Lo que nadie te ha contado sobre la sobreprotección

[…] no siempre que hay sobreprotección está presente el daño a la infancia y la adolescencia. Hay niñas, niños y adolescentes que han sido sobreprotegidos, y que están francamente bien. […]

Me da mucha grima cómo se suele tratar el tema de la #sobreprotección. Creo que, lejos de ayudar a la infancia y a sus familias, estamos causando un daño monumental. 

Hoy en día la sobreprotección materna y paterna tiene una prensa terrible. Es como si fuera el germen de todos los males que aquejan a las nuevas generaciones. La idea de fondo es que, cuando los progenitores sobreprotegen, “causan”,  “provocan” o “crean” unas niñas y niños blanditos, vulnerables, asquerositos, que no van a saber enfrentarse a la vida, y van a molestar siempre con sus tonterías y chorradas a los demás. 

Os suena a algo, ¿verdad?

En efecto, huele a política neoliberal que apesta. Es decir, a ese modelo de ser humano ideal —¡puaj!— que nos están metiendo por vena por todos los lados: el de que las personas debemos ser autónomas, fuertes, guapas e independientes para consumir y producir más. 

La movida es que muchas y muchos profesionales compran también este tipo de ideas y, conscientemente o no, acaban haciéndole la ola a las posiciones más reaccionarias y recalcitrantes de esta maldita sociedad. El pensamiento de fondo es el de un niño de 3 años: como me llegan a consulta muchas chicas y chicos bien jodidos, junto con sus familias sobreprotectoras, concluyo que hay una relación de causalidad. Vamos, que, si siempre que observo B, observo A, ambos deben estar necesariamente unidos, ¿no?

Me da pereza decirlo: correlación no es causalidad. Repito, no es causalidad. 

Esto es bastante chungo. Porque si entendemos que existe una relación causal y lineal entre la sobreprotección y el daño observado en la infancia, tenderemos, casi con seguridad, a optar por modelos que traten de erradicar la sobreprotección, para que la infancia se recupere, ¿no? Vamos, un modelo biomédico clásico, en el que la salud se logra erradicando la enfermedad. Y la enfermedad se cura culpando a los padres y, especialmente, a las madres, por ser gilipollas o haberlo hecho mal. 

Tampoco suele servir demasiado la perspectiva sobre el trauma —voy a tener que corregir algún artículo del pasado, lamadrequemeparió—, que entiende que, detrás de la sobreprotección de las familias, hay desgracias mal elaboradas en la historia de las madres y los padres, que, por los motivos que sean, no han sabido o podido integrar. La terapia sobre el trauma ayuda, claro, no seré yo quien lo niegue, pero a veces es insuficiente para cambiar los patrones de comportamiento que podrían estar causando niveles de estrés tóxicos a la infancia. O llega demasiado tarde, permitiendo que la situación cristalice o se anquilose hasta hacer del problema un mal mayor. 

Y es que a la peña no le gusta airear sus mierdas en terapia hasta que acontece una crisis (interna o externa) que convierte en insoportable la vida tal y como es. Y cuando la crisis aparece, ya no estamos en el mejor de los momentos para tratar y tratarnos bien. 

Este tipo de tratamientos rara vez dan buenos resultados. Muy rara vez. Entre otras cosas, porque la sobreprotección no es, como suele señalarse, una decisión o un estilo educativo, sino un elemento que, además de estar relacionado con la supervivencia, o un estado existencial. Es decir, que es la forma —quizás la única forma— que unos adultos tienen de proteger a sus hijas e hijos de algo que se siente como terrible y algo que otorga sentido a la vida. Normal que la peña se resista, claro, si cuando atacamos la sobreprotección, estamos atacando hasta su maldita identidad. 

Lo mejor que te puede pasar es que te manden a la mierda, y lo peor… te lo habrás ganado tú. 

Sin embargo, hay algo que se suele pasar por alto y que es de importancia capital: NO  SIEMPRE que hay sobreprotección está presente el daño a la infancia y la adolescencia. Hay niñas, niños y adolescentes que HAN SIDO SOBREPROTEGIDOS, y que están francamente bien FRANCAMENTE BIEN. Así que, madres y padres sobreprotectores que me estáis leyendo, relajad el esfínter, que puede ser que lo estéis haciendo suficientemente bien. 

¿De qué porcentaje hablamos? No lo sé. No soy un académico, pero intuyo que es mucho mayor de lo que cabría esperar a la luz del discurso alarmista tan popularizado sobre este fenómeno. 

Entonces, ¿qué pasa con esas niñas y niños que, a pesar de haber “sufrido sobreprotección” —entrecomillo porque hago referencia con sorna al discurso predominante, pero quizás no lo hayan pasado tan mal—, no han sido dañados?

A ver, Manolo, ¿qué cojones pasa aquí?

Pues seguramente muchas cosas. No creo que sea posible enumerarlas todas aquí. Pero lo que sí observamos habitualmente es que la sobreprotección paterna habitualmente está ligada, provoca, una reacción de RESISTENCIA. Y me da a mí que éste, justo éste, es un factor clave de protección. 

Entenderlo es más o menos sencillo. Una madre o un padre están profundamente angustiados porque a su hija o hijo le pase algo terrible, y obran en consecuencia porque desean que no sufra, o quieren lo mejor para él. Están tan angustiados que no le dejan espacio para tomar sus propias decisiones, en plan, “hijo, hijo, es así como debes hacer las cosas, si no algo terrible te va a pasar”. El chaval o la chavala se queda, entonces, en un lugar de mierda, porque, si hace caso a sus padres, mal, porque la decisión no es suya, y sobreentiende que no es capaz; pero, si no hace caso a sus padres, mal también, porque les angustia y quizás se exponga a un riesgo vital. Y aquí, justo, aquí es donde emerge la NARRATIVA DE LA RESISTENCIA, es decir, ese relato en el que el niño tiene que hacer algo para sostener su DIGNIDAD (“soy valioso”) y su SENTIDO DE AGENCIA (“tengo un impacto en mi realidad; soy protagonista de mi vida”), que puede triunfar o fracasar. 

Puede fracasar si ese AJUSTE CREATIVO, que muchas veces obra como un SÍNTOMA, es concebido por él y por su familia como un problema vital e irresoluble; o puede triunfar si es tolerado o permitido en ese ajuste que conlleva cierto equilibrio relacional. 

Es decir, que yo como padre puedo ser un cabrón sobreprotector que lo flipas, pero, si valoro honestamente los intentos de mi hija para lograr su autonomía, y los recursos de los que también dispone para enfrentarse al mundo, seguramente las cosas no nos vayan tan mal. Porque, cuando el peligro cesa y mi angustia se relaja, quizás ella pueda volverse a sentir protagonista de su vida y alguien con valor. 

Y un mal rato o una equivocación, aunque se repitan, no son sinónimo de daño emocional. Siempre digo lo mismo: el daño emocional se relaciona con patrones de relación en los que intervienen necesariamente varias personas, y que sostienen niveles de estrés tóxico en el organismo de la persona que el síntoma no logra aliviar. Y esto no pasa, ni mucho menos, siempre que hay sobreprotección, porque en muchas familias sigue pudiendo mediar la mentalización. 

A mí este enfoque me parece cojonudo, oye. Me parece mucho más inteligente poner el foco en esta narrativa de resistencia, con la que la persona o personas afectadas pueden recuperar sus sentido de agencia y dignidad, y que muchas veces conecta, de diferentes maneras, con los recursos que los adultos tuvieron que articular para,a  su vez, protegerse de las situaciones que les provocaron sufrimiento en el pasado, y que desean que sus hijas e hijos no tengan que enfrentar. Porque, cuando entendemos que nuestros recursos infantiles para enfrentar la catástrofe fueron suficientes, se puede empezar a confiar honesta y, hasta donde se pueda, serenamente, en la capacidad de nuestras hijas e hijos para sobrevivir sin que nosotros tengamos que estar. 

Y así, ¡puf! es como se relaja la sobreprotección, sin enfrentarnos a ella. Poniéndola en valor. 

Porque, al final, sobreproteger no es anular a los hijos, coño de pato, sino un intento infructuoso de darles la fuerza necesaria para enfrentar la realidad. El deseo de que se sientan dignos y protagonistas. Aprovechemos esa maldita oportunidad. 

Parece mentira que algo tan simple no se vea. 

¿Verdad?

Referencias: 

AZNAR, F.J. (2019). La restauración de la competencia narrativa del trauma. Análisis de un caso. Fundación Meniños. Universidad de A. Coruña.

AZNAR, F.J. Reescribir la vida. Enfoque psiconarrativo de las crisis de la adolescencia.

WHITE, M. y EPSON, D. (1990). Medios Narrativos para fines terapéuticos. México: Paidós

WHITE, M (1994) Guías para una Terapia Familiar Sistémica. México: Paidós

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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