Soy un profesional negligente

[…] Estamos en contextos donde cualquier forma de innovación que realmente permita ser más humano o tener un pensamiento más complejo, se vive como una amenaza. Tú lo dices, automáticamente aparecen 7 personas que te miran como las vacas al tren, en plan, tú qué diceeeeeees, no me compliques la vida, ¿para qué vamos a hacer eso? […]

Hoy me he levantado de mala h*stia.

Al final, va a ser que eso de la regulación emocional y de aparentar ser un ser de luz no va conmigo.

En servicios sociales tenemos un problema muy gordo, que apenas se nombra: nadie —ni empresas ni trabajadores— se beneficia de hacer bien las cosas.

Ya está, ya lo ye dicho. Ahora lo explico.

Piensa en lo que implica en este contexto hacer bien las cosas. Hacer bien no es hacer más. No es cumplir con la burocracia. No es “tramitar más rápido los casos”. Hacer bien las cosas implica hacer un esfuerzo sostenido para trabajar nuestra propia humanidad, para sostener mejor el sufrimiento humano.

Es hacer buenas supervisiones, en las que se hable, no sólo de las personas a quienes acompañamos, sino también de lo que activan en nosotras y nosotros, y de cómo lo estamos gestionando. De los roles profesionales que estamos ocupando, y del lugar que estos dejan a la gente con la que estamos. De las dinámicas de los equipos, y de cómo las necesidades sin satisfacer en ellos, casi nos obligan a cubrirlas con las personas que están en situación vulnerable y que han sido vulneradas. De las alianzas, enfrentamientos y coaliciones que se articulan entre figuras profesionales, y como esa constelación de intereses implícitos repercute en la demanda implícita que hacemos a la gente que, ya por su propia historia o por su propia vida, anda bastante jodida.

Es también, reconocer que todas y todos tenemos “fantasmas” que enterrar, a saber, personas a las que por nuestra necedad o negligencia, hemos causado daño. Y toca vivir con ello.

Hacer las cosas bien es trabajarse, contribuir a que nuestro sistema nervioso autónomo esté lo más sano posible, y pueda pendular y moverse, articulando para cada persona los recursos que ella necesite, no los que nos resultan cómodos o los únicos que conocemos.

Es disponer de ayuda de calidad cuando nos quedamos fijados. No que nos digan lo que el otro haría o, lo que es peor, lo que “hay que hacer”, sino que el equipo se ponga a nuestra disposición, atienda a nuestras necesidades, y nos desbloqueemos.

Es reconocer que todas y todas nos contamos una historia ficticia que nos permite preservar cierta dignidad en nuestra vida personal y laboral, y lidiar con la angustia asociada al vacío, configurando nuestra relación con el mundo y con el deseo. Un deseo que, sin querer o queriendo, proyectamos en las personas a quienes acompañamos, colocándolos como personajes secundarios en la narrativa que nos ayuda a sostenernos.

Y mil cosas más que no atendemos.

Y no atendemos, entre otras cosas, porque hacer así las cosas no beneficia a nadie ni en su crecimiento profesional, ni económico. Vamos, que al mundo se la pela que te pases rayado 100 horas en casa porque sabes que estás mal situado frente a un caso, y porque no sabes salir de un rol que sabes dañino para esa familia y esas niñas y niños. Tú cumple tu pvto horario, haz las visitas, y entrega el informe a tiempo. Y si, además, te tomas en serio esas movidas, míratelo, porque igual es que eres muy sensible, gilipollas, o vas de listillo.

Pero a nosotros no nos molestes con tus rayadas. Que bastante tenemos.

Estamos en contextos donde cualquier forma de innovación que realmente permita ser más humano o tener un pensamiento más complejo, se vive como una amenaza. Tú lo dices, automáticamente aparecen 7 personas que te miran como las vacas al tren, en plan, tú qué diceeeeeees, no me compliques la vida, ¿para qué vamos a hacer eso?

Y lo jodido es que es lógico, porque ¿qué se gana con eso a parte de quebraderos de cabeza y un revoltijo por todo el cuerpo?

Nada, porque el sistema nos demanda tramitar expedientes, no atender a las personas. Y esa es la cruda realidad de los servicios sociales: hemos convertido el sufrimiento humano en un trabajo, y al trabajo se va para hacerlo lo más cómodo posible y cobrar la nómina, sobre todo, si ta has educado en un sistema educativo rancio en el que sólo valía la motivación extrínseca, en forma de notas, refuerzos y castigos.

Ahora hacemos igual. Nos vale con un 5. Con el aprobado. Y en ausencia de exámenes el 5 ni siquiera requiere esfuerzo: basta con que los casos no llamen la atención, y con que los políticos no tengan que ir a dar la cara a los periódicos.

Hemos convertido los servicios sociales en un sistema de mínimos, en el que las personas que aspiran a más acaban negándose a aportar nada tras ver su respuesta. Y así nos va, en conversaciones de pasillo en las que todas y todos reconocemos que hay un elefante en la habitación, pero nadie dice a los jefes o a la administración nada. ¿Por qué? Pues seguro que hay muchas razones, pero la primera que me viene a la cabeza es que hemos perdido la confianza de que esto se convierta en el trabajo al que de jóvenes aspiramos.

Porque rendir medianamente bien aquí, no tiene un rédito económico.

Porque las estructuras devoran cualquier impulso de cambio.

Porque, cuando se trabaja con personas, cualquier cambio, por positivo que sea, implica cierta incomodidad para quienes estamos acompañando.

Porque no hay fuerzas eficientes que reconozcan e impulsen esos procesos que implican para las figuras profesionales, siempre, ciertos riesgos.

Yo soy el primero que ha tirado la toalla. Que he decidido callarme y no aportar nada. Que, a lo sumo, intento hacer las cosas un poco mejor en la parcela que me toca. A veces, ocultando mis logros para no sacar la cabeza y que me la arranquen de cuajo. Pero soy consciente de que eso no tiene que servirme de consuelo: hacer las cosas más o menos bien —cuando se puede—, no implica negar la negligencia que implica la decisión consciente de dejar el sistema como está, sabiendo que hace estragos.

Repito: soy negligente por dejar las cosas como están y haberme acomodado.

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Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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