Carta desde los ojos

[…] Gestos todos ellos que te devuelven, una y mil veces, que eres menos que los demás porque no eres capaz de lidiar con la información, sensaciones y emociones que le resultan naturales al resto del mundo. […]

«Siempre he vivido en un mundo paralelo. En un espacio y, quizás, también en un tiempo en el que no parecían estar el resto de personas. 

Es una especie de universo alternativo, tan real como el que resulta evidente, pero que, a mí, me resulta mucho más fascinante. Si tuviera que describirlo con una analogía rápida, diría que es algo parecido al “Mundo de las Ideas” de Platón, en el habitan las esencias de los objetos y las relaciones naturales entre ellos. 

Una vez, mi terapeuta me llevó a conectar con la parte del cuerpo donde están mis recursos, y los encontré en mis ojos. Pero no en la parte superficial, sino en un lugar más hondo, en la zona que conecta el nervio óptico con el cerebro. Entonces, no le di ninguna importancia. Me esperaba otro tipo de experiencia. Pero, ahora, un poco más viejo, puedo ver que, en efecto, puedo ver a través de las apariencias, accediendo a un nivel más profundo. 

Qué suerte tienes, te dirás; pero no sabes lo complicado que ha sido convivir con estas capacidades y recursos. Porque vivir en ese mundo platónico, formado por definiciones, números, relaciones y patrones —que, repito, son tan reales como el sabor de una galleta—, me ha dificultado o impedido sentir o percibir lo que literalmente tengo enfrente: las conversaciones de fútbol, los cotilleos entre iguales, la competitividad por quién es el más guay, o los juegos más humanos. Y, cuando se es un niño o un adolescente, hay mucha gente que piensa y te hace pensar que eres gilipollas por no amoldarte al patrón estándar que configura y, lo que es peor, legítima las relaciones humanas. 

«Es raro.»

«Piensa en tonterías.»

«Está loco.»

Y todo ello, acompañado de secretos, pataditas bajo la mesa y risas. 

Gestos todos ellos que te devuelven, una y mil veces, que eres menos que los demás porque no eres capaz de lidiar con la información, sensaciones y emociones que le resultan naturales al resto del mundo. 

«Tío, es que vives en un mundo paralelo», te dicen, desacreditando toda tu experiencia. Porque, si el mundo en el que vivo no es real, ¿qué dice eso de mí, de mis deseos, de mis aspiraciones y de mi historia? 

Es natural y comprensible que uno no quiera estar en ese lugar. E incluso que acabe dándole un poco de miedo. Y es lógico que uno trate de amoldarse a lo que se supone que es hacer las cosas bien para formar parte de los diferentes grupos, a través de diferentes recursos o estrategias: hacerse el gracioso, meterse con los demás, parecer tonto, beber demasiado en las fiestas o cultivar una imagen ruda que nada tiene que ver con el contenido de dentro. Hasta el punto de que uno llega a confundir su identidad con la máscara que se ha puesto, obviando el esfuerzo y el cansancio que implica ser otra persona supuestamente más amable para esos grupos. 

Y acallar un poco la actividad de la red neuronal por defecto. 

Es verdad que tengo una capacidad formidable para disociarme. Pero esto, amigas y amigos, no es disociación. No es una vía de escape, sino todo lo contrario. Es una forma de conexión con mi yo más profundo, con mis deseos más elevados y las emociones que tienen el potencial de dar sentido a mi vida. Necesito estar en el mundo de las ideas, con Platón Fiambre, para recargar pilas y poder enfrentarme a la vida con la conciencia de que lo que hago está más o menos bien hecho. Que igual la cago, claro, pero, al menos, trato de hacer las cosas con la profundidad que es natural en mis ojos. 

Porque, aunque a menudo no se entienda, la profundidad es un valor independiente de los resultados. 

Y eso, a pesar de lo que sigo escuchando, no me convierte en alguien estúpido, menos práctico o en un bicho raro, sino en una persona con el poder de ver más allá de las apariencias el mundo que para muchas y muchos otros les ha sido vedado o prohibido. 

Coño. No hay nada malo en eso. 

Tenía que decirlo… Hacerlo explícito es un primer paso para la reparación que todavía tengo pendiente. Algo necesario, pero insuficiente. Insuficiente porque décadas de falsearme e importarme no se reparan sólo con una mirada apreciativa, sino que también requieren la cercanía, la conexión y el aprecio de otras personas que den valor a esta experiencia. 

Que puedan y quieran acompañarme en esta exploración intensa, profunda y fascinante, de los patrones que subyacen a las cosas, y que conforman ese mundo maravilloso, ya sabes, el mundo de las ideas.

Porque no soy frío, sintonizo en vuestra misma frecuencia.

Conmigo no hace falta que os ocultéis. Ya no soy un peligro.»

Anónimo. 

4 comentarios en “Carta desde los ojos

  1. No es #disociación todo lo que parece. A veces, lo que “aparece” con el disfraz de fenómenos disociativos son, en realidad, los recursos que la persona ha podido articular para mantenerse conectada y fiel a lo que le resulta verdaderamente importante. Los esfuerzos legítimos que ha hecho para enfrentarse a las sutiles pero demoledoras violencias que implican mensajes del tipo “no eres adecuada tal y como eres”.

    Desconexión y conexión pueden manifestarse de la misma manera.

    Cuidado con etiquetar como “una herida” lo que no lo es, porque corremos el riesgo de entablar una lucha contra la parte más sana y más conectada a la vida de las personas a quienes acompañamos.

    Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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