El impacto de una depresión postparto

[…] Poco a poco, Laura fue cediendo. Sabía que Asier era un buen hombre, y que su hija estaba a salvo con él, mientras ella se recuperaba. Pero, al hacerlo, se transformó en una espectadora pasiva de la relación entre el padre y su hija: la que mira y no participa. Y desde ese lugar, seguía recibiendo el mismo mensaje: “es él quien se tiene que hacer cargo de la niña porque eres una madre terrible, que hace sufrir a su hija e, incluso, fantasea con asesinarla”. […]

Tener a su primera hija no fue lo que ella esperaba. Una fuerte depresión postparto la aplastó como una apisonadora. Apenas podía salir de la cama, ni mucho menos hacerse cargo de las necesidades de Lucia, una bebé muy demandante que, con cada grito y cada llanto, le recordaba que no estaba a la altura. 

Los primeros meses fueron terribles. Sentía a su hija como una verdadera carga y, era tan su desesperación y su rabia que, en ocasiones, fantaseaba con matarla. Si bien es cierto que intentaba que la niña no percibiera su malestar, cuanto más se esforzaba por aparentar normalidad, más hundida se sentía. Cada esfuerzo le recordaba que no estaba a la altura y que, si se dejaba llevar por el hastío, la desmotivación y la desesperanza, su hija moriría. 

«Soy una potencial asesina de mi hija.»

«Acabará haciéndole daño.»

«Soy la peor madre del mundo, y la peor persona.»

Al principio, su marido trató de levantarle el ánimo. Pero, cuanto más se esforzaba Asier porque levantaba cabeza, más le recordaba que no estaba a la altura. Y ella respondía con ira, separándose de él, y mandándole a la mierda. Y el hombre, abrumado por las circunstancias, comenzó a protegerse poniendo tierra por medio. 

Pero, desde esa distancia que ahora les separaba, Asier era consciente de que las cosas iban fatal, y que Laura no estaba cuidando bien de su hija. Algo tenía que hacer, pero parecía que se habían agotado sus recursos y herramientas. Necesitaba proteger a su hija y restaurar la relación con su mujer: volver a los buenos tiempos. 

Desde esta posición, no tenía muchas alternativas. Así que, poco a poco, fue asumiendo más y más responsabilidades respecto a la pequeña. Era él quien le alimentaba, la aseaba y le daba cariño, permitiendo que Laura descansara y se recuperara del bajón que había sufrido. 

Poco a poco, Laura fue cediendo. Sabía que Asier era un buen hombre, y que su hija estaba a salvo con él, mientras ella se recuperaba. Pero, al hacerlo, se transformó en una espectadora pasiva de la relación entre el padre y su hija: la que mira y no participa. Y desde ese lugar, seguía recibiendo el mismo mensaje: “es él quien se tiene que hacer cargo de la niña porque eres una madre terrible, que hace sufrir a su hija e, incluso, fantasea con asesinarla”. 

En este contexto, la niña se vincula positivamente al padre, a pesar de toda la tensión que hay en la familia. Y Laura le envidia por ello, llegando incluso a desear, en los peores momentos, que la niña tenga problemas: unas dificultades que le colocaron en mejor lugar al hacer evidente que el padre no es tan bueno y maravilloso como parece. 

Laura no es tonta, y se percata de los anhelos que emergen, interpretándolos como una prueba de su maldad, y no tanto como sentimientos naturales asociados a un dolor tan profundo, y a sus necesidades más profundas: ella necesita sentirse una buena madre, y su cerebro hace cabriolas para darle una fugaz esperanza o un pequeño alivio.

Pasan los años en este patrón que se retroalimenta: cuanto más baja está Laura, más huye para no dañar a su hija. Cuanto más huye, más se hace cargo su marido. Y cuanto más se hace cargo su marido, peor madre se siente ella. Y esa vergüenza de base, ese sentimiento de ser inadecuada, un peligro o una carga para su hija, es lo que le lleva a articular la huida como un recurso. Pero, cada vez que se recorre este ciclo, queda más dañada su autoestima y la relación con su hija. 

Llegado un punto, la pareja se separa. Se están haciendo demasiado daño, y ponen tierra por medio. Como la economía va mal, dejan el piso que tenían en común y ambos buscan refugio con sus familias extensas. Ella con su madre —una mujer casi incapacitada—, y él con su progenitor, un hombre autoritario y violento del que quiere preservar a su hija. 

Cegados por la ilusión de una vida mejor, no se percatan de que se están constituyendo las condiciones para el desastre. Ella, con las mismas sensaciones («soy una madre terrorífica»), delega los cuidados de su hija en su madre. Pero su madre no está en condiciones para cuidar de su hija, así que se revela, y le repite que se haga cargo ella. Y ella no puede, no porque sea una mala persona, sino porque se ha creído que puede hacerle daño a la pequeña. 

Atrapada en esta pelea, su sentimiento de vergüenza y desconexión se hace más profundo. Y desde ese bajón a los infiernos, debe encontrar una salida, una forma de reponerse y venirse de nuevo arriba. Necesita un chivo expiatorio —”si hay alguien peor que yo, yo no soy tan mierda”— y lo encuentra en su expareja, un hombre que ahora incuple el régimen de visitas porque no quiere llevar a su hija a casa, porque su padre podría hacer daño a su hija, pero que, ahora, además, está fuertemente abrumado por haber permitido que su familia se descomponga en sus brazos. 

Se produce, asi, una guerra aparentes egos —ambos se protegen agrediendo al contrario—, pero que, en el fondo, es una lucha por salir de un pozo negro y oscuro. Un sitio frio, húmedo y hostil, que amenaza con pudrirlos en vida. Porque, sin saberlo, ambos luchan ahora contra la depresión, pero necesitan echarse mierda para sentir, cada uno, que no están tan sucios.  

La situación se agrava, e intervienen los servicios sociales como siempre: como un elefante en una cacharrería. Y ven lo que es visible: una pareja a hostias, y una niña que no tiene a nadie. Abandonada. Su madre se pira, su padre no está y la abuela no quiere hacerse cargo de ella. Y como la situación es “urgente”, pasan al acto, dando instrucciones. Tú haz esto, tú haz lo otro, que si no nos hacéis caso, va para un centro. 

De manera sibilina, con mejores palabras, pero tal y como lo cuento. 

Una “intervencion” —odio esa palabra— que da en la línea de flotación a ambos. A ella le confirma que es el demonio («soy una madre terrible, por eso me vigilan de cerca»), y a él que no está a la altura de cuidar y proteger a su familia («lo estoy destruyendo todo, como mi padre»), lanzándolos al abismo más absoluto. 

El colapso más absoluto. La muerte en vida.

Una muerte de la que se podría resucitar si alguien viera algo más que la inseguridad, lo alarmante o la emergencia. Por ejemplo, que tras todas esas cagadas que tanto se reprochan, había buenas intenciones, esfuerzos para resistir a los embates de la vida, el deseo de una vida mejor, o cierta voluntad de cuidado mediatizada por el impacto de múltiples peligros y amenazas. 

O si alguien podría ver cómo el problema había copado la identidad de esta mujer como padre y la historia de la familia. 

Pero, claro, si un profesional de los servicios sociales se situará desde allí frente a lo que otros identifican como una alarma, sería rápidamente desautorizado alegando que descuida la protección a la infancia. Una protección que, no olvidemos nunca, en la mayor parte de los casos, sólo puede sostener de manera honesta y sincera la propia familia. 

Hala, lo que he dicho. 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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