[…] Apareció “el loco” en mi vida como nuevo arquetipo del que podía disfrutar y con el que podía aspirar a la paz que anhelaba. […]
«Antes de conocerte, pensaba que estabas loco.»
Cada vez que nos calzamos unas cuantas birras me lo recuerda. Joder, tío, te lo juro, pensaba que estabas loco, que tenías algo mal en la cabeza. La peña decía eso y yo me lo creí, porque no sabía nada de ti y parecía haber consenso.
Pues eso. Que con 15 o 16 años, la peña pensaba que estaba loco. Y ahora que lo pienso, el rumor se cimentaba en bases sólidas. Hacía, pensaba y decía cosas raras, que no encajaban demasiado bien en el tiesto.
Vamos, como ahora, pero con más criterio. Guiño, guiño.
Esta es la historia —muy simplificada— de “mi locura”, a saber, la excentricidad que me colocó en una posición más cómoda frente al mundo:
Cada uno tiene sus mierdas. Por ejemplo, yo de adolescente convivía con una tensión interna: tenía un fuerte deseo de expansión, pero también una formidable necesidad de encajar en el grupo.
Ambas partes eran especialmente fuertes, y estaban sumamente cargadas. Urano, el dios de los cielos, me pedía que volara, que saliera del encierro de las aulas, que rompiera los límites de lo predecible y que viviera, al menos en mi mente, en el esfuerzo de crear un mundo nuevo. Pero esa fuerza salvaje, brutal, chocaba de bruces con una Hera embravecida. También deseaba formar parte de la comunidad, ser reconocido con alguien con valor por mis iguales, sentir una mirada gratificante como sujeto con valor dentro de mi grupo.
Romper las cadenas e integrarme en la prisión, haciendo caso a los funcionarios. Menudo reto.
Todas y todos habitamos estas tensiones entre polos irreconciliables u opuestos. Algunas de esas tensiones son fáciles de resolver. Por ejemplo, si un personaje hace mucha fuerza y el otro es significativamente más débil, lo habitual es que nos decantemos por el fuerte, en perjuicio del otro. Eso puede generar cierta incomodidad, pero no nos suele hace sufrir —al menos, a corto plazo— en el sentido más crudo del término.
Otras veces, la tirantez se produce entre figuras que son reconciliables a través del diálogo entre ellas, o de la mediación de la conciencia. Se trata de figuras a las que podemos sentar a una mesa, conversar, tener en cuenta sus diferentes necesidades, y llegar a ciertos acuerdos. La tensión decrece o desaparece, y todo resuelto.
Pero en ocasiones se registra una guerra interna. Como en este ejemplo, ambas figuras son especialmente fuertes, irreconciliables, y no están dispuestas a ceder ni un palmo de territorio. En ese momento, y si el contexto no nos acompaña, es muy corriente que suframos algo parecido a un estrés cronificado o tóxico.
El estrés crónico tiene muy mala prensa. No es extraño porque nos puede llegar a dañar física y mentalmente. Por eso, la tendencia primera de las figuras profesionales —yo incluido, que de ser de luz tengo poco— es a tratar de minimizarlo o, al menos, reducir su impacto. Y eso está bien, claro, pero a menudo nos olvidamos de una cosa: cuando hay una tensión de estas activas y logramos sostenerla y e incluso hacerla tolerable, podemos entrar en territorio fértil: en un campo en el que pueden emerger nuevas figuras con potencial para satisfacer las necesidades en juego.
A veces, esas figuras implican la regulación definitiva. Dejamos de necesitar parches como respirar, hacer terapia, o caminar descalzos por la hierba. Otras veces, nos acaban metiendo en nuevos problemas. Pero, siempre, repito, siempre, implican cierto despliegue de nuestras posibilidades y, con ellas, de nuestra vida.
Yo viví mucho tiempo en la tensión entre Urano y Hera. Entre la necesidad —no deseo— de expansión, y la de pertenecer a mi grupo de iguales. Y mi mente la resolvió sola, sin que nadie me enseñara nada, sin terapia, y sin hacer ni puñetero caso a los consejos de los adultos.
Que es como se hacen estas cosas. Ya lo he dicho.
Apareció “el loco” en mi vida como nuevo arquetipo del que podía disfrutar y con el que podía aspirar a al respiro que anhelaba.
El Loco, así, mejor con mayúscula, era una figura que emergía de esa tensión clave, y que me permitía la esperanza de poder cubrir necesidades que parecían incompatibles. Porque El Loco se expande, se permite ver lo oculto, decir lo que le viene en gana, jugar con la realidad, explorar territorios extraños sin preocuparse demasiado de otras miradas, equivocarse y no necesariamente salir mal parado.
Son cosas de Gorka. Ya sabes cómo es ese tío.
Pero El Loco, también hace gracia. Es aceptado como bufón, curiosidad o signo de identidad por el grupo. El sistema ya no se tiene que proteger de lo extravagante, porque la etiqueta de “loco” protege del mandato de tomar en serio lo que descubra o despierte este tipo.
Durante años fui El Loco. Estuve a gusto en ese rol, y no me arrepiento para nada de haber transitado por el mismo. Todavía hoy tengo mucho de loco. Se me sigue yendo la pinza, y estoy orgulloso de ello. Aunque ya no estoy tan atrapado, ni por las circunstancias, ni por mi mundo interno.
Podían haber emergido en mí otras figuras para aliviar esa tensión. Está claro. Eros (el que une), El Rey Benévolo (el que dirige por el bien de los demás), El Clérigo (el que tiene relación con algo con valor y revela esa verdad al mundo) o Casandra (la que ve, pero no es creída), o cualquiera que te sugiera tu intuición ahora o luego. Está claro que mi historia hubiera sido otra. Mejor o peor, más fácil o más complicada, pero sin duda otra. La cosa es que uno no elige la posición en la que la vida y sus recursos le colocan.
Ahora bien, ser El Loco, no es la panacea. Para mí fue relativamente grato, entre otras cosas, porque rápidamente fui aceptado en mi nuevo grupo de amigos. Gracias, justo, a Lorenzo, ese mismo amigo. Gracias Lolo. Y gracias a El Loco, claro, porque sin él no hubiera tenido la valentía de separarme del grupo anterior. Fijo.
Pero, para muchos “locos”, que han resuelto esta u otras tensiones mediante el mismo arquetipo, la vida les acaba llevando a un lugar más incómodo. Y no por su culpa, sino por fuerzas sistémicas que no siempre reconocemos.
Ser El Loco, te deja en el mejor lugar para acabar siendo, en términos de R. Girard, sujeto de sacrificio. Al ver lo que otros no ven, al decir lo que otras no dicen, es probable que acabes tocando a alguien o algún tema complicado. Y eso, cuando representas la alteridad, hay problemas de cohesión o tensiones relacionales, te coloca en el lugar del cerdo al que se ceba para entregarlo en sacrificio y retomar el equilibrio.
Desmembrado, como Dionisos.
Tampoco descarto que haya servido como Chivo expiatorio en algún momento. No me enfado, es la vida, y lo puse a huevo. Sea como sea, estaba a salvo, porque ya andaba con mis nuevos amigos.
¿Por qué os cuento todo esto?
No lo sé. Quizás quiera honrar esa parte de mí y de mi vida. Dar gracias a Lorenzo por lo que hizo por mí sin darse cuenta. O destacar que estas cosas pasaron, siguen pasando y seguirán pasando en las niñas, niños y adolescentes a quienes acompañamos. Y que estas nuevas figuras que emergen en ellos, como estados de conciencia, formas de habitar el mundo, o estructuras relacionales, tienen un sentido. Puede que al principio no lo veamos, porque no tenemos acceso a su mente, y las condiciones relacionales suelen ser muy complejas y cambiantes, pero, a menudo, son las formas excepcionales como estas personas hacen un poco más amigable su mundo.
No es extraño que a los adultos nos asusten las nuevas figuras que aparecen en escena: nos obligan a cambiar el modelo de relación, pensamos que la chavala o el chaval patina, aparece cierta incertidumbre, o incluso el miedo a que su identidad se pierda. Pero, en la mayor parte de las ocasiones, es la psique moviéndose y adaptándose para encontrar cierta paz o estabilidad en un campo de tensiones complejo.
Es algo valioso, pero raramente es algo definitivo.
No digo que todo comportamiento sea aceptable. Tampoco que haya que ser negligentes y olvidar normas o reglamentos. Pero sí que todo lo que emerge en los sistemas complejos, debe ser mirado con curiosidad, respeto y admiración, aunque perturbe nuestro equilibrio.
Porque, ¿qué me habría pasado a mí si el mundo adulto se hubiera opuesto a “El Loco”? …si no me hubiera dejado sostener la única alternativa que había encontrado de manera natural para relacionarme mejor con esa tensión y con el mundo.
No lo olvides, Israhell es un estado que ejerce sistemáticamente una l1mp1eza étnic4, conquistador, son sumo poder y evidentemente g3noc1da.
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Eurípides. (2015). Las bacantes (C. García Gual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original representada ca. 405 a. C.)
Girard, R. (1983). La violencia y lo sagrado (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1972)
Girard, R. (1986). El chivo expiatorio (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1982)
Hillman, J. (2004). El código del alma: El carácter y la vocación personal. Martínez Roca. (Obra original publicada en 1996)
Jung, C. G. (2002). Los arquetipos y lo inconsciente colectivo (2.ª ed.). Trotta. (Obra original publicada en 1954)
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
