La brújula de la vergüenza

[…] La vergüenza apareció en su doble versión: como fuerza que inhibe los procesos de diferenciación —o los enmarca—, pero también como brújula de incomodidad que indica la frontera fértil en la que pueden emerger fenómenos liminales, a saber, seres, experiencias, ideas, deseos… que no son posibles en el centro de nuestros mundos. […]

Estuve a punto de no publicar el último artículo. Me daba vergüenza. 

La vergüenza es una emoción muy jodida, nos constriñe amenazando con el vagal-dorsal más absoluto. Eso ya te lo sabes. Pero también puede verse como una brújula que señala con precisión milimétrica el lugar donde uno está comprometiendo las lealtades (familiares, laborales, históricas o culturales): uno se sale del tiesto y siente la amenaza de ser sancionado y expulsado del grupo, de una manera literal o simbólica. 

La vergüenza es la forma de autocensura más eficiente, porque no es el resultado de un poder que se impone desde la fuerza, sino de algo mucho más sutil y soterrado: nos inhibimos para evitar la expulsión, la amenaza de exclusión, la mirada estigmatizante o el rechazo en sus variables menos explícitas, como la condescendencia, el paternalismo o la patologización. 

Y ayer, cuando hablé de mi experiencia personal desde fuera de la lógica del taller, temí todo eso. ¿Estaba mostrando un punto demasiado vulnerable? ¿Cómo reaccionarían mis colegas de profesión? ¿Me colocarían una etiqueta diagnóstica? ¿Se invalidaría mi experiencia?

La vergüenza apareció en su doble versión: como fuerza que inhibe los procesos de diferenciación —o los enmarca—, pero también como brújula de incomodidad que indica la frontera fértil en la que pueden emerger fenómenos liminales, a saber, seres, experiencias, ideas, deseos… que no son posibles en el centro de nuestros mundos. Pero que también existen. Un centro en el que nos colocan y anclan esas mismas lealtades, limitando nuestra perspectiva del mundo, de las relaciones, y de nosotras y nosotros mismos. 

Seguramente no sea posible el pensamiento crítico sin dos criterios: la negación de la realidad (“eso no es asi”) y un sentimiento profundo de vergüenza. Y es importante que nos demos cuenta de esto, porque esta emoción es paradójica: inhibe pero también señala un camino incómodo, desconocido, pero que es el único que puede llevarnos a otro sitio. ¿Mejor que el otro? Ni pajolera idea. 

Me sentí incómodo —estuve mirando los comentarios que pudieran aparecer con una ansiedad que lo flipas— y, seguramente, hice sentir incómodas a algunas personas. Lo sé. Tuve la sensación de borrar todo y seguir como si no pasara nada, en paz, cocinando la lasaña de berenjenas que tenía entre manos. Pero finalmente lo dejé, y que sea lo que las diosas quieran. Porque creo que, quienes publicamos sobre salud mental, debemos habitar también estas fronteras. Si no, quedan como espacios sin palabras, que no existen y que no forman parte de nuestra experiencia de sufrimiento, reparación y cuidados. 

Si no, acabamos repitiendo como loros lo que dicen nuestros gurús y paradigmas, obviando que la experiencia humana es mucho más rica de lo que puede explicar una teoría. 

Vamos, que dejé que Poseidón hiciera su trabajo: «A tomar por culo, tú publícalo, y a ver qué pasa». Y, de momento, el terremoto sólo ha sido interno. ¿Habrá acontecido algo fuera? 

De momento, no hay comentarios. Espero, de corazón —guiño, guiño—, que sea por vergüenza. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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