Violencia divina contra la aniquilación total

[…] La aniquilación no es la muerte. Es peor que morir asesinado. Es la certeza de que no va a quedar nada de uno mismo, ni siquiera un recuerdo asociado a la propia identidad. Es caer en el más puro vacío. La disolución violenta final del ser en la negrura más absoluta, como consecuencia de la peor de las violencias humanas: la violencia existencial. […]

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No reconozco a mi hija/o

[…] Sea como sea, con la salvedad, quizás, de las neurodivergencias, esta proliferación de etiquetas, diagnósticos de salud mental —algunos de los cuales por definición son crónicos, fíjate qué burrada— y explicaciones que atribuyen toda la responsabilidad a las personas, omite una idea fundamental: que la desorganización afectiva de las personas no está tan relacionada con la adversidad temprana como nos gusta presuponer, sino que depende mucho más de la calidad de las relaciones y de los apoyos que puede disfrutar una persona en ese preciso momento. […]

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Un modelo masculino de salud mental

[…] Puede resultar extraño, pero la salud mental en contextos complejos, violentos, implica necesariamente cierta inestabilidad mental como recurso de base no sólo para adaptarse a las circunstancias, sino para protegerse de las múltiples violencias que las personas vulneradas y vulnerables pueden padecer. […]

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La psicopatología de la carencia

[…] Pero, de lo que habitualmente no nos percatamos es de que, una psicopatología centrada en lo que está presente —y que, al final, nos comemos casi todas y todos—, omite o excluye otro modelo de psicopatología basado en otros parámetros como, por ejemplo, en lo que está ausente, es decir, en lo que ha sido suficientemente violentado para que no pueda aparecer. […]

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