Habitar las tensiones

[…] A veces, nuestra mejor postura como profesionales no pasa por elegir la narrativa más correcta, construir otra más adaptada a los fenómenos o integrar en un solo relato las diferentes historias posibles, sino por habitar la tensión entre ellas, aceptándola, sosteniéndola, soportando la incertidumbre sin tratar de resolver. […]

A veces, nuestra mejor postura como profesionales no pasa por elegir la narrativa más correcta, construir otra más adaptada a los fenómenos o integrar en un solo relato las diferentes historias posibles, sino por habitar la tensión entre ellas, aceptándola, sosteniéndola, soportando la incertidumbre sin tratar de resolver. 

Repito, porque esto no suele entenderse, ni mucho menos bajarse a la práctica: muchas veces estamos mejor situados cuando habitamos las tensiones y contradicciones entre relatos o explicaciones que parecen o pueden ser incompatibles, que cuando nos aferramos a una única mirada —reduccionista y simplista— sobre las cosas. 

Para entender lo que quiero decir, es importante aceptar que las niñas y niños muchas veces no anhelan una única mirada por parte del entorno adulto, sino ser reconocidos en toda su riqueza y multiplicidad. Y lo que hacemos las y los profesionales con nuestro afán de integración, evaluación, reparación y diagnóstico es hacer converger nuestra mirada hacia un único punto que, si bien puede ser acorde a la realidad —por eso nos da una falsa seguridad—, construye a su alrededor una muro de contención en el que otros arquetipos, otras partes, otros aspectos de su experiencia son negados y relegados al ostracismo. 

Al focalizar nuestra atención, omitimos siempre otras partes significativas de la realidad. 

La teoría narrativa clásica —o, al menos, a la que yo tuve acceso— nos dice que las personas mejoran cuando integran las narrativas predominantes (lo que se cuentan sobre lo que pasa) con las subyugadas (lo que también es acorde con la realidad pero no se cuenta, o no se percibe entre otras cosas, porque no cuadra con el relato predominante). Y que, gracias a esta integración de relatos, en la que se deshecha información y aparecen nuevos datos, puede aparecer un nuevo relato más rico, más elaborado, y que nos ayude a posicionarnos cognitiva, afectiva y relacionalmente de manera más acorde a los hechos. 

Tesis, antítesis y síntesis. 

Pero aquí, quizás, hay algo que White y Epston quizás no supieron ver. Cuando, como profesionales o personas que tenemos la obligación de proporcionar protección y cuidados, construimos un nuevo relato integrado (la síntesis) y este nuevo relato, además, “funciona” —nótense las comillas para resaltar que estamos dentro de la perversa mentalidad de taller—, es más que probable que acabemos enganchando a las personas que acompañamos en otras formas de estrés crónico. 

No siempre pasa, pero es demasiado frecuente. 

La movida es que un nuevo relato implica, casi necesariamente, una nueva forma restrictiva de relacionarnos con esa realidad. Y en esa mirada restrictiva, las personas a las que acompañamos difícilmente van a sentir que cabe o es posible su complejidad. Por eso, tantas veces nos funcionan decisiones y estrategias que no se pueden sostener: cambiamos por un rato, pero luego fijamos otro modelo de mirada, y no son las decisiones, sino la mirada fijada, lo que tantas veces provoca invisiblemente el sufrimiento. 

¿Qué hacer al respecto?

Una alternativa es aceptar que, por mucho que hayamos estudiado y por mucha terapia que hayamos hecho, la realidad es inabarcable por mera definición. Y que, siendo inaccesible, quizás no debamos pretender una buena evaluación o diagnóstico, sino formas más sanas de relación que permitan que las personas se sientan reconocidas en toda su multiplicidad. 

Y, para ello —ya sabes pa dónde voy—, no cabe integrar relatos, cerrar significados, sino abrir las puertas a nuevas y más ricas interpretaciones, cosa que sólo se puede hacer habitando la incomodidad y la angustia que nos reporta esa tensión. La tensión que emerge de reconocer que tenemos, encima de la mesa, dos, tres, cuatro u ochenta y cuatro narrativas posibles que no es posible integrar. 

No es posible, ni conveniente, integrar. 

Porque, gracias a habitar esa tensión, esa incomodidad y ese no saber, como núcleos deontológicos de nuestra práctica profesional, quizás, con suerte, podamos sostener cierta curiosidad, asombro, maravilla, frente a lo que en las personas a las que acompañamos puede ser erescatado, construirse o emerger. 

Y en esos movimientos, mediados por nuestra mirada profesional, está algo que se parece mucho, demasiado, a ese término tan manido y destrozado que es la “salud mental”. 

Gorka Saitua | edcuacion-familiar.com

Deja un comentario