[…] Partamos de una idea: es mucho más probable que, a lo largo de nuestra vida, hayamos pasado más tiempo en el lugar de los agresores que en el de las víctimas. […]
Seguir leyendo «Acoso escolar: adultos a favor de los agresores»
[…] Partamos de una idea: es mucho más probable que, a lo largo de nuestra vida, hayamos pasado más tiempo en el lugar de los agresores que en el de las víctimas. […]
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[…] aparece el síntoma, le damos sentido para digerirlo, nos calmamos, ese sentido coloca a la infancia como objeto de nuestro deseo, la infancia se rebela, no lo entendemos, nos angustiamos más, y esa infancia necesita repetir el síntoma para calmar nuestra angustia en el mismo juego, ya conocido. […]
Seguir leyendo «Investir el síntoma»
[…] Lo que no nos cabe en la cabeza, a veces, a las y los profesionales es que estos modos son irrenunciables, coño, irrenunciables, porque perderlos nos expone a un vacío y una angustia que se experimentan como insoportables. […]
Seguir leyendo «Los modos irrenunciables de relación con nuestras hijas e hijos»
[…] los roles que las diferentes personas juegan en los equipos de trabajo —y en cualquier sistema— están mediados por estas historias que, aunque forman parte de nuestra intimidad, se proyectan con más o menos cuidado hacia el mundo. […]
Seguir leyendo «Ajuste de roles en los equipos»
[…] no es exagerado decir que nuestro deseo y el sentido de nuestra vida está irremediablemente atravesado por la imagen que deseamos que el otro tenga de nosotras o nosotros mismos. […]
Seguir leyendo «El síntoma como protección ante la mirada»
[…] cuanto más fiel eres a una teoría o un modelo, más proclive eres a ejercer violencia desde esa misma posición de sabiduría y poder. Cuanto más sabes, menos espacio dejas para lo que no quepa o no coincida con tu saber. […]
Seguir leyendo «El síntoma como fuerza creadora»
[…] Ese guion de vida suele estar orientado hacia una búsqueda. Buscamos algo, una experiencia, una persona o un objeto investido como mágico, que nos promete la satisfacción que necesitamos. Eso nos ayuda a levantarnos por la mañana, confiando en que nuestra vida puede mejorar y tiene un sentido. Pero este juego tiene unas reglas engañosas. […]
Seguir leyendo «La trampa del deseo»
1. El síntoma no es un fallo, es un mensaje.
Aunque sea enigmático o brutal, merece ser escuchado antes que corregido.
2. No todo tiene que ser explicado.
Hay un resto inasimilable que debemos custodiar sin reducirlo a categorías técnicas.
3. El vacío también educa.
Sostener la falta abre espacio para que la persona imagine y simbolice su experiencia cuando esté preparado.
4. El experto no resuelve, acompaña.
Mi lugar no es el de quien da sentido definitivo, sino el de quien se atreve a esperar en el no-sentido.
5. La agencia se respeta en su fragilidad.
Cada niño, niña o adolescente conserva el derecho a ser autor de su propia narración, incluso si hoy no tiene palabras.
6. Las instituciones no deben capturar al síntoma.
Cuando se convierte en “caso”, “diagnóstico” o “expediente”, corre el riesgo de fijarse como identidad. Mi tarea es resistir activamente esa captura.
7. El síntoma también es vínculo.
Se sostiene en dinámicas familiares, escolares e institucionales. Señalarlo no es culpabilizar, sino devolver responsabilidad compartida.
8. El tiempo importa.
No todos los dolores se elaboran en el calendario institucional. Custodiar el ritmo subjetivo es un acto de respeto.
9. El lenguaje puede abrir o clausurar.
Cada palabra sobre el niño escribe un futuro anticipado. Elegir palabras que abran caminos, en vez de cerrarlos, es una forma profunda de cuidado.
10. Mi ética es la del testigo.
Estar presente, sin huir, cuando aparece lo insoportable. Dar fe de que esa experiencia existió y merece ser acompañada, aunque no tenga solución inmediata.
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* Éste es el único artículo del blog escrito con inteligencia artificial, tras conversación con ChatGPT.
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[…] lo que a veces se nos escapa es el número, a saber, la cantidad bruta de profesionales indecentes que han decidido anular su voz […]
Seguir leyendo «A favor de la indecencia profesional»
[…] Y hay algo maravilloso en todo esto: si aceptamos que el síntoma no se puede explicar y narrar, cobran otro cariz los esfuerzos que las personas que lo sufren, lo padecen y lo disfrutan han hecho, han estado haciendo o pueden llegar a hacer. […]
Seguir leyendo «El núcleo irreductible del síntoma»
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