[…] Estar bien o mal no tiene nada que ver con los recursos que articulamos para protegernos o sostener el deseo, sino con la flexibilidad, la flexibilidad, la flexibilidad y la flexibilidad que nuestro sistema nervioso puede articular, en relación con los sistemas a los que tenemos que pertenecer. […]
Ayer lo vimos en una supervisión:
Algo hacemos muy, pero que muy mal, cuando utilizamos el síntoma como vara de medir el bienestar o malestar infantil.
A ver, que me explico.
Es frecuente —demasiado frecuente— que las figuras profesionales de los ámbitos educativo, sanitario y social, valoremos los avances de nuestro trabajo, aludiendo a cómo el síntoma decrece en frecuencia o intensidad; mientras que consideramos que las cosas van peor si éste aumenta en los mismos términos. Se ve todo el rato, incluso en las reuniones en las que nos juntamos diferentes profesionales a debatir sobre un caso: todas estamos de acuerdo en que, si la niña se opone menos, está mejor; si se autolesiona menos, está mejor; si molesta más en clase, está peor; si muestra indicadores de una apego más seguro, está mejor; y si tiene menos estallidos de rabia, está mejor.
Parece evidente, ¿verdad? Si el síntoma es una manifestación del sufrimiento humano, su frecuencia e intensidad pasan a ser, automáticamente, un barómetro que nos permite valorar, acorde a su realidad, cómo anda por dentro, ¿no?
Me da el colon irritable. Ya te lo digo yo.
Este tipo de afirmaciones simplistas y lineales, sólo denotan lo atrapados que están las y los profesionales intervinientes en lo que venimos llamando mentalidad de taller, a saber, esa actitud generalizada hacia el sufrimiento humano, en la que reducimos a las personas a retos, o mecánicas a las que reparar, negándoles de manera perversa su humanidad.
Y no utilizo de manera banal la palabra “perversa”, sino con plena conciencia e intención, porque, al actuar así, manejamos la comunicación a dos niveles que implican una contradicción: por un lado expresamos explícitamente nuestra voluntad de acompañar y apoyar los procesos, respetando sus límites, mientras que, por otro, tratamos de forzar una supuesta mejoría que implica necesariamente la anulación de los recursos fundamentales que han podido movilizar.
Es como si dijéramos a la vez “confía a mí, que respetaré tu proceso”, y “tienes que cambiar, muchacha, que hay algo en ti que marcha mal”.
Doble vínculo de manual.
Sea como sea, desde una perspectiva polivagal, sistémica y narrativa, un síntoma nunca puede considerarse un indicador —ni él sólo, ni en el contexto de una batería— de bienestar o malestar infantil. Los argumentos son francamente simples. El síntoma es un recurso que en contexto ha invalidado. Estar bien o mal no tiene nada que ver con los recursos que articulamos para protegernos o sostener el deseo, sino con la flexibilidad, la flexibilidad, la flexibilidad y la flexibilidad que nuestro sistema nervioso puede articular, en relación con los sistemas a los que tenemos que pertenecer.
Dicho en plata, que si estar bien es pendular y conservar la frescura en la medida de lo posible, que esté o no más presente lo que consideramos un síntoma me la pela total.
De hecho, no es extraño que un síntoma se exprese con más fuerza durante procesos en los que emerge un mayor bienestar. Como en el caso del que hablábamos, donde cabía la posibilidad, no comprobada, de que el chico que se estaba portando peor en presencia de su hermana, lo haga porque a ojos de ella esa fuerza vital podía sentirse, por fin, como una fuerza de la naturaleza protectora para los dos.
Por fin, agencia, pertenencia, justicia y dignidad.
Y es que, si aceptamos que el síntoma es un recurso, y nos posicionamos fuera de la mentalidad de taller, que, sin duda alguna, tanto daño causa, tendremos que empezar a aceptar y tolerar que muchos procesos pasan porque el síntoma se exprese haciendo llegar su mensaje a un contexto preparado y dispuesto para la escucha.
A veces, en condiciones controladas. Siempre, con límites a la violencia. Pero sin negar la sabiduría ni el poder de las fuerzas de la naturaleza, de las necesidades, de las partes protectoras, de los arquetipos o de los dioses que se están manifestando a través de ese oráculo críptico, que es el síntoma en el templo donde se encuentran lo simbólico y los somático-corporal.
El síntoma contiene, siempre o casi siempre, una historia de intentos frustrados. Del deseo de una mirada que no se puede obtener. De una voz que ha sido silenciada. De una justicia que es necesaria, pero que todavía no se ha podido producir. Es la forma como el sujeto se organiza frente a la realidad anudando palabras, imágenes y lo desconocido, evitando la quiebra que el mundo amenaza con causar.
En consecuencia, cada vez que las figuras profesionales, con nuestra soberbia torpeza, con nuestra orgullosa mediocridad, lo reducimos a un problema o, lo que es lo mismo, una vara de medir, estamos negando —tal cual— el poder de fuerzas de la naturaleza que, gracias a los dioses, nadie puede doblegar.
La vida, amigas y amigos, se abre paso incluso ante, frente, a pesar de la estupidez profesional.
Recuérdalo cada vez que escuches que, si el síntoma decrece o desaparece, es que vamos bien.
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
