La maldición de Tetis

[…] Tetis pudo haber introducido a Aquiles por completo en la Laguna Estigia. Nada se lo impedía. Pero decidió, en el último momento, que su deseo no sellara por completo el destino de su hijo, dejando, a propósito, ese punto vulnerable. […]

En el momento en el que Hefesto ascendió hacia el Olimpo, grandioso, dispuesto a hacer valer su fabuloso destino, Tetis —la diosa de las aguas que le había dado cobijo, creído en él y ayudado a desarrollar sus talentos— comenzó a sentir el peso de su propia inmortalidad. 

Sí, el peso de la inmortalidad. Entre ella y Hefesto se había abierto un abismo. Hefesto en los cielos, y ella en las profundidades, separados para siempre. El vínculo que, hasta ahora, les había unido —basado en la protección y los cuidados—, se había roto para siempre, dejando a esta madre adoptiva huérfana de su hijo. 

Pasó el tiempo y, por mandato de Zeus —que temía ser destronado por el potencial del hijo que Tetis podría engendrar con otra deidad—, la diosa fue obligada a casarse con Peleo, un simple mortal. 

Peleo era un hombre bueno y ambos fueron felices, hasta que en él comenzaron a verse los estragos de la edad. 

El embarazo de Aquiles duró 30 años. Tetis retuvo con dolor su crecimiento en su útero. Mientras, su marido envejecía. Ella se negaba dar a luz a un ser que se pudiera deteriorar como Peleo, y dejar de existir.

«No puedo cargar con otra pérdida para siempre».

Sólo cuando Peleo murió, aflojó Tetis sus entrañas y Aquiles pudo nacer. El bebé fué expulsado, tras un estornudo violento, y cayó, embarrado, justo en la fosa que iba a albergar el cuerpo inerte de su padre. 

Tetis recogió a un Aquiles fuerte, sano y hermoso. Lo limpió entonces vio, en sus mejillas sonrosadas, la herida de la mortalidad. Nada más verlo, pequeño, sonrosado, vulnerable, manchado por la misma tierra con la que se confundiría pronto su amado, la madre sintió profunda vergüenza y terror. Era una Diosa orgullosa de su linaje y, por tanto, era un Dios lo que debía haber parido. El niño jamás estaría a la altura de ella, sino irremediablemente expuesto a la fragilidad, el deterioro y la sombra de la muerte. Cosas, todas ellas, que desde su condición divina, no podía siquiera concebir. 

Tetis ideó un plan. Lo sumergiría en las oscuras aguas de la Laguna Estigia, dotándole de la inmortalidad. Así, sus miedos cesarían: podría gozar de un hijo a su nivel, y disfrutar de él por toda la eternidad. 

Pero, cuando Tetis iba a sumergir a su hijo, algo tembló. Recordó el ascenso de Hefesto, y todo el dolor de la grieta que se había abierto milenios antes entre los dos. Se vio a sí misma doblegada por este destino eterno: encadenada a una herida que no podía sanar. 

Tetis pudo haber introducido a Aquiles por completo en la Laguna Estigia. Nada se lo impedía. Pero decidió, en el último momento, que su deseo no sellara por completo el destino de su hijo, dejando, a propósito, ese punto vulnerable. «¿Es verdaderamente mi hijo, o la sombra de lo que perdí?» Porque la inmortalidad fija el destino para siempre, pero la muerte abre una frontera hacia lo desconocido que ni siquiera Las Moiras pueden traspasar. 

Tetis no volvió Jamás a ese lugar, negándole a Aquiles un último baño que culminara la transformación, pero, también, permitiéndole llegar a ese umbral, la muerte, que nada puede traspasar.

Aquiles vivió su vida en el umbral entre dioses y humanos. Con la carga de lograr eso que para él estaba tan cercano: la inmortalidad. Sentía que no era digno de su madre, ni de su linaje divino. En consecuencia, se esforzó por ser el mejor guerrero, día y noche, sin descanso. Cuanto más se esforzaba Aquiles, más replicaba —sin saberlo— el mito de Hefesto: el niño que no está a la altura, pero que con un esfuerzo sobrenatural puede trascender como un héroe el agravio que padeció por su origen vulnerable.

Hasta que, en la guerra de Troya, una flecha maldita acabó con él, hiriéndole justo en el punto que su madre había dejado deliberadamente expuesto por amor. En ese momento callaron los mortales y los dioses, a la vez.  

«No soy quien para limitar su destino», se repetía Tetis mientras su hijo estuvo vivo.

Se dice que ahora esa duda le atormenta para toda la eternidad. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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