Sin forzar

[…] la solución no sólo tiene que ver con elegir una respuesta o una opción, sino en sostenerla en el tiempo, mucho tiempo, para que estos chavales o chavalas puedan confiar. Porque las heridas asociadas a la vinculación temprana, a saber, relacionadas con la impermanencia de las relaciones, están asociadas, también a que el trato que una o uno necesita tampoco puede permanecer. […]

No es extraño que haya familias que entiendan a la perfección qué necesitan sus hijas o hijos, pero que no se lo puedan proporcionar. 

Sí, saben, quieren, pero no lo pueden sostener. 

Esto pasa, especialmente, con familias que tienen a su cargo niñas y niños afectados por la adversidad temprana, especialmente cuando en ella existe una herida relacionada con los vínculos tempranos del apego. 

En esos casos, no es extraño que las familias se desesperen porque hacen lo que supuestamente deben hacer, sienten que eso afecta en positivo a las niñas, niños o adolescentes a su cargo, pero rápidamente reaparece la misma demanda, el mismo síntoma o el mismo problema de relación. 

Como si fueran un saco sin fondo, que, por mucho que se le ofrezca, no se termina de llenar. 

Y, claro, no es infrecuente que estas familias se digan algo así como «pues nada, esto no funciona, parece que no es», e inicien una búsqueda desesperada de soluciones, ninguna de las cuales termina de funcionar. 

Porque la solución no sólo tiene que ver con elegir una respuesta o una opción, sino en sostenerla en el tiempo, mucho tiempo, para que estos chavales o chavalas puedan confiar. Porque las heridas asociadas a la vinculación temprana, a saber, relacionadas con la impermanencia de las relaciones, están asociadas, también a que el trato que una o uno necesita tampoco puede permanecer. 

Por eso es tan importante ofrecer respuestas que permitan afianzar los vínculos, poco a poco, día a día, y si se falla —nadie es perfecto— poder reparar. Que ya sabemos que la seguridad ganada, esa que tanto nos mola, no tiene tanto que ver con ser padres o madres perfectos, sino con la reparación sensible de lo que haya podido acontecer en la relación. 

Pero no todos los padres ni todas las madres están en condiciones de sostener esa respuesta acorde con las necesidades en juego, posiblemente porque ellos mismos no pudieron disfrutar de esos modelos de relación. Entonces, se esfuerzan y se esfuerzan por hacer las cosas bien, desde la autoexigencia, yéndose sin remedio hacia el agotamiento y la desesperación. 

Porque forzar la máquina en estas cosas no ayuda en nada, sólo acaba en enfado, huída o, lo que es peor, la más absoluta desconexión. 

¿Qué hacer, entonces?

Pues una cosa que suele funcionar fenomenal, aunque requiere su tiempo, es explorar junto con estas padres y madres como sus figuras de apego (primarias o sustitutivas) cubrieron esas necesidades con la intención última de que puedan disfrutar de las sensaciones de seguridad asociadas a dicha satisfacción. 

Entonces, se abren tres opciones: 

Las satisficieron fenomenal. Cojonudo. Es el mejor de los escenarios. Quizás el problema y el sufrimiento asociado haya subyugado las sensaciones de seguridad asociadas a la satisfacción de esas necesidades, pero no costará demasiado conectar con ellas e intuir, también, las sensaciones que todo ello reportará a las niñas o niños afectados. 

Las satisficieron regular. Quizás la mayor parte de las veces no se hizo, pero hay excepciones en las que lo pudieron o supieron hacer bien. Perfecto, pues vamos a rescatar esas excepciones y ponerlas en valor, imaginando qué habría pasado si esos sucesos extraordinarios hubieran sido la norma, porque hay algo maravilloso en esperar justo la respuesta que podemos necesitar. 

No las satisficieron en absoluto. Cosa más que probable porque somos hijas e hijos del conductismo, una teoría del comportamiento humano que, como norma general, es completamente impermeable a los procesos de mentalización. En este caso, la cosa se nos hace más cuesta arriba, pero hay, también, un camino que se puede recorrer, a saber, primero, ver si otras personas relevantes durante la infancia de los adultos supieron hacerlo bien y, si tampoco hay por ahí nada que rascar, imaginar, bien conectados con el cuerpo, qué tipo de respuestas necesitamos y nadie nos supo o nos pudo dar. 

Y es que la imaginación tiene un potencial securizante de la pera, con el añadido de que suele estar bastante disponible para cuando la podamos necesitar. 

Pero ahí no termina todo. Recuerda que el trauma no se “cura” —no me gusta poner aquí eso de “curar”— en la relación con nosotras y nosotros mismos, sino que es necesario un tercero que finalmente nos pueda dar de corazón lo que nosotras y nosotros necesitamos en su momento y, ahora, podamos necesitar. Por ello, es tan interesante incorporar en estas conversaciones a las figuras que actualmente puedan dar seguridad a las personas adultas a quienes acompañamos (pareja, otros familiares, alguna amiga especial, etc.), que puedan tener en cuenta no sólo lo que esta persona siente, sino también la respuesta que necesita esperar. 

Y esto es un isomorfismo para bien, oye, porque cuando uno disfruta del trato que necesita y, además, espera que ese trato se vaya a repetir en los momentos de vergüenza, angustia, ira, asco, o lo que sea, está viviendo en primera persona, desde la satisfacción, desde el disfrute, y desde la seguridad, justo lo que su hija o hijo necesita. 

Es una forma maravillosa de sostener la respuesta que sana, pero sin forzar. 

¿Se ve?

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Deja un comentario