Cuando se pierde el derecho al bajón, ¿qué queda? 

[…] Pero las cosas son todavía peor, porque esa respuesta caracterizada por desinflarse en una aparente apatía también es objeto de sanciones. Porque, ante los ojos que no saben nada de los movimientos del sistema nervioso autónomo —por muy “profesionales” que supuestamente sean—, pasa por negligencia ante las necesidades básicas. […] 

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Sostenemos los síntomas que acompañamos

[…] Sólo cuando vemos estos paralelismos, estamos en condiciones de explorar, en nosotras y nosotros mismos, formas alternativas de regulación emocional adaptadas a lo que las personas a las que atendemos están sintiendo, desde una curiosidad y compasión legítimas, porque también repercuten en nuestro aprendizaje y nuestra historia, tanto personal como de los equipos. […]

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El mayor fraude de la educación familiar 

[…] Uno de los grandes fraudes—así, en mayúsculas— de la psicología y la educación familiar es atribuir a las madres y los padres por defecto la responsabilidad del sufrimiento que padecen sus hijas o hijos. Ya sabes, como si existiera una relación causal entre los cuidados que han recibido y los síntomas que puedan presentar. […] 

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Identificar los refugios del alumnado: algo urgente 

[…] Y la pregunta que debería hacerse la escuela —y nosotras y nosotros como profesionales de estos servicios sociales que, cada vez, son menos servicios y menos sociales—, en consecuencia, no es cómo construir espacios seguros, sino como identificar y respetar los refugios seguros que sirven a las alumnas y alumnos, para no cuestionar los únicos mecanismos de regulación en los que pueden confiar llegado el momento. […] 

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