El síntoma como forma de honrar el buen trato 

[…] Estas alumnas y alumnos son especialmente incómodos, porque con su congelamiento, huida o resistencia son un recordatorio de que las cosas podrían ser y deberían ser de otra manera. Por eso, en muchas ocasiones, las instituciones se resisten tanto a tratar de dar sentido a su síntoma: compromete el equilibrio que satisface las necesidades de los profesionales precisamente en ese lugar y contexto. […]

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Revisando la “herida primaria”

[…] no vamos a negar las dificultades que, a menudo, aparecen ligadas a la adversidad temprana, pero igual nos toca, también, reconocer que esas carencias están ligadas a los formidables esfuerzos que las personas adoptadas han tenido que hacer para sobreponerse a amenazas formidables, a una realidad abrumadora y/o a la amenaza de la aniquilación. […]

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Parentalización, enfermedad y sacrificio

[…] Esa razón de fuerza mayor no suele ser que la madre o el padre los tenga muy gordos. No suele bastar con eso. Normalmente, suelen ser motivos relacionados con la supervivencia, es decir, que la infancia parentalizada suele sentir que, de no cubrir las necesidades de cuidado en los otros, puede acontecer algo terrible o alguien puede perder la vida. […]

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La infancia en el “taller”

[…] Es verdad, hay familias que dejan a las niñas y los niños en terapia, con la esperanza de que la figura profesional pueda ayudarles a gestionar mejor algunas dificultades o problemas, y que no siguen los consejos de los profesionales o evitan las reuniones con estos. Esto te lo compro. Pero atribuir a este tipo de actitudes una intención negligente o maligna, es seguramente  una de las formas de mala práctica profesional más extendidas.  […]

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Sacudirse el miedo

[…] —Cuando nos metemos a la cama con emociones muy fuertes, como la que tu ayer sentías probablemente aquí, en la tripita —asintió levemente— la mente construye sueños a su alrededor, coherentes con lo que sentimos. Es como si nuestro cerebro, que es muy listo, nos ayudase a dar salida a esas sensaciones, creando un cuento para ello. […]

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No reconozco a mi hija/o

[…] Sea como sea, con la salvedad, quizás, de las neurodivergencias, esta proliferación de etiquetas, diagnósticos de salud mental —algunos de los cuales por definición son crónicos, fíjate qué burrada— y explicaciones que atribuyen toda la responsabilidad a las personas, omite una idea fundamental: que la desorganización afectiva de las personas no está tan relacionada con la adversidad temprana como nos gusta presuponer, sino que depende mucho más de la calidad de las relaciones y de los apoyos que puede disfrutar una persona en ese preciso momento. […]

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