La empatía direccional

[…] tengo la impresión de que la empatía […] se orienta automáticamente hacia lugares que no implican conflicto. […]

Nos han enseñado a considerar la empatía como una mera capacidad humana. Y esto tiene algo de cierto, porque hay personas que no disponen de la posibilidad de ponerse en el lugar de otras y de otros, mientras que a otras les resulta francamente fácil.

La empatía —una de las grandes experiencias que nos predispone a reconocer el sufrimiento ajeno, y a hacer algo al respecto— es sumamente dependiente tanto del estado emocional del individuo (se sabe que, si te estás protegiendo, es prácticamente imposible estar a otra cosa) como de factores estructurales del contexto.

Y aquí es donde quiero parar yo.

Porque tengo la impresión de que la empatía es direccional. Se orienta automáticamente hacia lugares que no implican conflicto.

Es como si nuestro cerebro trazara un mapa preconsciente o inconsciente del lugar que ocupamos en las estructuras relacionales. Y, en función de cuál sea ese lugar, seleccionamos las personas con las que vamos a ser empáticas y aquellas con las que no, en caso de que nuestras lealtades o nuestra economía puedan resultar comprometidas o dañadas.

Que no lo hagamos voluntariamente no implica que no se haga.

Seguro que los antropólogos lo pueden explicar mejor que yo, pero parece que hay una especie de condicionamiento básico humano que orienta nuestra cercanía y nuestra ternura hacia los miembros del grupo de los que depende nuestro prestigio o sustento.

Quizás con la excepción de que no hayan sido malignos o malignas con nosotros.

Las familias se posicionan naturalmente en contra del contexto que denuncia agresiones o violencia por parte de los miembros más poderosos.

Las instituciones cierran filas cuando un directivo es cuestionado por su comportamiento.

Las sectas defienden a los gurús que son acusados por sus fechorías.

Los grupos de adolescentes excluyen a las víctimas de acoso escolar, comprando cualquier historieta que lo legitime, mientras compadrean con el agresor. 

Y todo esto se sostiene, además de por otras razones, porque la empatía de los miembros de los grupos se orienta, en momentos de crisis, hacia las figuras poderosas de quienes depende la cohesión del grupo, dejando a las posibles víctimas desamparadas.

Desamparadas. Sin refugio, sin defensa y sin acceso a sus recursos naturales.

No digo que tú lo hayas hecho, pero sí que, si eres un ser humano, mujer o hombre, más si eres hombre, es muy probable que alguna vez hayas caído en este tipo de dinámicas.

Yo no seré quien tire la primera piedra. 

Es probable que, con tu actitud silente o directamente a favor del presunto perpetrador, hayas contribuido a retraumatizar a las personas que eran más vulnerables en esos momentos.

Pero no digo esto para acusarte ni para que te sientas culpable. Lo digo para que tomes conciencia del fenómeno y, a partir de ahora, puedas decidir con más libertad qué actitud eliges. Para que no te dejes llevar por la inercia del fenómeno y puedas introducir tus decisiones donde solo había automatismos.

Quizás la empatía sí que tenga algo de capacidad, pero sobre todo es una experiencia que depende de tu lugar en el contexto.

Piensa dónde colocas tu ternura en los momentos de crisis. Dice mucho de dónde y cómo estás situada o situado, y de los privilegios que has normalizado.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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