El síntoma como protección ante la mirada

[…] no es exagerado decir que nuestro deseo y el sentido de nuestra vida está irremediablemente atravesado por la imagen que deseamos que el otro tenga de nosotras o nosotros mismos. […]

No lo queremos ver, entre otras cosas, porque es algo que nos interpela y nos expone: a menudo, el síntoma es una forma de protegerse de la mirada.  

A muchas y muchos, nos gusta ir por la vida diciendo que no nos preocupa lo que los demás piensen de nosotros. Que somos plenamente maduros y autónomos, y que nos la pela cómo nos miren los demás, ¿verdad? Pues es una gran mentira, porque todo ser humano, hombre, mujer, niña, niño o adolescente, es profundamente dependiente de esa mirada. 

De hecho, no es exagerado decir que nuestro deseo y el sentido de nuestra vida está irremediablemente atravesado por la imagen que deseamos que el otro tenga de nosotras o nosotros mismos. 

Que sí, que puede haber gente que te sude la podonga, no te digo yo que no, pero seguro que hay alguien, real o imaginario, carnal o espiritual, en cuya mirada quieres verte reflejado de esa forma tan íntima, en la que tú te sientes como alguien con valor en ese guión que has construído para alejarte del vacío y del sinsentido

El problema es cuando esta correspondencia falla, y uno se siente demasiado lejos o demasiado cerca de ser mirado como anhela: 

Porque, a veces, el contexto nos mira de manera radicalmente diferente a cómo deseamos que lo haga. Es como si el mundo nos impusiera un disfraz horrible con el que tenemos que ir a todos lados: a hacer la compra, al trabajo, al médico o a la escuela. Ese disfraz puede ser explícito, como cuando a una persona le “diagnostican” —entrecomillo porque deberíamos prescindir de ese concepto— un determinado “trastorno mental” —nótese de nuevo las comillas— , y todas las personas que conocen esa etiqueta la acaban mirado a través de ese filtro. Pero también puede ser implícito, no simbolizado ni verbalizado, en cuyo caso se vuelve, si cabe, más peligroso, porque es más complicado disponer de recursos efectivos para defenderse de lo que sencillamente no se nombra. 

No hace falta que diga que, si esta discrepancia entre cómo deseo que me miran y cómo siento que necesito que me miren, permanece en el tiempo, la persona desarrollará uno o varios síntomas que, además de protegerla —no hay nada que afecte más al SNA que ser excluído con la mirada—, le lleven a sentir algo de esperanza de que esta situación tan dolorosa pueda ser reparada. El síntoma se convierte, así, en un elemento que permite aunar el deseo de pertenencia (para lo cual necesito aceptar la mirada del otro) y un grito que reclama la identidad en la que uno se ve reflejado con valor, y que el contexto niega, en un acto silencioso pero performativo de verdadera violencia. Repetimos el síntoma porque albergamos la esperanza de abrir una grieta en la mirada del otro. 

Ahora párate un poco, respira, y piensa en qué momentos has necesitado tú de un síntoma para lidiar con esa distancia existencial que amenazaba directamente tu seguridad al cuestionar radicalmente tu pertenencia. 

Pero lo interesante de todo esto es que, con mucha frecuencia, sentir que el otro puede vernos como nosotras y nosotros deseamos ser vistos, también puede ser una formidable fuente de angustia. Y esto es algo que cuesta mucho entender a las y los profesionales que no han pasado por la terapia, que esperan que dar lo que necesitan a las niñas, niños y adolescentes, debería conllevar una respuesta de alivio, seguridad, orgullo o gratitud sincera. Pero, lo que vemos en nuestro trabajo, es que, cuando sentimos que el otro puede colmar nuestro deseo a través de su mirada, puede haber un momento de paz, pero rápidamente el sistema nervioso se predispone a la defensa (hiperactivación o hipoactivación), en un movimiento que desconcierta y que muchas veces atribuímos falsamente al trauma. 

Eso es, hay respuestas que desconciertan que no tienen nada que ver con el trauma. ¿Cómo se te queda el ojete con eso?

Porque es verdaderamente desgarrador para cualquier persona sentirse tan próxima a cumplir su deseo (ser mirada como desea que la miren), básicamente por dos razones: la primera, es que la cercanía a la satisfacción nos expone irremediablemente a la certeza de que ese deseo no puede ser cubierto por el objeto (la mirada) que anhelamos, quedando expuestos a la falta y al vacío que ésta encarna; y la segunda, porque el hecho de ser mirados como de verdad deseamos, implicaría, de alguna manera, que seamos reducidos al objeto de deseo del otro: “si me ve como lo que le puede colmar, ¿dónde queda mi verdadera identidad, con mi mundo interior, mi historia y todos mis matices?” Cumplir con el deseo se convierte así en una amenaza, porque, si el otro me ve como yo deseo, mi verdadera identidad se diluye en su mirada, y quizás proyecte sobre mí expectativas que no voy a poder cubrir o con las que no me voy a acabar sosteniendo. 

Aquí el síntoma emerge también, pero con una función distinta. Protege, pero empuja al sujeto para apartarse de la mirada del otro, en tanto que esta se vive como invasiva, angustiosa o amenazante. Es como si la persona se apartara de la posibilidad de recibir la mirada que anhela, para no confrontarse con la falta o con la disolución de su yo verdadero. Y se repite porque albergamos la esperanza de llegar a una distancia óptima, en la que el otro pueda atisbar cómo nos percibimos, pero sin invadirnos ni diluirnos en su deseo

Y aquí, amigas y amigos, es donde hay oro de altísima calidad, porque el síntoma o la angustia aparecen no como algo a erradicar, sino como un indicador que señala aquello que la persona ha construido como objeto de su deseo, y que está inserto en un guión de vida, que puede facilitarle las cosas o complicarlas que lo flipas, según pa respuesta del contexto. Pero sólo permaneciendo en ese lugar el tiempo necesario, con la compañía adecuada, jodido pero contento, uno puede inventar otras formas más flexibles o libres de lidiar con el vacío y la falta. Dar sentido a su vida de manera más flexible, y con ello, ser un poco más libre para obrar lejos de la cárcel que es ese guión de vida autoimpuesto. 

Y tú, ¿has necesitado un síntoma o un acto para mantener esa distancia óptima que reconoce pero no ahoga?

Seguramente dirás que esto es muy complicado. Seguro que esta dinámica sólo afecta a adultos con alto nivel cultural o de conocimiento. Pues no, estas dinámicas nos afectan a todas y todos desde que somos francamente pequeños, a saber, desde que se constituye nuestra identidad como un todo, a través de la mirada de terceros. Puede explicar en síntoma de niñas y niños de 2 o 3 años. 

Pero no lo vemos. No lo vemos, entre otras cosas, porque resulta muy incómodo reconocer cómo la mirada del adulto (desde una posición de poder estructural) o de los grupos (desde otra posición de poder numérica) puede hacer sufrir tanto a las niñas, niños o adolescentes a nuestro cargo. No lo vemos porque verlo no sólo nos confronta con nuestra incompetencia o nuestra negligencia, sino también a lidiar con cómo nuestro deseo adulto, impone a la infancia un lugar en nuestro propio guión de vida, creando y sosteniendo carencias elementales que no se resuelven, a no ser que el adulto, en este caso, esté dispuesto a evaluar su deseo, movilizarlo, y el impacto que éste tiene en la infancia a la que atiende. 

Pero, ¿qué puedo hacer con mi deseo sin que se comprometa mi seguridad, mi identidad y el sentido que he dado a mi vida?

Menuda pregunta. 

Menuda…

Basado en el trabajo de J. Lacan, la teoría narrativa y cierta mirada sistémica.  

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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