[…] Y para estas mierdas, Hermes es la solución natural y que apenas requiere esfuerzo. Hostia lo que acabo de decir, ¿no? Una estructura interna que facilita el movimiento de todas las formas posibles, por las buenas, por las malas, haciéndonos trampas incluso al solitario. […]
Dentro de nosotras y nosotros hay una parte capaz de volar y de conectar mundos. Lo hace con palabras, imágenes, símbolos, metáforas, y con elementos secretos que sólo ella conoce y que, casi siempre, nos acaban sorprendiendo.
Es una parte que no tiene casa, ni campamento base. Su hogar —si tiene alguno— son las corrientes de aire, o las corrientes tumultuosas de los ríos. Se siente a gusto cuando se deja llevar, pero no de forma pasiva, sino orientándose con pequeños gestos para llegar a diferentes destinos.
No se esfuerza, pero se mueve más rápido que cualquier otra estructura en nuestra alma, como un zorro que corretea por la periferia, atento a todo, sin dejarse ver, mimetizándose en con el bosque porque es parte del mismo.
Es aparte alberga una inteligencia rápida, alegre, curiosa, viva, a la que no le importa nada la moral convencional. No duda en hacer trampas, engañar o robar si se presta la ocasión, pero nunca lo hace con afán de dañar o destruir, sino para movilizarnos por dentro. Es la parte que nos saca de los atascos, que nos ofrece soluciones creativas a los problemas, que conecta aspectos de nuestra vida aparentemente irreconciliables en nuevas estructuras imposibles sin que medie éste, el Dios Hermes.
Cuando Hermes está presente, disponemos del don de la palabra. Pero es una palabra que no describe ni encierra, sino que abre y conecta. Hermes no duda en reírse, en jugar o en decir, sin filtro, lo que siente y piensa. Pero es un decir las cosas diferente, en conexión con las personas que tiene enfrente, con su forma de sentir el mundo, la realidad, y su persona, en ese preciso momento. Fluye con las emociones y los estados nerviosos de los demás, confiando en que, sin un guión, se puede llegar a mejor puerto. Tiene una confianza epistémica fundacional hacia la mente, el psiquismo o —si lo prefieres— el alma de los demás, poniendo en valor, sobre cualquier otra cosa, el movimiento.
Si algo le agobia a Hermes es estar encerrado en una jaula. No soporta verse constreñido por la moral, las rutinas, las normas, los modelos, las teorías, o las relaciones que condicionan cómo nos miran o qué es lo que hacemos. Hermes ve venir desde lejos estas amenazas, y las esquiva como un zorrete travieso. En caso de verse aprisionado, tiene una capacidad asombrosa para escapar de esos barrotes y esas cadenas, como una fuerza de la naturaleza imposible de retener, como el mismo viento.
Hermes es el mensajero de los Dioses. Conecta nuestras diferentes partes, y media en sus conflictos. Pero no es como un cartero al uso, que sólo lleva el mensaje, sino que tiene la voluntad y la potestad de modificarlo, de incorporar en él su propio criterio. Ya os he dicho que es listo, ¿verdad? Pues también manipulador para llevarse el gato al agua, creando alianzas y conflictos que facilitan el devenir del destino, a saber, conectar con el deseo de formas mejores y más creativas.
Hermes no siempre acierta. Es verdad. A veces, nos mete en líos. Pero, también, nos ofrece un poder asombroso para liberarnos de cualquier tipo de dictadura, aunque esté motivada por nuestras propias fuerzas internas. Porque lo que a Hermes le desagrada —yo diría que más que cualquier otra cosa— es que una sóla parte nuestra, una diosa o un dios, monopolice todo nuestro culto, identificándonos con ello. Es, por tanto, el gran protector de la infancia contra los mal llamados “trastornos de la personalidad”, que, para mí, no son otra cosa que respuestas que han fijado en ellas intervenciones adultas en las que Hermes ha estado ausente, relegando a una mazmorra en el Inframundo.
«Cuando veas a una niña, un niño o un adolescente diagnosticado con un trastorno de la personalidad, verás que hay, a su alrededor, un montón de adulto tratándolo como si ellos mismos tuvieran un trastorno de la personalidad». No falla.
Y para estas mierdas, Hermes es la solución natural y que apenas requiere esfuerzo. Hostia lo que acabo de decir, ¿no? Una estructura interna que facilita el movimiento de todas las formas posibles, por las buenas, por las malas, haciéndonos trampas incluso al solitario. Una estructura que los servicios sociales hemos degradado con nuestros sistemas de objetivos, metodología y evaluación que destruyen la creatividad de las y los profesionales, y de las personas a las que acompañamos.
En los que el espíritu Hermético es sancionado como falta de profesionalidad, si se refiere a nosotras y nosotros; y como resistencias, caos, o dispersión, si se trata de las infancias o de sus familias.
Hoy reclamo que se restaure el culto a Hermes en los servicios sociales, como una de las principales soluciones a los principales males que nos aquejan: la burocracia, la violencia institucional y, en general, el sinsentido de estar atrapados en sólo un rol posible: el profesional experto que ejerce como policía o soldado para una estructura feudal enemiga del movimiento natural de las personas.
Dejemos que el aire fluya y permita respirar a las personas. Entre tanto, que Hermes les ayude a encontrar, a su manera, su propio camino.
Dejemos habitar, a su manera, al zorro que llevamos dentro.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
