[…] es algo que no se puede describir, sólo sentirse cuando lo has captado. A veces, se siente como un cosquilleo agradable en los oídos; otras veces, como si la frente se despejara. Cada persona tiene una forma peculiar de escucharlo y sentirlo, pero lo que siempre pasa es que, al captarse, se liberan de los nervios del cuerpo y de la cabeza. […]
—Te voy a contar un secreto.
Estaba dando saltos encima de la cama, pero paró de inmediato y me miró fijamente con todos sus ojazos. Era la hora de dormir y parecía sobreestimulada.
—Vale.
—¿Tú sabes una cosa? —le pregunté, dando un tiempo para que aflorara su curiosidad.
—No, ¿qué es?
—Es una cosa que casi nadie sabe y, a partir de ahora, vas a ser una de las pocas niñas que lo sepan; pero, para que te lo cuente, debes guardarme el secreto.
—Sí, sí, ¡cuenta, cuenta!
—¿Sabes que se puede escuchar el silencio?
—¿El silencio? —me miró con la cara torcida, dando en entender que me faltaba un tornillo.
—Sí, el silencio. No es fácil escucharlo, pero si se consigue tiene efectos maravillosos.
—¿Qué efectos? —preguntó, y pude intuir cómo pasaba de un salto desde el escepticismo hacia la credulidad.
—Efectos mágicos y maravillosos, por eso no se lo podemos contar a nadie. Recuerdas, ¿verdad?
—Que sí, aita. No se lo voy a contar a nadie —señalo con lo que parecía fingida exasperación—. Venga, cuéntamelo.
—El sonido del silencio es algo que no se puede describir, sólo sentirse cuando lo has captado. A veces, se siente como un cosquilleo agradable en los oídos; otras veces, como si la frente se despejara. Cada persona tiene una forma peculiar de escucharlo y sentirlo, pero lo que siempre pasa es que, al captarse, se liberan de los nervios del cuerpo y de la cabeza.
—¿Y cómo se hace para escucharlo? —preguntó, curiosa.
—Hay que estar un rato callados, haciendo el menor ruido posible. Si lo consigues, sentirás como tus oídos se abren camino por por diferentes capas. Al final de todas ellas, sólo al final, puede encontrarse el sonido del silencio.
—Aita, quiero escuchar ese “ruido”.
—¿Lo intentamos? —respondí—. No sé si lo conseguiremos, pero seguro que merece la pena el camino.
—Vale —dijo, tumbándose y arropándose con la mantita.
A los cinco minutos, estaba como un cesto. Roncaba con respiración tranquila.
Lecturas complementarias:
ALETHA J. SOLTER (2013). Juegos que unen: cómo solucionar los problemas de comportamiento de los niños mediante el juego, la risa y la conexión. Barcelona: MEDICI
SNEL, E. (2013). Tranquilos y atentos como una rana. Barcelona: Kairós
DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
