Cuando se da un golpe, esperamos 3 segundos para que ella sienta qué es lo que necesita de nosotros. Luego hacemos así 👇🏼
Era muy tarde y estaba cansada. Al caer se había agarrado a uno de nuestros muebles, y al girar sobre sí misma, se había retorcido un poco la mano. Total, que había aterrizado con la cocorota. Se había hecho daño.
Corrió a los brazos de su madre, con expresión asustada. Ella la recibió, primero, mirándole a la cara para valorar la gravedad del daño; y luego dándole el abrazo de consuelo que tanto necesitaba.
Cuando se calmó, tras unos pocos segundos, se dirigió a ella preguntándole:
—Cariño, ¿te acuerdas de lo que ha pasado?
Y aquí es donde se produjo la magia.
Amara —de ahora 16 meses— se deslizó de su regazo y volvió al suelo. Se acercó al lugar donde se había caído, y señaló hacia abajo diciendo «¡pum!». Y luego se llevó la mano a la cabeza y se golpeó a sí misma con la mano abierta, señalando el sitio donde se había hecho daño.
Creo que el tema de los golpes es una de las cosas que primero hablamos; y sobre el que no nos costó nada llegar a un acuerdo.
Simplificando mucho, seguimos las siguientes normas:
– Cuando se golpea, esperamos 3 segundos largos antes de intervenir, a no ser que “corra la sangre por el suelo”.
– Valoramos la situación en función de su respuesta, no del tipo de gol.e, ni de nuestros miedos.
– Si la respuesta es una queja, nos acercamos a ella, le preguntamos qué tal está, y le damos la mano para levantarse del suelo. O parecido.
– Si llora mucho, y el dolor o el susto la desbordan, la tomamos en brazos y la reconfortamos con un abrazo. Y si la cosa necesita un suplemento extra, con la teta.
– Y cuando ella se siente mejor, y vuelve a sentirse integrada y valiente, volvemos juntos al lugar del accidente, y le explicamos con mucho teatro y sentido del humor qué es lo que ha pasado. Nos sabéis cuánta atención nos presta.
«Mira, Amara. Tú ibas por aquí, despistada, siguiendo a la paloma, y sin esperarlo, te has tropezado con la alcantarilla y ¡pum! te has caído al suelo. Te has hecho pupu en la rodilla ¿ves? Te ha asustado mucho, pero la “pupu” ya no está ¿verdad?».
Y si hay sangre —y no requiere de un médico—, también.
Recientemente, hemos añadido otra. Si la vemos bien, le invitamos a que sea ella quien nos explique lo que ha pasado.
Flipando pepinillos de colores, nos tiene.
Lo habitual es que decida repetir la azaña pero con mucho más cuidado ¡olé mi valiente!
Es uno de nuestros “trukis” para ayudarle a sentir más seguridad. Que cuente con tiempo para sentir la herida, para valorar si necesita o no nuestra ayuda, que sienta que estamos disponibles para ella, que nuestra respuesta es proporcional a lo que necesita, y que tenga la oportunidad de —más calmada— integrar qué es lo que ha pasado para que pueda conducirse en el futuro con más seguridad, con su propio criterio.
De asustarle, reñirle o culpar al suelo, nada.
¿Qué te parece? ¿Te cuadra con tu forma de sentir seguridad? ¿Cómo lo haces tú?
¡Danos ideas!
Gracias ❤️
Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia, es la teoría sistémica estructural-narrativa, y la teoría del apego. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com
