[…] Las corrientes descendentes son algo poco común. Normalmente, la aguas del mar se mueven de manera horizontal, llevando las aguas frías y sus nutrientes por toda la cuenta oceánica. Pero, en raras ocasiones, estas corrientes chocan con el relieve marino y se hunden rápidamente, a toda velocidad. Y pobre quien quede atrapado ahí. Son innumerables las historias de buzos desaparecidos e incluso de sirenas que nunca, jamás, pudieron volver. […]
Primera parte aquí: https://educacion-familiar.com/2023/08/06/la-sirena-que-no-podia-cantar/
… Con las palabras del Kraken en la mente, Alissa se dispuso a volver a los mares poco profundos, donde le esperaba su familia y su tribu. Se impulsó con su cola y trató de ascender.
Al poco rato, sintió que algo la empujaba hacia abajo, impidiéndole subir.Pronto supo lo que pasaba: estaba en una corriente descendente, uno de los fenómenos más peligrosos del océano.
Las cosas pintaban muy mal.
Las corrientes descendentes son algo poco común. Normalmente, la aguas del mar se mueven de manera horizontal, llevando las aguas frías y sus nutrientes por toda la cuenca oceánica. Pero, en raras ocasiones, estas corrientes chocan con el relieve marino, o entre ellas, y se hunden rápidamente, a toda velocidad. Y pobre quien quede atrapado ahí. Son innumerables las historias de buzos desaparecidos e incluso de sirenas que nunca, jamás, pudieron volver.
Alissa estaba en apuros. Como no podía luchar contra los elementos, bajó de nuevo hasta el fondo para recargar sus fuerzas y pensar en una solución. Cuando la nube de limo se disolvió, pudo ver una figura humana tendida en el lecho marino:
¡Era un buceador!
Se acercó tímidamente a él. No quería que la viera —las sirenas son muy reservadas respecto a dónde y con quién se dejan ver—, pero, si no recibía asistencia, estaba claro que podía morir ahogado. Estaba muy asustado, cansado, paralizado por el miedo, con los ojos muy abiertos, esperando resignado su fin.
Miró su ordenador y confirmó lo peor. Apenas le quedaba aire en la botella. O actuaba pronto o moriría sin remedio. ¿Qué podía hacer?
En otras circunstancias, habría optado por cantar. Su canto recorrería el océano en busca de la ayuda de que necesitaba y, con suerte, algún cachalote la ayudaría. Pero Alissa se sentía completamente muda, y no quería que aquel hombre, al igual que las sirenas y los tritones, descubriera que no podía cantar. No se sentía capaz de soportar una mirada invalidante más.
Miró a sus ojos. Suplicaban por una ayuda que no le podía proporcionar. Decían, sin palabras, que lo sacara de allí, que necesitaba volver con sus seres queridos y abrazarlos fuerte.
Entonces, Alissa recordó las palabra del Kraken:
«Hazlo. Hazlo con vergüenza y con miedo. No importa cómo te salga; sólo si lo haces restarás algo de poder a ese parásito que amenaza con ocupar todo tu corazón.»
Siguiendo las instrucciones, Alissa inspiró. Sus mejillas se colorearon, y sintió un nudo desde el pecho hasta su garganta. Un nudo tan fuerte que parecía que la iba a matar. Entonces, justo cuando más dolía, hizo toda la fuerza que pudo y lo intentó.
Nada.
El buceador la miró desesperado. Si la sirena no podía hacer nada por él, sería su fin.
«Da igual cómo salga. Hazlo con vergüenza y con miedo. Pero hazlo», recordó decir al Kraken.
Decidida, lo volvió a intentar. Todo su cuerpo estaba contraído. Parecía que era ella la que estaba muriendo ahogada, en vez del buceador.
—¡Aah…! —se escuchó.
Alissa se estremeció. Hacía meses que no escuchaba su canto. Y, aunque había sido corto y feo, estaba claro que algo había salido desde su garganta; como una semilla que podía germinar.
Tomó aire de nuevo, esta vez más esperanzada. A fin de cuentas, lo estaba empezando a conseguir.
—¡Aaaaaah… Aaaaaaaaaaaaah!
Un enorme Tiburón de Groenlandia emergió desde la oscuridad. El buzo se puso tenso. Ella le cogió con suavidad de la mano tratando de decirle, sin palabras, que podía estar tranquilo, porque, a pesar de su aspecto agresivo, no era una presencia que debían temer.
El animal se quedó allí, en frente, parado en flotabilidad neutra, levitando a pocos centímetros del fondo del mar.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Alissa, que en la escuela había estudiado el idioma de los seres de esas latitudes y de esas profundidades—. No entiendo qué haces parado ahí.
—Escuché tu canto, sirena, y quería escuchar más —dijo lentamente el horrendo tiburón—. No vienen muchas de las tuyas hasta aquí. Es una fabulosa oportunidad.
Fue escuchar las palabras del escualo e inmediatamente Alissa sintió como se aflojaba el nudo de su garganta, de su pecho y de su corazón. Aún sentía la presencia del parásito, pero era como si éste hubiera aflojado su fuerza, como si se hubiera desprendido de las paredes de su interior y ahora estuviera descansando. Apenas lo podía notar.
Un cosquilleo le subió desde el pecho a la garganta, humedeciendo sus ojos:
—Lo que estaba viviendo, ¿era real?
Miró la consola del hombre. Apenas le quedaban 5 minutos de aire.
Alissa llenó de nuevo sus pulmones. Esta vez, sintió como cabía más aire dentro de ellos. Era como si se le hubiera relajado el diafragma y ahora cupiera mucho, muchísimo más.
Al abrir la boca, toda el agua se iluminó en tonos verdes y azulados. A su alrededor, todos, absolutamente todos los animales activaron su bioluminiscencia. Desde el minúsculo pancton, hasta los peces abisales, los cefalópodos y las medusas, todos encendieron su luz. Toda su belleza y toda su fuerza llenaban el corazón de Alissa, desde fuera hasta su interior.
Y la sirena cantó. Cantó tan fuerte y hermoso como nunca lo había hecho. Porque la verdadera belleza, la que rezuma fuerza y emociona, sólo acontece tras el esfuerzo y el dolor.
Entonces, una enorme masa gris apareció desde arriba, desde la oscuridad.
«Bien hecho», escuchó decir al Kraken, mientras su voz se quedaba en el abismo, como una presencia dura, hosca, pero veraz.
El cachalote tomó delicadamente con su boca a la sirena. Ésta le señaló al buceador. Ambos se acomodaron en las fauces del animal, que emprendió el ascenso hasta la superficie con el poderío de un misil.
—¡Buaaaaaaaahhh! —gritaron al unísono Alissa y el buceador.
El animal llegó a la superficie y saltó por encima de las aguas. A gran altura.
Debajo quedaba una mancha luminosa. Una luz en el abismo que, nunca, jamás, iba a desaparecer: la magia de una sirena que, haciéndolo con miedo y vergüenza, había recuperado su voz.
Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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