La trampa de los trapos sucios: buenos motivos para volverse loco 

[…] La trampa de los trapos sucios, a menudo, da inicio a una secuencia de acontecimientos que destruyen la salud mental de los más pequeños, siendo un factor de riesgo clave para trastornos psicóticos, es decir, para la pérdida de contacto con una realidad que se disuelve por momentos. […] 

Cuando en una familia ocurre lo innombrable, es habitual que se haga lo posible para negarlo.  

Negar lo terrible no siempre es una maniobra perversa. A veces, es sencillamente una forma desesperada de sobrevivir, que acarrea demasiados costes.  

Cuando Marta nos contó ese relato, descubrimos que pasaba algo raro. Según decía, hace 4 años había enfermado de un cáncer de pecho maligno. Según dijo, tuvo metátesis en varias partes del cuerpo, incluido el cerebro, y los médicos le habían dicho que le quedaban apenas unos meses de vida. Nos narró que, en ese escenario, había decidido dejar de lado el tratamiento médico y acudir en busca de ayuda a un brujo; y que, finalmente, éste había conseguido curarla por completo.  

¿De verdad, Marta? ¿Qué es esto? 

Hace 4 años, Marta se encontraba en una situación desesperada con sus hijos. Su hijo mayor no le hablaba y le agredía verbal y físicamente; y su hijo pequeño había comenzado a tomar drogas duras. Mientras, el padre de ambos —a quien los chavales también rechazaban— rehacía su vida, dejando de verlos, y dejando a Marta sola ante el peligro. Así que no sería extraño que esta madre, desesperada por estos y otros acontecimientos, hubiera activado un recurso excepcional para recuperar a quienes un día fueron parte de su familia: enfermar o inventar una enfermedad terminal, para que en la anticipación del duelo volvieran a unirse y salvarse de una amenaza real que se cernía sobre ellos.  

Sin embargo, mentir en algo tan grave tiene graves consecuencias a medio y largo plazo. Cuando apareció mi equipo, los chavales seguían acojonados, porque no podían creerse que su madre se había recuperado y esperaban el desenlace fatal en cualquier momento. Pero, a la vez, intuían que se les había mentido, por lo que sentían una rabia profunda que, como podéis imaginar, no podían depositar sobre ella, por miedo a que todo fuera verdad y causarle un daño. Así que alternaban caóticamente entre el rechazo, los cuidados hacia su madre, y una violencia que proyectaban el uno hacia el otro, agrediéndose con saña entre ellos. Y culpaban al padre —periférico, abandónico— de todo lo que estaba pasando. Mientras, la madre seguía en sus trece, sin poder reparar el daño, lo que le colocaba en una posición absolutamente compleja: se veía obligada a tratar a sus hijos como si estuvieran locos, alimentando un estigma y una rabia casi ciega.  

No era extraño que los chavales se negaran a ir a terapia. Necesitaban defender su dignidad porque, en lo más profundo, sabían que no había nada malo en ellos.  

Esta familia había caído en una de las trampas que más daño provocan, y a la que, ahora, podemos tratar de poner un nombre: por ejemplo, la trampa de los trapos sucios. Vale, es una buena metáfora, porque, cuando se guardan los trapos sucios, apestan que no veas.  

La trampa de los trapos sucios, a menudo, da inicio a una secuencia de acontecimientos que destruyen la salud mental de los más pequeños, siendo un factor de riesgo clave para trastornos psicóticos, es decir, para la pérdida de contacto con una realidad que se disuelve por momentos.  

Es muy frecuente, por ejemplo, en los casos en los que se produce un abuso sexual intrafamiliar. No es extraño que, en algún momento, se descubra el percal y las familias opten por minimizar y tapar lo ocurrido para mantener la integridad de la familia. A fin de cuentas, no es nada fácil prescindir repentina y radicalmente de las relaciones y lugares que nos han hecho sentir seguras o seguros.  

Cuando se tapa un abuso sexual intrafamiliar (por parte del padre, un abuelo, o alguna de las mujeres de la familia que, aunque con menor probabilidad, también pueden ser perpetradoras), la víctima queda atrapada en un conflicto que no puede resolver. Por un lado, sabe que se sabe lo que le han hecho; pero, por otro, necesita seguir perteneciendo al único espacio que, seguramente, haya sido para ella un refugio seguro. A la vez de que, probablemente, también necesita sostener la relación con el abusador, a quien siente que desvelar los hechos ha podido causar un daño.  

Pude producirse, entonces, una escalada conductual y actitudinal que, si se pudiera traducir a palabras, sería algo así:  

—Haz algo, por favor, ¡mira lo que me ha hecho!  

—Pero si no ha pasado nada.  

—Claro que ha pasado, no me jodas, ¡lo has visto con tus propios ojos! 

—No te pongas así, ¿eh? 

Ésta es la clave. Llega un punto en el que la atención se traslada desde el abuso al comportamiento de la víctima.  

—Me pongo como me da la gana, ¡tengo derecho a ponerme como quiera! ¡MIRA LO QUE ME HA HECHO ESE CABRONAZO! 

—No hables así de tus mayores.  

Otro golpe. Un golpe tremendo, porque la víctima pasa a convertirse a ojos de quien debería proteger en agresora.  

—¡Pero es que no ves lo que estoy sufriendo! 

—¡Eres tú la que no ves lo que estamos sufriendo nosotros! 

Imagina cómo se puede llegar a sentir la cría en este momento. No es extraño que, llegado a este punto, la chavala se desregule casi por completo, como si pensara «me estáis tratando como si fuera la mala y la loca, pues lo voy a ser hasta que os caguéis de miedo».  

De alguna manera, esta actitud aparentemente fuera de todo límite y todo criterio cumple una función primordial para la víctima: recupera el control y algo de su sentido de agencia. Se sitúa como protagonista de los acontecimientos, a la vez que expresa su dolor de una forma desgarradora, tal y como realmente es, en contra de todos, porque todos le han hecho daño.  

Pero, a la vez, le procura otro golpe. Y esta vez es un golpe mortal: porque valida el argumento de que está loca, llevándole a perder no sólo toda la dignidad, sino cualquier posición que le configuraba como una interlocutora legítima, siendo expulsada tácitamente del que probablemente sea su único espacio seguro.  

La familia se protege, así, definitivamente, de la amenaza que implica la chica abusada o violada. Nada de lo que pueda decir, en esas condiciones, va a ser creído porque ella “está mal de la cabeza”. Pero, cuanto más se afana la familia en su postura, más necesidad tiene la víctima de gritar el daño que le están haciendo. Hasta que, por fin, la víctima puede llegar a crearse una realidad paralela, una realidad segura en la que, por fin puede sentirse acogida y respetada. Algo que, al ser parte de ella misma, no puede traicionarla.  

Se reestablece así la paz y el equilibrio: a costa de la invalidación definitiva de la víctima.

Tengo la intuición que muchos de los cuadros psicóticos —no todos— se explican por dinámicas relacionales como ésta, en la que los trapos sucios se guardan bien dentro, en el armario, dejando un olor nauseabundo, siendo verdaderamente complicado encontrar la colaboración de todas y todos para sacarlos de ahí y lavarlos por completo.  

No sé vosotras o vosotros, pero yo siempre he visto algo de coherencia comunicativa en los cuadros aparentemente psicóticos que me he ido encontrando: nunca hubo una «loca», sino un sufrimiento emocional terriblemente intenso.

Ahora bien, no tengo claro si esa coherencia está realmente allí, o soy yo y mi necesidad de dar sentido a los acontecimientos.  

Ya sabes que no soy experto en nada. Lo importante es lo que tú pienses.

Gracias por dedicarme este rato.  

Es importante decir que, en caso de que exista un delito o sospecha fundada del mismo, no sólo vale la reparación de la familia, sino que es imprescindible la intervención de la autoridad judicial.


Gorka Saitua | edcuacion-familiar.com 

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