[…] Y, en estos casos, la forma más eficaz de sostener estas injusticias y esta violencia, a tantos ojos evidente y descabellada, es permitir cierta desublimación represiva, es decir, cierta expresión primitiva del malestar que alivie, pero no cuestione los fundamentos los sistemas implicados. […]
Vivo con el miedo a que todos los esfuerzos que hago para cambiar las estructuras o metodologías que me parecen injustas o dañinas, sirvan paradójicamente para sostenerlas o reforzarlas.
A que mis pataletas sirvan como un válvula de escape que permita aliviar tensiones, evitando acciones mucho mejor orientadas a construir un contrapoder efectivo que permita cambiar realmente las cosas: la desublimación represiva (Marcuse, 1964).
Todas y todos sabemos lo que es la sublimación freudiana, ¿verdad? Ese proceso por el cual una persona se adapta al contexto —no sin esfuerzo, ni sin sufrimiento— transformando su energía impulsiva (libidinal) en algo superior, adaptado a las necesidades o el código moral de la sociedad; y que yo diría que es uno de los pilares básicos para la constitución de una personalidad neurótica, es decir, que tenga una buena relación suficientemente buena con el lenguaje y el deseo.
La sublimación es, en definitiva, lo que nos convierte en seres sociales capaces de priorizar —al menos, a veces— el interés colectivo sobre el personal, y obtener cierta satisfacción de ello.
Pero, lo que no tenemos habitualmente en cuenta es que este proceso se puede dar en sentido contrario, a saber, que podemos pasar de ese funcionamiento superior y prosocial, a uno más básico e instintivo, siempre que el contexto social permita, de alguna manera más o menos controlada, ese retorno a lo más primario.
Pero, ¿por qué permitiría un sistema (social o familiar) esa regresión impulsiva? ¿No iría en su contra?
No del todo. Piensa en que, a veces, estar inmerso en determinados contextos implica un malestar formidable. No sólo, como al parecer decía Freud, porque la cultura impone una represión de los instintos básicos, sino porque, a veces, esos contextos imponen determinadas formas de violencia (laboral, relacional, económica, estructural, moral, etc.) tanto a las personas que forman parte de los mismos, como a quienes supuestamente tendrían que cuidar y proteger, convirtiendo a muchas mujeres y hombres en testigos pasivos de estas injusticias.
Y, en estos casos, la forma más eficaz de sostener estas injusticias y esta violencia, a tantos ojos evidente y descabellada, es permitir cierta DESUBLIMACIÓN REPRESIVA, es decir, cierta expresión primitiva del malestar que alivie, pero no cuestione los fundamentos los sistemas implicados.
Por ejemplo, ocurre mucho en las familias cuando se permiten estallidos de furia asociados a eventos concretos. Pero, cuando la mirada se coloca en el problema o en lo que ha acontecido, paradójicamente se evita hablar o cuestionar las relaciones que, precisamente, han permitido que el suceso acontezca. Se permite, así, cierta expresión de la rabia y la violencia, pero sin cuestionar las estructuras que, en última instancia, crean sostienen los problemas.
Ocurre, también, cuando la sociedad permite ciertos movimientos que enarbolan la bandera de la rebeldía como, por ejemplo, el Hip-Hop, o el Trap, que permiten esa conexión con la rabia y esa descarga libidinal, impidiendo que se organice en una propuesta colectiva eficaz que cuestione la narrativa o el orden imperante.
Punk y circo.
O cuando aparece un blog como éste, de un calvo muy cabreado que pone palabras a lo que muchas y muchos piensan, permitiendo cierta liberación de la agresividad y cierto sentido de comunidad, para que os quedéis a gusto y no queméis el mundo después de lo que habéis visto, experimentado, sufrido y vivido.
Y os quedéis de nuevo como las estructuras nos quieren: sólas, desconectadas y frías. Con una deprimente sensación de desesperanza e impotencia.
Lo digo y a ver qué pasa: gran parte de esa sensación de mierda, tiene que ver, seguro, con el hecho de leer textos como éste y sentir que no hay estructuras combativas que permitan hacer nada efectivo.
Porque no os engañéis, colegas. Si somos estrictos, este trabajo no aporta prácticamente nada. No cambia las cosas. Lo que las cambiaría sería, en todo caso, asociarnos para crear un contrapoder efectivo, militante, con poder combativo y de denuncia. En el que estén representados no sólo las y los profesionales que se sienten obligados a causar daño, sino también las personas damnificadas, adultas y menores de edad, dándoles la voz que necesitan.
Quienes nunca están presentes en formaciones, jornadas y congresos.
Decir, de una vez por todas, que lo que tenemos en el ámbito educativo, sanitario y social no vale. Y que tampoco es posible una renovación efectiva. Que hace falta una demolición y una reconstrucción sobre unos nuevos pilares y cimientos que no estén al servicio de la lógica del capital, sino de los derechos inalienables de las ciudadanas y de los ciudadanos. Derechos que se vulneran día tras día porque no existen estructuras que resulten verdaderamente efectivas para que las personas damnificadas puedan defenderlos.
Dando mucho de nuestro tiempo, y arrisgándonos a cuestionar nuestros medios de vida y nuestros privilegios.
Que, hostia, por eso no lo hacemos.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
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Referencias:
Freud, S. (1930). El malestar en la cultura (trad. de L. López-Ballesteros). Alianza Editorial.
Marcuse, H. (1964). El hombre unidimensional: Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (trad. de J. Fontcuberta). Ariel.
