[…] En esos momentos necesitamos de un ajuste o un desajuste creativo que nos permita que esa cuerda baile de nuevo en su óptima tensión. Porque, cuando esa cuerda no funciona, el mundo se siente como vacío, anodino o desgarradoramente hostil. […]
«La vida es lo que pasa cuando se da la tensión justa entre el sufrimiento y el amor.»
Siento que en nuestra mente hay dos duendes que se dan la espalda y tiran de una cuerda fantástica. Cuando la tensión es adecuada, ni muy floja, ni muy tensa, vibra y emerge la banda sonora que necesita nuestra vida.
Uno de esos duendes es el Guardián del Amor. Vela porque no nos faltan las personas a las que queremos, y para que siempre podamos refugiarnos en sus brazos cuando lo queremos y lo necesitamos.
Otro de esos duendes es el Guardián del Sufrimiento. Cuida de que en nuestra vida siempre exista la intensidad y el dolor que necesitamos para sentir que ese amor es poderoso, trascendente y profundo.
La vida es lo que emerge naturalmente cuando ambos logran que la cuerda esté en su óptima tensión. Entonces, la vida duele tanto como debe doler, y es justo en ese dolor donde podemos sentirnos acompañados por las personas que nos importan, siendo protagonistas de las historias que más nos pueden enorgullecer, con la máxima profundidad que nuestros recursos pueden tolerar.
Sin embargo, en ocasiones la vida nos expone a catástrofes o problemas que tensan demasiado esa cuerda o la dejan sumamente floja, sin que pueda vibrar en la frecuencia que permite que nazca la belleza que necesitamos para ilustrar, acompañar o resaltar los eventos de nuestra vida.
Puede que nos falte el amor y, entonces, el sufrimiento se vuelve intolerable.
O puede que nos falte el sufrimiento, y el amor se sienta tenue o vacío.
Puede que haya demasiado amor, y que necesitemos del dolor para darle sentido.
O puede que haya demasiado sufrimiento, y que necesitemos una dosis medicinal de amor, para la que nosotras, nosotros, o las personas que nos acompañan, no estemos acostumbrados.
En esos momentos necesitamos de un ajuste o un desajuste creativo que nos permita que esa cuerda baile de nuevo en su óptima tensión. Porque, cuando esa cuerda no funciona, el mundo se siente como vacío, anodino o desgarradoramente hostil.
Es habitual que esos síntomas nos hagan sufrir, y que los vivamos como un mero problema. Y no seré yo quien romantice el síntoma, porque efectivamente puede generar un terrible dolor, tanto a la persona que lo padece, como a los suyos. Pero, quizás sea ya la hora de señalar, también, con cuidado pero con seguridad, que el síntoma es, en muchas ocasiones, la forma de recuperar esa óptima tensión: la vitalidad que las circunstancias, a veces, se empeñan en destruir.
Y para ello, a veces, hay que azuzar al duende del amor. Pero, en otras ocasiones, hay que pinchar al que se encarga de hacernos sufrir para honrar ese mismo amor. O, lo que es mejor, invitarles a darse la vuelta, mirarse a la cara, e iniciar un diálogo que les permita organizarse mejor.
Porque, en la mayor parte de nosotras y nosotros, esos personajes se tratan como enemigos, sin entender que son interdependientes para colorear nuestra existencia y convertirnos en protagonistas de historias que merecen la pena vivir.
¿Porque a dónde nos lleva sufrir sin amor?
¿Y a dónde nos lleva amar sin sufrir?
Vaya por delante que esto no es una justificación del maltrato, ¿vale?, que os veo venir. Pero explica de una manera poética y realista porqué, a menudo, nuestras hijas e hijos nos hacen pasarlas canutas, casi a voluntad. Adquiere sentido en el contexto de relaciones de altísima intensidad, en las que, a mayor presencia del amor, más se requiere del sufrimiento, para que éste se demuestre, sostenga, o adquiera sentido y profundidad.
Y repito, hay muchas formas de sufrir sin maltratar. Es muy fácil entender el sentido del síntoma cuando éste cumple con la función de sostener los cuidados del otro, pero muy complicado cuando es una forma de sostener los niveles de sufrimiento que merece la intensidad de nuestro amor.
No es que nos quieran fastidiar, es que necesitan sufrir para sentir ese amor de manera más encarnada o visceral. Especialmente cuando su dotación de fábrica y su historia, les predisponen a una mayor sensibilidad.
Porque, ahora, caben unas cuantas preguntas para ti:
¿Recuerdas algún momento en el que hayas necesitado pasarlo mal para honrar el amor?
¿Algún momento en el que el amor haya peligrado frente a la tranquilidad?
¿Crees que hay, en tu historia, momentos en los que el amor fue tan fuerte que necesitaba que sufrieras por él?
¿O en el que el sufrimiento necesitaba cotas de afecto que los tuyos no pudieron sostener?
¿Cómo te lo explicaste?
¿Cómo te ajustaste ante esta realidad?
¿Qué te dirías ahora, con lo que acabamos de hablar?
Lo que a veces parece un síntoma, o una “enfermedad mental”, no suele ser la forma de recuperar —o, al menos, sentir que se puede recuperar— la vida encarnada a la que tenemos derecho, y que nunca, nadie, debió comprometer. O de devolverle los colores que merece, como la obra de arte que es.
¿Qué se despierta en tu corazón cuando te empiezas a creer que tus hijas o hijos necesitan de esa intensidad?
Porque muchas de las soluciones que naturalmente articulamos van precisamente en contra de ella.
Aibalahostia.
¿Se ve?
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
