataron mal: como a una enemiga, en vez de la hija dolida y luchadora que eras. Y otra que ha quedado oculta detrás de tanto dolor, que también es verdadera: la de un montón de personas enfrentadas a problemas muy complejos y cargadas de sufrimiento que, en su afán de protegerse, no supieron ni pudieron ver el dolor ni las necesidades del resto.

Quizás debamos preguntarnos cómo os afectan a ti y a tu hijo en lo profundo. Cuál te lleva al caos o la rigidez, y cuál te permite conectar y sentir mejor a las personas a quienes quieres. Porque depende de cuál rescatemos se cierran o se abren las principales puertas.

Y quizás debamos cuestionarnos, también, en cuál de ellos encaja tu diagnóstico de “trastorno límite de la personalidad”, o la etiqueta de “adicta”, porque donde muchos siguen viendo una adulta mala o enferma, yo veo una niña herida que tienen todo el derecho del mundo a defenderse, y luchar por conseguir por fin la paz, las relaciones, y los cuidados de calidad que siempre ha anhelado, y que deberían haber estado ahí desde siempre.


* Texto basado en un caso real.


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s