Habitar el umbral

[…] De repente, Borja queda en el espacio que se abre entre dos mundos: forma parte del mundo de los orgullosos, ricos y exitosos —porque es parte de su familia y comparte su legado—, pero también del mundo de los frágiles, vulnerables y marginados. Y eso, en cualquier modelo de vida, implica una sensación de soledad tremenda, un formidable estrés, pero también un vacío fértil en el que pueden emerger cotas de libertad que antes eran imposibles. […]

Borja proviene de una familia burguesa, orgullosa y muy acomodada. Las generaciones previas han acumulado prestigio, reconocimientos social y éxito en los negocios. En consecuencia, presionan mucho a las nuevas generaciones para que mantengan alto el nombre de la familia. 

Sin embargo, Borja es un chaval gordito, de buen carácter, al que le cuesta plantar cara a las agresiones. Con 15 años, se encuentra en un colegio de élite, en el que la competencia es feroz y comienza a sufrir acoso por parte de sus iguales. Se vuelve un marginado. 

No vamos a negar el sufrimiento de Borja, que, sin duda, es injusto y formidable. Tampoco negaremos que el mundo adulto tiene la obligación de cuidar y proteger a Borja en un momento tan vulnerable. Pero vamos a tratar de poner la atención en otro fenómeno que, a menudo, acontece en paralelo y queda invisibilizado por la narrativa del sufrimiento: la experiencia de habitar un umbral. 

De repente, Borja queda en el espacio que se abre entre dos mundos: forma parte del mundo de los orgullosos, ricos y exitosos —porque es parte de su familia y comparte su legado—, pero también del mundo de los frágiles, vulnerables y marginados. Y eso, en cualquier modelo de vida, implica una sensación de soledad tremenda, un formidable estrés, pero también un vacío fértil en el que pueden emerger cotas de libertad que antes eran imposibles. 

Existe el mito de que podemos tomar —y tomamos— nuestras propias decisiones con plena libertad y autonomía, evaluando medios y fines, trazando un plan, y siguiendo los pasos racionales y oportunos. Pero nuestro deseo no está nunca libre de la mirada del otro, y especialmente de aquellas personas que forman parte de los grupos de los que depende nuestro sentido de pertenencia y, por tanto, la supervivencia. Difícilmente podemos desear lo que no ha sido legitimado por las personas que nos resultan significativas, a no ser que, de repente, nos enfrentemos a este tipo de contradicciones vitales, esenciales, que implican habitar, durante tiempo suficiente, un umbral entre dos o más mundos. 

Porque es ahí, en el umbral, donde las personas necesitamos hacer esfuerzos formidables para articular recursos novedosos. Recursos que no había antes y que probablemente sean malinterpretados o minusvalorados por las personas de esos mundos a los que ya no podemos pertenecer, porque la vida nos ha colocado a las afueras. 

Como Borja, que acaba separándose de sus amigos y se niega a formar parte del grupo de los mal llamados en la escuela “marginados”, y decide —sí, hay mucho de agencia en esta decisión— quedarse solo en el patio del colegio, con la única compañía de un libro que le gusta. En paralelo, comienza a oponerse feroz y sistemáticamente a los mandatos de su familia, montando bronca, negándose a ir a misa y cateando la mayor parte de las asignaturas. 

¡No soy de vuestros mundos!

Un grito de oposición que no sería posible desde otro lugar. 

El síntoma se convierte en una expresión poética que refleja, con fidelidad abrumadora, este conflicto: como ya no pertenezco a ningún sistema, sólo me queda el respeto a mi propio deseo y, por tanto, a mí mismo. O tratar de conjugar con una creatividad mágica, las demandas que parecen irreconciliables. Sea como sea, aparece un vacío fértil que invita a transitar un nuevo camino, lleno de maleza, mal trazado, con peligros, pero que ya no está tan determinado por la expectativas y legados de los demás, sino por lo que uno cree que, quizás, con suerte, pueda llegar a tener algún sentido. 

Pero, ¿por qué hablo de esto?

Porque no es extraño que el síntoma, con su poder atractor, impida que podamos ver la realidad desde esta óptica, a todas luces maravillosa. Nos impide ver que el síntoma, a veces, no es más que los primeros ajustes y desajustes creativos que las personas hacen para habitar, a su manera, el umbral en el que la vida, el mundo y las relaciones les han colocado. Los primeros esfuerzos —no únicos— para encontrarse con su máxima libertad y con su propio camino. 

Eso es un proceso de diferenciación, y no las mierdas que promovemos. 

Porque nosotras y nosotros, profesionales con la mirada sucia, seguimos peleándonos con el síntoma como si fuera un problema, en vez de una solución maravillosamente libre y creativa; cuando podríamos apoyarlo, mirarlo con curiosidad y honrarlo, facilitando a la persona que evolucione desde ahí, para encontrar su propio rumbo entre tensiones que no ha elegido. 

Y, desde nuestra estupidez flagrante, acabamos presionando a Borja para que haga amigos. 

Porque tú, ¿qué umbrales has habitado?

¿Cómo sentiste ese vacío?

¿Cómo has gestionado el deseo en esos lugares tan fértiles?

¿Cómo han tratado los demás los esfuerzos que has hecho para andar por tu propio camino?

Ojalá —te lo digo de corazón—, ojalá se te permitiera esa libertad angustiosa que puede constituir una semilla. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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