La niña que murió dentro 

[…] Y eso articula, probablemente, un relato en el sistema nervioso autónomo de esta madre: “un día maté a mi hija, no pude hacer nada para salvarla; por eso, porque no soy competente como madre, ahora tengo que tener mucho más cuidado para no perderla”. […] 

Ana llega a consulta porque la situación en casa se ha vuelto insostenible. Se siente profundamente culpable porque, según explica, sabe que está destruyendo su matrimonio, pero no puede evitarlo de ninguna manera.  

Al ser preguntada acerca de cómo se está produciendo ese “proceso de destrucción”, es capaz de identificar que hay un montón de discusiones con su marido, y que la mayor parte de estas discusiones tienen que ver con el hecho de que él le empuja a ser menos sobreprotectora con su hija, mientras que ella se resiste, echándole en cara a él que es insensible ante las necesidades de la niña.  

Se trata, según expresa, de discusiones en las que ambos entran en una escalada y que se resuelven —esto es importante— con ella hundida en la miseria, llorando, y él tratando de consolarla sin saber ni poder acceder a ella.  

Explorando las sensaciones que se disparan en ella en esos momentos, es capaz de identificar una pelota dura y de superficie lisa en el pecho, que el profesional identifica como angustia muy intensa., pero también hace referencia a cierta sensación de irrealidad y “apretón” justo debajo del estómago, lo que sugiere miedo. Cuando se le pregunta cuándo siente que es la primera vez que siente esa angustia en su máxima intensidad, dice que aparece antes de las discusiones, normalmente cuando la niña llora o hace mañas.  

Esta información lo cambia todo, porque parece que el dolor de Ana no está sólo vinculado a las discusiones con su marido, sino especialmente a la relación que tiene con su hija.  

Explorando con ella la historia de la niña, describe que es una niña de alta demanda, muy sensible y que siempre ha necesitado cuidados especiales. Pero, al ir más atrás en el tiempo, al momento del parto, sale a relucir una información que es a la vez dolorosa, clarificadora e interesante.  

Según cuenta Ana, su embarazo fue estupendo. Casi tal y como siempre lo había deseado. Pero, en el último momento, se complicaron mucho las cosas. El parto duró más de lo esperado y, según dice, la niña se atoró en el canal de salida. Hubo un intenso sufrimiento que acabó con una alarma de paro cardíaco de la niña mientras todavía estaba dentro de ella.  

Al preguntarle sobre cómo vivió ese momento, Ana explica que, sorprendentemente, lo vivió con bastante tranquilidad: como si fuera una película que yo sabía que iba a terminar bien, a fin de cuentas, sabía que estaba en las mejores manos, y que los médicos sabrían qué hacer para sacarla adelante sin daño alguno.  

Rápidamente, el personal médico sacó a la niña. Y con gran júbilo, celebraron con la madre que todo estaba bien. Que, aunque tenían que tenerla unas horas en observación, no había daños graves.  

Al ser preguntada sobre el presunto alivio que tuvo que sentir, ella responde que no lo recuerda. Que, también, en esos momentos se recuerda tranquila. A fin de cuentas, ella sabía en su fuero más interno que todo iba a ir bien, sin problemas de ningún tipo.  

Algo no cuadra, ¿verdad? 

Cuando una persona vive un evento tan terrible, es normal que recurra a mecanismos disociativos para enfrentarlo y soportar el recuerdo. Es habitual que el cuerpo se desconecte de la mente (y de los recuerdos), y que uno se refugie en una fantasía de salvación que no cuadra con los acontecimientos objetivos. Pero, en paralelo, y aunque no se sienta, el cuerpo queda cargado de la energía formidable que estaba orientada a protegerse y proteger a los seres queridos de la amenaza, pero que no pudo liberarse porque no había esperanza alguna de que la situación se resuelva de manera positiva.  

Esa energía, atrapada y codificada en el cuerpo, puede salir más tarde de manera desorganizada, ante estímulos que no necesariamente están relacionados con los eventos que la colocaron ahí, pero que, de alguna manera, pueden estar relacionados. Como, por ejemplo, el llanto o las mañas de María que, a fin de cuentas, son las formas naturales que tienen las niñas y niños de pedir ayuda.  

Una ayuda que, en el caso de esta peque, no le pudo dar su madre mientras sentía que se le moría. Y se le moría dentro, con toda la carga de culpa que eso conlleva. Y eso articula, probablemente, un relato en el sistema nervioso autónomo de esta madre: “un día maté a mi hija, no pude hacer nada para salvarla; por eso, porque no soy competente como madre, ahora tengo que tener mucho más cuidado para no perderla”.  

Es una explicación posible a la sobreactivación de las respuestas protectoras ante el llanto o las mañas de la niña. Las mismas que están motivando una respuesta entagónica de su marido, y poniendo en riesgo la única relación que, al haber estado en el mismo lugar y en el mismo tiempo, puede tratarla de manera empática y comprensiva.  

Y no las respuestas simplistas que damos muchas y muchos profesionales —casi emulando a mi amigo el juez de menores prodigio— tachando a este tipo de madres de sobreprotectoras, y juzgándolas duramente de manera directa o indirecta, invitándoles a esforzarse por hacer de manera diferente las cosas, cuando no a dar mano dura, sin considerar que, para su sistema nervioso autónomo, saturado por la vergüenza y el miedo, desatender a las llamadas de auxilio de su cría es enviarla irremediablemente a la muerte.  

En el caso de Ana y María, una muerte que ambas ya han vivido.  

¿Qué pasaría si se hiciera explícito este relato con un marido que, sin saberlo, está reprochando s su mujer el impulso que todavía siente de salvar la vida de la hija de ambos?

Cago en diez. Veamos más allá de lo visible.  

Atendamos y exploremos el relato oculto en el sistema nervioso autónomo de las personas.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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