La tragedia de Medusa

[…] Cuando hablamos de arquetipos y de las relaciones entre ellos, tendemos a observarlos en un plano de igualdad, como si todos dispusieron de porciones similares de poder. Sin embargo, hay cierta jerarquía natural entre ellos, así como ámbitos de acción en los que otras deidades sin permiso difícilmente se pueden inmiscuir. […]

Tengo que reconocer que hay algo en el mito de Medusa sumamente perturbador. 

Medusa, fiel sacerdotisa de Atenea, es violada por Poseidón. Al saber de lo ocurrido, Atenea, la diosa de la justicia, lejos de mostrarse comprensiva con ella, la convierte en un monstruo con el potencial de petrificar con su mirada, de manera que sólo puede continuar su vida en una caverna, lejos del mundo, en total soledad. 

¿Qué sentido tiene, por el amor de todos los dioses, que la mismísima diosa de la justicia actúe así? ¿No es simplemente crueldad? 

Esto no hay por dónde cogerlo, me decía yo. 

Pero todo cobra algo de sentido cuando observamos a los dioses protagonistas como arquetipos con vida propia que, como tales, tienen delimitado su ámbito de poder. 

Atenea no es sólo la diosa que imparte justicia a modo de jueza, es también un impulso o instinto vivo especialmente capaz de captar y sentir la injusticia. Pero, a veces, puede obrar en consecuencia, y otras veces no. Y esto, quizás, nos puede abrir otra perspectiva u otro significado en relación a este mito.

Porque Atenea es muy consciente de la injusticia que ha sufrido Medusa y, aún así, obra con crueldad. 

Cuando hablamos de arquetipos y de las relaciones entre ellos, tendemos a observarlos en un plano de igualdad, como si todos dispusieron de porciones similares de poder. Sin embargo, hay cierta jerarquía natural entre ellos, así como ámbitos de acción en los que otras deidades sin permiso difícilmente se pueden inmiscuir. 

Y esta perspectiva, perdida en el paso del mito al logos —y en la psicología simplista moderna—, cambia por completo el sentido del relato. 

Porque si vemos a una Atenea viva, que sufre profundamente por no poder llevar a cabo su misión de justicia, porque Poseidón tiene mayor rango y gobierna el océano, territorio prohibido para ella, vemos cómo emergen en ella dos estados antagónicos: se activa para hacer justicia, pero es imposible imponer sentencia sancionadora allí. 

Y eso implica un riesgo monumental. 

Atenea tiene que buscarse la vida —sí, apañárselas— para gestionar su dolor. Puede ser justa con Medusa y mantenerla a su lado, pero esta decisión le recordaría, hasta la perpetuidad, sus límites estructurales: la justicia no llega al tumulto de la mar, al inframundo o a los bosques de Pan. Esto es peligroso, porque si mortales y dioses descubren una debilidad en la diosa de la justicia, podrían darse a otros cultos o minusvalorar su poder. O puede exiliar a Medusa con la misma frialdad, haciendo “como si ni hubiera pasado nada”, y evitando, en paralelo, los riesgos que ser justa con ella podría acarrear. 

Sí, lo has vivido. Fijo que sí. 

Atenea opta por lo segundo. Defiende la justicia ejerciendo una flagrante injusticia. Como los jueces que priorizan el sistema al que pertenecen y su estatus por encima de las personas a quienes tienen que proteger. Como el padre de familia que sanciona a uno de sus hijos, sabiendo que éste no tenía opciones, o incluso alabando en secreto sus acciones. 

Esto es lo incómodo del mito de Medusa. Que la justicia, a veces, no se puede ejercer si no se protegen las estructuras que la hacen posible. Y esto, claro, es una mierda, pero también una paradoja irresoluble: cuando se contraponen los intereses de la justicia con las causas justas, estas naturalmente tienden a salir perdiendo. 

No porque se hagan las cosas mal. No. Porque tocan con un límite estructural. 

Medusa, tocada por la injusticia de la diosa de la justicia, sufre de soledad, pero también adquiere enormes cotas de poder. Su mirada, antes admirable, ahora tiene el poder de petrificar. Porque justo es esa petrificación el síntoma natural de quien ha sufrido una terrible injusticia, frente a una justicia todopoderosa a la que no puede vencer. 

Recuerdo ahora muchas de esas miradas, algunas en las infancias más tempranas, y se me pone la carne de gallina. 

Medusa ejerce involuntariamente la misma injusticia que ella ha sufrido, petrificando a otras y otros, sólo porque estos quepan en su mirada. En ella reconocemos la mirada pétrea, incluso cruel, de tantas personas vulneradas por la justicia que, supuestamente, debería proteger y cuidar. 

Y esta es, al menos en parte, la historia que no vemos. Pero la historia que tantas y tantos tienen detrás. 

Abuso de poder por una buena causa. Pero, al fin y al cabo, abuso de poder. 

Abusos que rizan más el rizo, cuando llega un Perseo, en forma de policía, de servicios sociales, o de sistema de salud mental, y corta la cabeza al monstruo, liquidando los escasos riesgos asociados a su palabra. 

Qué movida, ¿no?

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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