Hoy cumplo años.
Nací el 16 de junio de 1980. Aquellos días, P4lestin4 atravesaba uno de tantos momentos de violencia, ocupación y desposesión. Apenas dos semanas antes, varios alcaldes palestinos de C1sj0rdani4 habían sufrido atentados con explosivos. Uno de ellos perdió las dos piernas. Europa debatía entonces sobre el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación. Ya entonces el mundo lo veía, y era consciente de lo que esta población estaba pasando.
Han pasado 46 años de informes, resoluciones, declaraciones, condenas, negociaciones y promesas que nada han cambiado.
¿Cuántas generaciones p4lest1n4s tienen que crecer bajo ocupación para que dejemos de hablar de «conflicto» y empecemos a hablar de dominación?
¿Cuántos niños muertos son necesarios para que las palabras «seguridad» o «antisemitismo» dejen de servir como coartadas morales indefendibles?
¿Cuántos hospitales, escuelas y barrios enteros pueden ser destruidos antes de que admitamos que algunas vidas parecen valer menos que otras a ojos de la comunidad internacional, y de muchas ciudadanas y ciudadanos?
¿Qué habría ocurrido si quienes mueren fueran europeos, estadounidenses o isr4elí3s en las mismas cifras?
¿Seguiríamos llamando a esto prudencia diplomática?
¿Seguiríamos pidiendo paciencia?
¿Seguiríamos hablando de complejidad?
Nací el mismo año en que el mundo decía buscar una solución para Palestina.
Quizá la pregunta más incómoda no sea qué está haciendo Isr43l.
Quizá la pregunta más incómoda sea qué estamos haciendo nosotros mientras ocurre.
Por qué al decir esto y ser vasco, muchas y muchos me etiquetarán automáticamente como t3rror1sta.
Por qué narices tenemos que ocultar determinadas palabras para defender algo tan básico e incuestionable como vidas humanas.
Por qué muchos prefieren callar antes que perder su alcance en redes sociales.
En la sociedad del cansancio y la autoexplotación, maldita sea, ¡qué baratos nos vendemos!
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
