[…] Pero es muy complicado intuir o ver los intentos que esa misma niña o ese niño hace para protegerse del abandono o la traición de sus seres queridos. A saber, de lo que ocurre cuando violencia explícita cesa. […]
Hoy, como el resto de los días del año, muchas niñas y muchos niños se sentarán a la mesa con el hombre que agrede física y moralmente a sus madres.
Puede que se finja que todo va bien, ya sabes, para no tener el día, o que la cosa se tuerza con el alcohol —o con la excusa que sea—, peligrando su integridad y su vida.
Niñas y niños rotos que, como sus madres, están también atrapados en el ciclo de la violencia machista, ya sabes, agresión, arrepentimiento, luna de miel, escalada, y una nueva agresión que coloca todo patas arriba.
Niñas y niños que SUFREN EN TODAS ESAS FASES, incluso en las que no están expresamente definidas por la violencia, actuando para protegerse en todas ellas.
Porque es fácil empatizar con una niña o un niño que se coloca como un escudo humano para proteger a su madre, ¿verdad? Que recibe los golpes porque, para ella o para él, es más seguro que le hostien vivo a perder a la única persona que le puede dar algo de seguridad en la vida. Es fácil simpatizar con la pequeña que trata, por todos los medios, de dar fuerzas a su madre para que escape del maltrato, o que desarrolla un síntoma para que el cabronazo y ella se alíen para asistirlo, y dejen por un momento sus conflictos fuera. O que se esfuerza por complacer al hombre violento, en un vano intento porque esté satisfecho y no deje salir al maldito diablo que lleva dentro.
Pero es muy complicado intuir o ver los intentos que esa misma niña o ese niño hace para protegerse del abandono o la traición de sus seres queridos. A saber, de lo que ocurre cuando VIOLENCIA EXPLÍCITA CESA.
Porque cabe preguntarse, claro que sí, qué pasa con ese niño que se ha expuesto, cuando el maltratador trata de seducir y reconciliarse. Cuando, con carita de cordero degollado, trata de conservar esa relación de sumisión desde el aparente arrepentimiento y la culpa, llevándose consigo la lealtad de la mujer maltratada, que necesita de esa promesa de paz, tranquilidad y bienestar, para sentirse segura y sentir seguros a sus seres queridos.
Y es que ese arrepentimiento y esa promesa de cambio no suele estar dirigida a las niñas y los niños, que acaban siendo TESTIGOS PASIVOS de unos acontecimientos que se reproducen y repiten como el karma, semana tras semana. Y que, ahora, sientan alejarse a sus madres, en un intento desesperado de recobrar el bienestar perdido. Unas madres, ahora, mucho más vulnerables a la manipulación perversa, que pasa por aislarlas socialmente, incluso de sus hijas e hijos.
Unas hijas y unos hijos que, ahora, ven como su madre se alía con el maltratador, porque no les queda otra, descontextualizando sus síntomas:
«No es para tanto.»
«¿Cómo te pones así?»
«No ves que hora estamos bien.»
«Eres un exagerado.»
«Anda, no nos des otra vez el día.»
Palabras que llegan junto al ALEJAMIENTO de la persona a la que más quieren, que necesita ahora cubrir las necesidades del hombre violento porque, si no, aparece una amenaza implícita: “o satisfaces mis deseos o regresamos al infierno”.
Se dan, entonces, las condiciones perfectas para el DOBLE VÍNCULO, a saber, dos exigencias contradictorias e irresolubles: “tienes que protegerme, pero te reprocho que lo hagas”.
¿Qué se puede hacer con eso?
Es justo, este sentimiento de traición, el que atenaza el corazón de tantas niñas y niños heridos por la violencia de género, que no solo han tenido que protegerse, proteger a sus hermanos y proteger a sus madres, sino que han sido señalados, subyugados, etiquetados y reprimidos por hacerlo. Por sus madres, por sus hermanos, y por todos los adultos que no han sabido entender su comportamiento a la luz de unas circunstancias que, por su propia naturaleza, permanecen ocultas. Reprochándoles que hay algo malo en ellas y en ellos.
Niñas y niños que crecen con la idea de que el mundo es un lugar amenazante y violento, donde es mejor formar parte de los depredadores que de las víctimas indefensas. Y que van cultivando la violencia, poco a poco, día tras día, como una forma de estar sentados a la mesa, en vez de descuartizadas o descuartizados con su guarnición de guisantes, en un plato. Personitas que van acumulando, en paralelo, resentimiento hacia las únicas personas que pudieron darles algo de seguridad en los momentos más tempranos de su vida, y a las que ahora ven como despreciables traidoras, que les han vendido a un precio ridículo.
Esto, explica, en cierta medida, por qué las niñas y los niños violentados —especialmente ellos— reproducen la violencia de género. Primero hacia sus madres, y luego hacia otras mujeres que cumplan o puedan cumplir funciones de cuidado en sus vidas. Tiene que ver con el rechazo visceral de la propia vulnerabilidad, pero también con la desconfianza de base hacia las personas que podrían despertarla sirviendo de refugio seguro. Un refugio al que se desea, pero no se puede acceder, por miedo a sentir esa amenaza de traición tan profunda.
«Si me acerco a ti, me causarás daño. Y como me vas a joder, seré yo quien te someta antes para tenerte como una propiedad sin voluntad, sin riesgos para mi persona.»
Todo ello en un contexto socioeconómico que valida y promueve la superioridad moral, económica e intelectual de los hombres sobre las mujeres, en el que la violencia se reconoce sólo en las fases donde son posibles testimonios bien fundados y marcas. Pero la verdadera violencia, la que verdaderamente marca y duele, no tiene tanto que ver con eso, sino con la PÉRDIDAD DE CONFIANZA en los seres más queridos, y el DERRIBO DE LOS REFUGIOS en esa maldita guerra.
Una pérdida de confianza y una traición que, quizás, nunca lo fueron… sino tan sólo la forma natural que las personas tenemos de protegernos de esa MALDITA VIOLENCIA. Una violencia arraigada en la forma que tenemos de construir esta masculinidad tóxica, en la que la única forma legítima de expresar las emociones pasa por el ejercicio del poder y la violencia.
No lo olvides. Lo importante suele acontecer cuando nadie mira.
En lo que nadie valida.
En lo que va a pasar hoy mismo, cuando toda la familia se siente, aparentemente feliz, a la mesa.
Por una navidad en la que no se obvie el sufrimiento de la infancia como consecuencia de este tipo de violencia.
Felices fiestas.
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
