4 mierdas: solución de emergencia contra el narcisismo profesional 

[…] Entonces, en comparación con esa mujer desamparada, maltratada por la vida, enferma, que apenas podía hacerse cargo de las tareas más sencillas, me sentí una verdadera mierda. Fui una verdadera mierda. Porque en lo importante, amigas y amigos, había demostrado mucha más integridad, sensibilidad y bondad que yo. […] 

Hace ya bastantes años, acompañé a una mujer con un enorme sufrimiento psíquico. Era una de esas personas que no pueden hacerse cargo de su vida porque prácticamente cualquier circunstancia la desregulaba. Además, estaba en un entramado relacional que no la ayudaba en nada, en el que los profesionales tampoco estábamos bien situados.  

Era una de esas personas a las que uno mira y aparece un punto narcisista desde el propio interior: «buah, Gorka, qué bien estás comparando con ella, ¿no?». 

Pues bien, esta persona, tan dañada, que tanto sufría, que tan abajo estaba en esa absurda competición por la dignidad en la que nos enfrascamos las y los seres humanos, me dio una lección que todavía guardo en la memoria.  

Y la guardo con especial cariño.  

Durante el proceso, su padre, con el que tenía una relación tensa, distante y hostil, enfermó de cáncer. Y ella fue capaz de hacer todo lo posible para reparar la relación con él cuando supo que el final se acercaba. Se reconciliaron, le cuidó en sus últimos días, y supo despedirse de él con una sensibilidad que provocó que llorara amargamente junto a ella.  

Y sí, perdí el control y lloré. Lloré por la muerte de su padre; lloré por el regalo que ella supo darle en sus últimos momentos; pero, sobre todo, lloré por mis propios muertos y por los duelos que no había sabido gestionar bien: por mi abuelo y por mis dos abuelas, a quienes no había sido capaz de acompañar hacia la muerte ni con un asomo de su sensibilidad.  

Entonces, en comparación con esa mujer desamparada, maltratada por la vida, enferma, que apenas podía hacerse cargo de las tareas más sencillas, me sentí una verdadera mierda. Fui una verdadera mierda. Porque en lo importante, amigas y amigos, había demostrado mucha más integridad, sensibilidad y bondad que yo.  

Desde entonces, cada vez que siento ese punto marcasita que tantas y tantos profesionales tenemos cuando nos situamos frente al desamparo y la adversidad, me acuerdo de esa experiencia y me propongo un pequeño ejercicio:  

Rompo un folio en 4 partes, y escribo en ellas 4 de mis mierdas. Las que más me estén perforando el ojete en ese momento. Y, entonces, me pregunto si la persona a la que acompaño, y que tan mal lo está pasando, lo haría mejor o peor que yo. Me la imagino en la misma situación, con los recursos concretos que ella movilizaría, las palabras que sabría utilizar, y los gestos que podría tener.  

Normalmente la veo mejor situada que yo. Bien porque daría una respuesta más adecuada, o porque tendría un comportamiento complementario al mío, ajustado al mismo dolor.  

No sé si a vosotras y vosotros os servirá, pero, para mí, es una solución de emergencia contra ese narcisismo profesional tan frecuente entre las y los que curramos en los servicios sociales. Que me quita todo atisbo de endiosamiento, situándome ante la persona a la que acompaño en un plano de mayor igualdad.  

Una igualdad que es imprescindible para restaurar su sentido de agencia y su dignidad.  

Porque, amigas y amigos, sólo nos podemos reconocer en el dolor y la vulnerabilidad. El resto, es una fachada, un fraude, que destruye la relación con nosotros mismos y, en paralelo, a los demás.  

Y tú, ¿qué haces contra el maldito narcisismo profesional? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

Deja un comentario