El goce de La Ley

[…] Es como si, en ausencia de La Ley, así, en mayúsculas, perdieran por completo el andamiaje que les sostiene y que sostiene, también, a las niñas, niños y adolescentes a su cargo. […]

En contextos como en el que trabajo yo, nos encontramos con frecuencia con personas que repiten un patrón: funcionan aparentemente bien mientras hay supervisión —es decir, control— por parte de los servicios sociales, pero, cuando éstos se apartan, recaen en las mismas conductas o actitudes de riesgo que dieron lugar a esa misma supervisión. 

Es como si, en ausencia de La Ley, así, en mayúsculas, perdieran por completo el andamiaje que les sostiene y que sostiene, también, a las niñas, niños y adolescentes a su cargo. 

¿Qué está pasando aquí? 

Vaya por delante que no tengo respuestas únicas o cerradas. Ya sabéis que un mismo fenómeno puede estar sustentado en diferentes explicaciones, a veces, contradictorias entre sí. Pero sí me gustaría abrir las puertas a una posible interpretación. 

Ahí que voy. 

Partamos de un presupuesto: hay personas que, en su desarrollo, no han tenido la oportunidad de gozar con el imperativo de la ley. Y no estamos hablando de gente rebelde —esos siguen otra ley que estiman más justa—, sino de personas con dificultades para disfrutar de la existencia de unos valores que les transcienden, o de un principio rector. 

La mayor parte de nosotras y nosotros, con una personalidad predominantemente “neurótica”, nos contamos básicamente una historia que nos permite sentirnos personas con valor en la mirada de los demás. Es una —y digo “una” a propósito, aunque pueda haber más— narrativa clave, que nos da un lugar en el mundo, estructura nuestro deseo y legítima determinadas formas de protección, en base a una ley que establece lo que se puede y lo que no se puede hacer, pero también —esto es lo que mola, caracola— cómo podemos ser reconocidos como valiosos por parte de las y los demás. 

Es decir, que para una parte de la población La Ley opera como un marco simbólico que regula el goce, a saber, el disfrute asociado a la voluntad de cumplir con el deber. Hablando en plata: gracias a que tenemos integrada cierta moralidad —que necesariamente nos frustra y reprime—, podemos disfrutar de ser “personas de bien”

Pero esto, que es natural para las personas que han podido configurar una relación suficientemente positiva con su deseo, no es válido para todos los públicos. Hay gente que, por circunstancias de la vida, no ha podido integrar esa ley y, por tanto, no puede sentirse valiosa si no hay una figura que encarne ese control desde una posición externa y vertical. 

O lo que es lo mismo, no puede sentirse digna, con valor, en ausencia de una figura externa que represente “lo que se debe hacer”, y que premie señalando (mirando con aprecio sincero) la obediencia que, en ellas y ellos, no emerge de manera natural. 

En estos casos, la ley se vive como oportunidad de goce cuando las y los profesionales supervisan, pero se vive como un peso abrumador (e incluso de manera persecutoria) cuando cesa ese control y, en consecuencia, esa mirada validante. Y claro, la peña se desfasa de lo lindo cuando las instituciones se retiran. En esas condiciones, es lo único que puede ser. 

Aquí la movida tocha es que los profesionales vivimos con estos casos cierta ilusión de control: vemos que las cosas van mejor, y lo atribuimos a nuestra excelencia como trabajadoras y trabajadores, porque nosotras y nosotros también deseamos presumir de resultados para sentir que tenemos valor. Pero eso tiene un reverso tenebroso: cuando esas personas “nos fallan”, es decir, dejar de estar en el lugar del objeto de nuestro deseo, priorizando el suyo propio, pueden emerger diferentes formas de violencia institucional para restaurar el equilibrio de poder: vuelve al redil, oveja descarriada, que me estás dejando fatal.  

En este juego de poder, omitimos que no estamos trabajando de manera transversal lo más importante: la forma que es natural para esas personas de ir “digiriendo” esa ley (en isomorfismo con el proceso de desarrollo que pudo ser), hasta configurarla como una brújula interior que guíe de manera armónica la conducta y el deseo, a saber, que lleve a gozar de hacer las cosas bien. 

Si te resuena lo que digo y te viene algún “caso” a la mente —pongo la palabra entre comillas para denunciar las mecánicas de despersonalización que hemos normalizado y naturalizado—, quizás lo más inteligente sería preguntarnos por las estructuras que ya están vigentes en esas personas y que unen deber, deseo y valor personal

¿Dónde se goza efectivamente de cumplir La Ley, es decir, de ser reconocido en la mirada del Otro? Aunque parezca poco, insignificante, aunque no tenga nada que ver con el mandato institucional tantas veces insensible o cruel. 

De la respuesta que se dé a esa pregunta quizás pueda el espacio que hay que preservar, sostener y, ya veremos cómo, ampliar. Como una joya que cuanto más se cuida, más se exhibe, más brillante se ve. 

¿Te resuena con algo?

¿Lo tienes en cuenta? ¿Trabajas desde ahí?

Imagino que sí. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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