El bosque primigenio

[…] Mucho tiempo atrás, cuando las diosas que hoy veneramos todavía estaban naciendo, hubo un arbolado primigenio. Cuentan los ancianos que fue el origen de los bosques actuales, tal y como los conocemos. Y Artemisa tenía el mandato sagrado de protegerlo. […]

Al ser tragada por la tierra, Perséfone dirigió sus brazos hacia Artemisa, su confidente y única testigo del rapto. Fue una súplica rápida y desesperada. Pero Artemisa permaneció quieta, distante, con una mirada fija y gélida. Podía haber utilizado su arco. Sus flechas nunca fallaban. Pero no hizo nada.

Aquel día, Perséfone descendió al inframundo aterrada y decepcionada por la actitud de su amiga, quien, a todas luces, había permitido su caída hacia las tinieblas eternas. En el último momento, elevó la vista hacia el cielo y, mientras la grieta se cerraba, pudo intuir la mirada pasiva de la diosa de la caza.

«Por qué, dime por qué, amiga».

Mucho tiempo atrás, cuando las diosas que hoy veneramos todavía estaban naciendo, hubo un arbolado primigenio. Cuentan los ancianos que fue el origen de los bosques actuales, tal y como los conocemos. Y Artemisa tenía el mandato sagrado de protegerlo.

En esos tiempos, Artemisa era todavía una niña. Tenía los atributos de una diosa, pero carecía de experiencia. Era fuerte e inmortal, y se veía omnipotente e infalible. Era una asesina despiadada, pero también justa: cualquiera que se acercaba en exceso a la espesura sagrada recibía un certero flechazo y pagaba con su vida.

Parecía invencible.

Durante esa época dorada, cultivó su cercanía con su hermana Perséfone. Por aquel entonces, la diosa de la primavera también era una niña: una fuerza creadora que hacía crecer las ramas, otorgaba esplendor a las flores e insuflaba nueva vida al bosque para que este se expandiera y alcanzara nuevos territorios. Ambas corrían desnudas por sus dominios, sin miedo a las miradas lascivas de los hombres y de los dioses varones, porque nadie podía cruzar la frontera que delimitaba sus dominios.

Jugaban, reían y vivían en armonía con las bestias de la naturaleza, disfrutando del aire limpio y del agua fresca.

Todo estaba en armonía hasta que apareció en el cielo una enorme nube de polvo. Al principio, ambas diosas pensaron que se trataba de una tormenta, pero los ruidos que la acompañaban no se parecían en nada a los rugidos habituales del cielo. Artemisa y Perséfone treparon al árbol más alto para ver mejor lo que estaba pasando.

Egeón, un hecatónquiro gigante con más de cien brazos, emergió del horizonte, gruñendo y arrojando enormes piedras que lo destrozaban todo.

—Maldito sea nuestro padre —se revolvió Artemisa—. Liberó a esos monstruos para ganar la guerra, y ahora tienen un poder que no se merecen. Quédate aquí; acabaré con él con mi arco.

Perséfone se transformó en hongo para retirarse a la oscuridad de una gruta segura, mientras Artemisa se pintaba la cara con sus colores de camuflaje de guerrera.

Egeón se dirigía hacia el bosque, imponente, arrasando todo, como la fuerza estructural que era. Artemisa esperaba, con su arco cargado, oculta tras unos matorrales. Todos los animales se colocaron tras la línea infranqueable que formaba ella.

El monstruo se acercaba, alimentándose de todo lo viviente. Estaba claro que, para él, el bosque primigenio no tenía valor alguno, más que como alimento.

«Tengo que pararlo; si no, está todo perdido».

Cuando el monstruo pisó el límite, Artemisa tensó la cuerda. Colocó con precisión la flecha. Apuntó y pudo ver cómo la saeta cruzaba el territorio, esquivando cualquier ser —animado o no— en el que brillaba la vida. Tras un instante, la flecha impactó en el monstruo.

«Se acabó, maldito».

Pero Artemisa vio con horror cómo la flecha rebotaba, sin causar herida ni daño en Egeón, que tan solo se rascó en el lugar en el que había sido alcanzado. Al instante, el hecatónquiro había cruzado la frontera.

Artemisa repitió su gesto de guerra. Lanzó y lanzó flechas, pero estas no penetraban la dura piel del monstruo, que comenzó a alimentarse del follaje y de los animales, y a beber el agua de los ríos. A su paso, no quedaba nada, ni siquiera una orografía reconocible.

«Con todo lo que puedo hacer con mis poderes, y no soy capaz de detenerlo». Desesperada, Artemisa sabía que, si el bosque primordial caía, desaparecería toda la vida en Gea.

Corrió Artemisa en busca de su hermana y rápidamente la localizó. Ambas huyeron a través de los vientos hacia la zona opuesta de la espesura, donde el gigante tardaría tiempo en llegar, pues era lento en comparación con la velocidad de las diosas jóvenes. Allí se acomodaron, sabiendo que, tarde o temprano, la destrucción las alcanzaría.

Un día, ambas diosas paseaban por su territorio. Brillaba el sol y, a simple vista, parecía que nada perturbaba la paz del mundo, aunque ambas eran vagamente conscientes de la destrucción que se gestaba al otro lado. Fue entonces cuando Perséfone se agachó a ver una rara y bella flor: el suelo se abrió y, por la grieta, emergió Hades en su carro negro, agarrando a Perséfone y llevándosela como un trofeo al inframundo.

Artemisa lo vio todo, pero actuó de manera racional y fría. Sabía que su hermana era inmortal, pero el bosque podía perecer a manos de Egeón, el gigante monstruoso. Y, con su mirada afilada de diosa protectora, sabía lo que ocurriría si Perséfone era apartada del mundo de los vivos: el bosque caería en un estado entre la vida y la muerte, dejando de ser atractivo para las fuerzas devoradoras.

«Así sea», se dijo Artemisa, mientras se dolía por la inminente pérdida de su hermana.

En el instante en el que Perséfone descendió al inframundo, apareció el frío y los ríos se congelaron. Las plantas y los árboles perdieron sus hojas, y los animales hibernaron. El bosque entero entró en un estado catatónico, sin vida visible ni nada apetitoso para el monstruo.

Egeón rugió con furia, arrojó cientos de piedras hacia el cielo que impactaron por todas partes y, posteriormente, se retiró, tal y como vino.

Artemisa observó entonces su bosque. Ni vivo ni muerto. Era una estampa terrible, pero albergaba la semilla que permitía su restauración. Convertida en una protectora de hielo, aguardó con fe en este vacío motivado por la suspensión del tiempo. A lo lejos, escuchó el lamento de Deméter, que se dolía por la pérdida de su hija, hasta que taponó los oídos con el más gélido hielo.

«La vida ha sido protegida, aunque a través de medios extremos».

Un día, Artemisa despertó con una agradable sensación en el cuerpo. La escarcha que la cubría no estaba y, sorprendentemente, sentía en la piel el calor del sol. Sobresaltada, pensó que estaba viviendo un sueño. Escuchó piar a los estorninos, el rumor del agua y las raíces y micelios expandiéndose por la tierra. Inmediatamente, le llegó el aroma de la hierbabuena.

Se incorporó y vio a Perséfone, su hermana raptada, mirándola con dureza. Ya no era la niña frágil a quien dejó caer, sino que se mostraba como una mujer madura, con un porte majestuoso, regio.

—Permitiste mi rapto —dijo primero.

—Así es —contestó Artemisa, sin ningún remordimiento—. Y no lo lamento. Eres mi hermana y te amo. Eso no cambiará nunca, aunque nos separe la grieta que separa a los vivos y a los muertos. Pero me debo al bosque, que sí puede morir y, con él, todo lo que es valioso en esta tierra.

Lejos de reprocharle nada, Perséfone se sentó a su lado:

—Mira cómo has dejado esto —le reprochó dulcemente.

—Está a salvo y no está muerto.

—Levántate. Hay trabajo que hacer —propuso Perséfone—. Ese monstruo va a volver en cuanto presienta de nuevo la vida, y no quiero estar sola cuando la destrucción avance —deslizó la mirada hacia sus pechos incipientes—: tú también has crecido.

—Sé cómo vencerlo —afirmó con dureza Artemisa.

Perséfone, curiosa, le preguntó:

—¿De verdad que lo sabes?

—Sí. El tiempo no estaba suspendido en mi interior, solo en lo que fuera aparecía.


Este cuento incorpora o entrelaza diferentes historias de la mitología griega y pretende reflejar la vida interior de muchas niñas y niños que entran en estados de colapso vagal-dorsal. La idea no es que sirva de diagnóstico clínico, sino rescatar la complejidad inherente al sufrimiento de la infancia, que tanto simplificamos desde nuestras posiciones adultistas, especialmente cuando incorporamos nuestro conocimiento “universitario”, tan abrumadoramente simplista. Cada persona que lo lea puede interpretarlo de manera diferente, en función de sus propios significados y de su propia experiencia. Es lo bonito de los mitos: que se adaptan a nosotras y nosotros para reflejar nuestra experiencia y poner palabras a aspectos significativos de nuestra vida. Gracias por leerme.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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