Un elefante en una cacharrería 

[…] Aquél día me fui para casa torcido. Aquella persona me estaba dando las gracias, con verdadera sinceridad, por algo que había hecho sin ganas, con tedio, y con la sensación de que no valía ni pa tomar por culo. Pero, luego, me acordé de que era justo lo que estaba vinculado a su demanda inicial, aquella que yo había ignorado. […]

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No reconozco a mi hija/o

[…] Sea como sea, con la salvedad, quizás, de las neurodivergencias, esta proliferación de etiquetas, diagnósticos de salud mental —algunos de los cuales por definición son crónicos, fíjate qué burrada— y explicaciones que atribuyen toda la responsabilidad a las personas, omite una idea fundamental: que la desorganización afectiva de las personas no está tan relacionada con la adversidad temprana como nos gusta presuponer, sino que depende mucho más de la calidad de las relaciones y de los apoyos que puede disfrutar una persona en ese preciso momento. […]

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Una clase de surf

[…] Porque para reconocer la seguridad cuando llega hay que esperarla. Y hay que esperarla con esa curiosidad casi infantil que nos aleja de los propios esquemas y aprendizajes, haciendo caso a cómo los pequeños matices resuenan en nuestras tripas y nuestro corazón. Porque la seguridad, al igual que las olas, a veces no dura demasiado, y hay un momento crítico para poderlas pillar: esa cresta de la ola, en su perfecto momento, con su espumita en la cumbre, las llamamos transiciones de estado hacia una mayor seguridad. […]

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Una frase de la polla

[…] Porque, cuando ponemos la mirada en los problemas, se produce un curioso fenómeno: el estado nervioso de todas y todos cambia al habitual que emerge cuando aparece el problema, de manera que sólo pueden confiar en las soluciones que tradicionalmente han articulado, por lo que nos metemos, de lleno y sin remedio, en la misma rueda del hámster en la que estábamos atrapados. […]

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