[…] El diagnóstico, también, suele convertirse en un muro de silencio. […] cuando hacemos del diagnóstico el tema de la vida de la familia, es prácticamente seguro que la chavala o el chaval que carga con él se sienta profundamente invalidado en su discurso y, lo que es peor, en su deseo. […]
Sé que apenas nos conocemos, y que tengo muchas posibilidades de meter la pata; pero también intuyo que, si espero más al momento oportuno, nos podemos perder una oportunidad estupenda para tratar uno de los temas que —intuyo— más os está pesando: el impacto que está teniendo en todos vosotros el diagnóstico de salud mental de vuestro hijo.
Os pido permiso para trasladaros hoy lo que pienso sobre ese tema, no para que aceptéis esta reflexión sin cuestionarla, sino para que podamos abrir una puerta para pensar sobre ello de otras maneras que, quizás, puedan ayudaros más a sobrellevar esta situación tan compleja.
Hay algunas cosas que suelen pasar cuando una familia recibe un diagnóstico de salud mental, o cuando se atribuye a una niña, un niño o un adolescente determinados dificultades relacionadas con su reactividad emocional o con el procesamiento de la información sensorial, emocional y relacional. Y el problema no es que todo eso pase, sino que normalmente ocurre, acontece o transcurre en el terreno de lo innombrable, es decir, de lo implícito, subterráneo u oculto.
Por eso, mi acompañamiento implica que, a veces, tengo que jugar el rol de guardián de la palabra, narrando lo que está escrito entre líneas, para que así deje de pesar tanto y se pueda sobrellevar como una carga más ligera. Por eso, os voy a contar lo que suele pasar —y que intuyo que os está pasando— no para que hagáis las cosas de manera diferente, sino para que, decidáislo que decidáis—aunque sea lo mismo de siempre—, lo hagáis con otra profundidad o conciencia.
Cuando una familia atribuye u obtiene un diagnóstico de “enfermedad mental” —he puesto estas palabras a propósito entre comillas— en relación a una de sus hijas o hijos, es bastante habitual que ese diagnóstico se sienta como un alivio. Por fin, lo que pasa a nuestra hija o hijo tiene un nombre y eso, en apariencia, lo vuelve manejable, o le añade la esperanza de que exista un tratamiento. Por eso, no es extraño que las familias en las que aparece un diagnóstico, acaben haciendo del mismo el tema de su vida: es un anclaje a la esperanza de la vida que, sin duda, merecen.
Pero éste se convierte, al poco tiempo, en un tema muy peculiar porque, siendo algo de lo que se habla, relega automáticamente una parte muy importante de la realidad al terreno de lo innombrable, arreglando algunas cosas a costa de perjudicar mucho otras.
Por ejemplo, no se suele hablar del alivio que este diagnóstico reporta. Un alivio que tiene que ver con los padres (“si su cerebro funciona mal, nosotros no somos los culpables del sufrimiento de nuestro hijo”), y con la chavala o el chaval afectado (“si estoy enfermo, me quedaré así para siempre, por lo que no merece la pena esforzarme tanto”). Se vuelve así la situación un poco más llevadera, cosa que gratifica mucho cuando las cosas han estado fatal o saltando por los aires.
Este alivio es aire, pero también son cadenas. Cadenas porque, a fin de cuentas, ancla a todos los miembros de la familia en el inmovilismo, convirtiendo, en poco tiempo, lo que en un primer momento era esperanza, en un derrotismo y una importancia absolutas. Porque, situados en estas posiciones rígidas, pronto todas las personas implicadas acaban verificando que nada funciona o, lo que es peor, que nada merece la pena.
El diagnóstico, también, suele convertirse en un muro de silencio. En apariencia, puede parecer que se hablan libremente las cosas: se nombra el supuesto trastorno, se dice lo que nos hace sufrir, y se acuerdan formas diferentes de enfrentar las cosas. Pero cuando hacemos del diagnóstico el tema de la vida de la familia, es prácticamente seguro que la chavala o el chaval que carga con él se sienta profundamente invalidado en su discurso y, lo que es peor, en su deseo.
Se le enfrenta a una misión imposible, en la que se le atribuye —no necesariamente con estas palabras— que está mal de la cabeza y, a la vez, se le pide que exprese cómo se siente o qué desea hacer al respecto. Pero, si dice lo que sufre, lo que necesita o lo que desea desde lo más profundo de su corazón, sabe que puede ser ignorado, rechazado o invalidado.
«Sé que mis padres no me van a escuchar ni a hacer caso, porque piensan que estoy loco».
No es extraño que, ante este dilema irresoluble, las niñas, niños y adolescentes, opten por callar o por dar la razón a los suyos de manera complaciente. Es una forma muy generosa de cuidar de los suyos porque, en el fondo de su ser saben que, si ellos niegan su supuesta enfermedad y afirman su sufrimiento en la intensidad que este merece, sus padres pueden quebrarse (“se morirán si digo esto”), o puede peligrar la relación entre ellos (“si expongo a uno de ellos como culpable de mi dolor y el otro se percata, habrá con conflicto irresoluble entre ellos”).
Con las debidas salvedades, acaban haciendo ofrendas al lobo para que no destruya el rebaño.
Pero, cuando las niñas y los niños callan, hablan a través de su cuerpo. Desarrollan un ajuste o un desajuste creativo —lo que comúnmente llamamos síntoma— para hacer presente, elaborar, sostener y comunicar su deseo y hacer visible su sufrimiento. Para impactar a los suyos con su esperanza de que, en algún momento, se podrán percatar de su dolor y sus necesidades. Es el síntoma lo que mantiene la esperanza cuando la comunicación se ha roto casi por completo.
Pero estos ajustes no suelen ser bien interpretados por unos padres que, en muchas ocasiones, se encuentran sobrepasados por la situación. Son interpretados como hostilidad, capricho, maldad, o como la ratificación de que a sus hijas o hijos hay algo que no les funciona bien dentro de la cabeza. Y eso —lo que dicen sobrepasados— es lo que llega a la chica o chico afectado, obligándole a pensar que sus padres sólo piensan así sobre él y sobre su comportamiento.
Pero esto no es verdad. No señor. Porque lo inenarrable es también lo más humano y positivo. Por ejemplo, todo lo que piensa su madre y su padre cuando se sienten más tranquilos y seguros: el amor que sienten, el valor que se dan como padres, lo hermoso que ven en su hijo, el reconocimiento de las dificultades que les ha deparado la vida a ellos y a su hijo, las violencias que todos han sufrido, y los recursos (personales, familiares, comunitarios, etc.) que han sabido poner en marcha todos para llegar hasta este punto.
Cosas, todas ellas, que el diagnóstico de salud mental opaca o, lo que es peor, oculta, imponiendo la narrativa de la enfermedad mental como destino. Cuando, amigas y amigos, de lo que estamos hablando es, en el fondo, de un sufrimiento psicosocial profundo inyectado de los esteroides que impone el maldito silencio.
Un silencio que no sólo afecta a lo más tétrico y doloroso, sino también a lo amable, bello y bueno. A la esperanza y al deseo.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
