Un tótem viviente

[…] Ay, la equivocación. Qué mala prensa tiene, ¿verdad? Por algo la vivimos como una vulnerabilidad que nos expone a las depredadoras y los depredadores: porque estamos en un contexto tóxico en el que los hay. […]

«Uno de los principales errores de las personas que acompañamos a las personas que sufren es permanecer en la mentalidad de taller.»

Si habéis hecho alguna formación conmigo, estarás hasta el ojete de oírlo. La mentalidad de taller implica aplicar a al sufrimiento humano la lógica del experto y la productividad: hay un problema, alguien con el conocimiento técnico para resolverlo que sabe de la posible solución, que programa un proceso que coordina objetivos, medios y fines y, todo eso, termina en una evidente mejora para el cliente-doliente: se constatan resultados que invariablemente pueden evaluarse como positivos. 

La mentalidad del taller nos pone burrotes a las y los profesionales, porque nos otorga automáticamente un estatus de superioridad frente a las personas a las que acompañamos —“yo sé y tú no»— y también en la sociedad, y es uno de los elementos que, sin seguramente pretenderlo, crea las condiciones propicias para que podamos ejercer violencia institucional. A quién no le han dicho eso de “vaya es que tu trabajo es muy difícil”, otorgándole automáticamente un halo de santidad y, lo que es peor, exculpando automáticamente todos los errores o negligencias que haya podido cometer. Con todo ello, nos reporta, también, una falsa sensación de control dao que la mente humana, las relaciones interpersonales y, qué coño, el mundo en general, no funcionan así. 

De verdad, no funcionan así. Lo que pasa es que confundimos la lógica del trabajo, a saber, la coordinación de objetivos, medios, tiempos y evaluación de resultados, con la posición y la estructura afectiva que verdaderamente acompaña. Y, aunque seamos un poco gilipollas, toda la culpa no es nuestra. Parece que las cosas se empezaron a torcer en el momento en el que convertimos el apoyo a las personas vulnerables y vulneradas —que ante se producía de manera espontánea en el seno de la comunidad—, en derecho reconocido, legalmente establecido y, en consecuencia, también en una actividad económica sujeta a la maquinaria laboral. 

Cuando la economía manda, siempre hay personas que se resienten o se quedan fuera: habitualmente quienes no permiten a las personas con poder —en nuestro caso instituciones, empresas o trabajadoras interesadas— ganar en comodidad, tiempo o dinero. 

Hay que decirlo con contundencia: los servicios sociales causamos mucho daño, y gran parte de ese daño tiene que ver directa o indirectamente con la adhesión a la mentalidad de taller, que coloca a las personas a las que debemos acompañar —y no siempre acompañamos— y a sus problemas en la posición de objeto de deseo profesional: tratamos de resolver sus problemas —o ayudar a resolverlos, que no sé si es peor— para sentirnos dignos en la mirada de nuestras compañeras, nuestras jefas, de las instituciones, o de un ente supradimensional que nos diga “te veo, molas, eres guay”. Pero, en este proceso, chupamos a la peña dignidad y agencia, como la araña que muerde e inserta jugos gástricos en su presa, licuando sus órganos para beberlos mejor: porque lo importante no es acompañar bien, sino servir a la maquinaria pesada que a quien debemos pleitesía, como campesinas o campesinos en un estado feudal. 

Como dice una amiga mía, Ana Franco, todo cambiaría mucho si, como sería natural, lo que perdurase en el tiempo fueran las relaciones con las personas a las que acompañamos, en vez del vínculo con empresas, instituciones o compañeras y compañeros a quienes estamos unidos por lazos económicos y de lealtad. ¿Te lo imaginas?

No sé vosotras, pero yo no creo que haya resuelto nunca un problema que me haga verdaderamente sufrir o que perjudique a los míos desde la mentalidad de taller. De hecho, en la mayor parte de los casos ha sido esta estructura la que ha creado las condiciones no sólo para que el sufrimiento emerja, sino para que perdure, y articule respuestas o soluciones que, lejos de ayudarme, han empeorado la situación. Por ejemplo, cuando tuve ansiedad, y me empeñé en quitármela de encima, haciendo fuerza, entre otras cosas porque tenía que mantener el nivel. 

Ahora, que soy más viejo que un bosque, veo la mentalidad de taller como un bandera roja, una equis con un brazo rojo y otro blanco que me señala, justo, la senda por la que no debo ir. Y puedo fingir seguirla, pero en el fondo no voy. 

Salirse de la mentalidad del taller tiene consecuencias asombrosas y formidables. En un primer momento, uno suele sentirse más ligero y más libre. A veces, incluso más ético o más fiel a la propia moralidad. Pero, sobre todo, abre las puertas a la curiosidad y a la creatividad, dos cualidades que todas y todos tenemos, que son básicas para relacionarnos con problemas complejos, pero que no siempre ponemos en juego en nuestro trabajo, quizás por miedo a no cumplir o a equivocarnos, o yo qué sé. 

Ay, la equivocación. Qué mala prensa tiene, ¿verdad? Por algo la vivimos como una vulnerabilidad que nos expone a las depredadoras y los depredadores: porque estamos en un contexto tóxico en el que los hay. 

Os cuento una movida, si me prometéis que no me vais a diagnosticar: 

Esta misma semana identifiqué un problema en mí. Estaba colocando a la niña en un lugar que no le tocaba, y sonos estaba haciendo sufrir a toda la familia. No hace falta que lo cuente, pero sí que diré que me estaba anclando a una sensación muy desagradable en el pecho: una presión que no cedía, y que me hacía más reactivo que de costumbre hacia todo, incluidos mis seres más queridos.  

Consciente de esa sensación y de mi tendencia a pensar en términos de llaves inglesas, tornillos y taladoros, decidí salirme radicalmente de la mentalidad del taller. «No caigas en la mierda de siempre, Gorka». Ése no era el camino. Sólo había barro en el que atascarse. Así que me senté en el coche, cerré los ojos, y coloqué toda mi atención justo ahí, en el centro del pecho, donde dolía, dejando que las imágenes fluyeran libremente por mi mente. 

Las imagenes…

Al poco, mi estado de conciencia cambió. La atención ya no estaba en el mundo físico, sino que se había colocado y asentado en el de lo imaginal. Un rato después, comencé a visualizar una caverna oscura. Sostuve la atención. Y, de repente, apareció, como si llegara desde otro territorio, desde fuera, la figura de un zorro. 

«¿Un zorro?», me pregunté. «Qué chorrada. Qué pinta un zorro aquí. Por ahí fijo que no es.»

Traté de encontrar una imagen que satisficiera más a mi mente supuestamente racional, científica, consciente, si lo prefieres, de taller, pero, cada vez que dejaba mi mente vagar libre, el zorro volvía como si fuera un tótem con vida independiente que quería llamar mi atención. 

«Hostia, que no se va. Y si no se va, será por algo, ¿no?». Lo curioso es que el zorro era una imagen estática: por mucho que la sostenía, no había movimiento. Eso era raro, y me generaba curiosidad. 

Seguí yo haciendo mis cosas, pero ahora con la imagen del zorro presente. Pasaron los días ahora con esa imagen presente, y empecé a pensar que el zorro podría ser una imagen del Dios Hermes, ya sabes, el mensajero del Olimpo, o de esa parte de la mente que se relaciona con otras partes (o dioses) y que convence con astucia, manipula con inteligencia, roba, o flexibiliza con humor nuestro funcionamiento interno, nombrando lo que pasa, pero desde el juego, no desde la rigidez o solemnidad. La fuerza que fluye con lo inamovible de la vida, moviéndose con flexibilidad. 

¿Lógico en el sentido Aristotélico? No. ¿Racional? Pues depende de lo que te permitas, y del estado de conciencia en el que estés. 

Pues ayer mismo iba yo en el coche, escuchando música, y de repente emergió una visión. Sí, como Santa Teresa, pero más cutre y con estilo cyberpunk. Tengo el destello claro —guiño, guiño, a mis alumnas de aplicaciones sistémicas de la teoría polivagal—: la canción dijo “salvándola, pero con humor”. De repente, me sobrevino una emoción especialmente intensa, se me revolvió el pecho y se me saltaron las lágrimas como a un idiota. Y allí que iba yo en el coche, enjuagéndome los ojos, hasta que me permití parar. Ya sabes, las emociones fuertes que emergen de repente y sin sentido aparente son como portales hacia otro lugar. Entonces, profundamente emocionado, pude ver, escuchar y hasta casi oler al zorro. Ya no estaba quito, sino que se reía, me pedía mimos, con esa gracia que sólo los zorros pueden tener. 

«Hostia, es verdad, eras tú, Hermes», recuerdo que me dije, y una parte de mí se asustó señalándome que se me estaba yendo la castaña y que me iban a tener que medicar. Pero no le hice caso, no era la primer avez que me pasaba algo parecido y confiaba en que, en esa emoción que me estaba soltando del pecho, y me llegaba de esta imagen conmovedora, algo íbamos a avanzar. 

¿Hasta dónde? No lo sabía. Era un salto de fe. 

A partir de ahí, todo transcurrió muy rápido. Me ví a mí mismo como Hefesto —es una parte protectora dominante en mi estructura interna, que curiosamente trabaja en una forja, o lo que es lo mismo, en un taller—, golpeando el metal candente, sacando chispas, sólo pendiente de culminar una obra divina, capital. Pero también recordé, o vislumbré, a Hermes bajando al reino de Tetis para convencer a Hefesto de que retorne al Olimpo, como un aliado clave para él. Pude escuchar su conversación, ver las expresiones de su cara, cómo se reían y se relajaban, y como, con esa nueva actitud, Hefesto daba un paso adelante en su destino. Un paso crucial. 

«Hala. Se apoyan. Se conocen. Se llevan bien.»

Mientras, el peso de toda una vida se soltaba de mi pecho. Y yo flipaba como San Juan de La Cruz puesto de monguis. Ya te digo yo. 

Es imposible describir aquí todo lo que vino después. Pero una cosa llevó a otra, Hefesto se relajó y dejó espacio Hermes, al zorro, y pude verme en multitud de ocasiones en las que Hermes había estado y me había sabido guiar bien. Y, en contra de todo criterio científico, le di las gracias en voz alta. Sí, yo, paradigma del ateísmo, le dí las gracias a un dios griego a viva voz. Y entonces me vine arriba y abajo a la vez, porque empecé a ver, como a cámara rápida pero sin perder intensidad, todas las veces en las que Hermes no sólo me había ayudado a mí, sino también a mi hija, como una figura a caballo entre el mundo, mi realidad interna y la suya. Como algo liminal. 

Y, entonces, se muestra en todo su esplendor la frase que dio lugar a ese flipe monumental: “salvándola, pero con humor”. Siento como todo mi mundo se reorganiza en torno a ella. Me aflojo, me suelto, y brutales escalofríos me recorren el cuerpo mientras coloco al zorro, con todo mi agradecimiento, en el pedestal que merece como fuerza protectora. Como mensajero entre mundos. Como alguien que protege de manera más que efectiva, pero sin pretender una obra fija, es decir, justo fuera de la mentalidad de taller. 

Restauro así el culto perdido a Hermes, y asumo el compromiso de orar regularmente en su templo. Y siento, que, con él a nuestro lado, todo va a fluir mucho mejor. 

Esta es la magia de salirse —en este caso por completo— de la lógica impuesta en el territorio que solemos habitar. 

A veces, guiño, guiño, todo mejora por el camino que no puede ser. 

Pero ahora os devuelvo la pregunta: 

¿Hasta qué punto te permite tu contexto de trabajo confiar en los caminos que no han sido trazados por las instituciones, los modelos en los que te has formado, o la cultura en la que estás? ¿Qué formas de narrar la experiencia humana no te puedes permitir?

Lecturas recomendadas: 

Greene, L. (1999). Sabiduría mítica (Trad. desconocido). Ediciones Obelisco.

Hillman, J. (1992). El pensamiento del corazón y el alma en el mundo. Spring Publications.

Jung, C. G. (1968). Los arquetipos y el inconsciente colectivo (R. F. C. Hull, Trad.; 2.ª ed., Vol. 9, Parte 1). Princeton University Press. (Obra original publicada en 1959)

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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